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Actualizado a las 11:37 Jueves 24 de Mayo de 2012

La histórica cabecera, fundada en 1923 por José Tartiere Lenegre, cierra tras casi un siglo de compromiso con el desarrollo del Principado y con los valores de tolerancia, libertad y progreso social y económico.

El concurso de acreedores declarado por Mediapubli el pasado 11 de enero no ha permitido la supervivencia del diario, pese al compromiso de la plantilla con la información de calidad, dada la difícil coyuntura económica mundial y la crisis estructural de los medios de comunicación.

LA VOZ DE ASTURIAS ha puesto hoy, 19 de abril de 2012, punto final a 89 años de historia de periodismo y de servicio a los asturianos. El diario fundado por José Tartiere Lenegre y que salió a la calle el 23 de abril de 1923 ha sido un símbolo de la Asturias del siglo XX y de la primera década de la presente centuria. El diario ha contado en estas nueve décadas con la fidelidad de los lectores asturianos, ratificada en el último Estudio General de Medios (EGM) como el periódico regional con mayor incremento de lectores en el primer trimestre de este año. Pese a la caída general de lectores de prensa escrita en el Principado, 20.000 menos de enero a abril de 2012 en relación al mismo periodo del ejercicio anterior, LA VOZ DE ASTURIAS incorporó a 14.000 seguidores más, la mayor subida de la prensa que se distribuye en la región.

Este aumento se produce pese a que Mediapubli, propietaria de LA VOZ DE ASTURIAS desde marzo de 2010, declaró el pasado 11 de enero un concurso voluntario de acreedores para encarar la profunda crisis que atraviesa la prensa escrita y el desplome de los ingresos publicitarios, fruto de la grave recesión de la economía española y mundial.



Pese al compromiso manifestado día a día por nuestros lectores, anunciantes y trabajadores del diario, LA VOZ DE ASTURIAS no ha podido superar el proceso concursal. Las negociaciones seguidas con potenciales inversores no fueron suficientes para satisfacer las exigencias del Administrador Concursal, que desde el principio se marcó como objetivo la viabilidad de una cabecera histórica y clave en la sociedad asturiana.

LA VOZ DE ASTURIAS ha sido un referente en sus 89 años de vida. La historia del Principado durante las últimas diez décadas no se explica sin la contribución de este diario a la convivencia y al desarrollo de la región. Entre sus señas de identidad está su vocación asturianista, el pluralismo como un compromiso real con todos los ciudadanos y su apuesta inequívoca por la convivencia y el progreso social y económico.

La desaparición de LA VOZ DE ASTURIAS es una mala noticia para todos los asturianos. Primero para sus lectores y trabajadores, que han mantenido su lealtad y compromiso hasta el último momento. También es un hecho muy negativo para la sociedad asturiana, que pierde uno de sus rasgos de identidad más significativos. Pero la mayor pérdida es para la pluralidad y la libertad, ya que LA VOZ DE ASTURIAS ha sido desde su fundación un símbolo verdadero del liberalismo y del progresismo. A partir de mañana, miles de asturianos se sentirán un poco más huérfanos por la ausencia de los quioscos y de internet de LA VOZ DE ASTURIAS.

En estos momentos difíciles, la dirección y los trabajadores de LA VOZ DE ASTURIAS, incluidos todas las generaciones de grandes profesionales que forman parte de la historia del diario, quieren mostrar el agradecimiento de los miles de lectores, sin los cuales esta aventura de casi un siglo hubiese sido imposible.

Desde LA VOZ DE ASTURIAS sólo queda expresar el deseo de que la libertad de prensa, la pluralidad y la convivencia perviva gracias a otros medios de comunicación que compartan estos mismos valores defendidos durante nueve décadas.

Hoy es un mal día en esta redacción. Hoy ponemos fin a 89 años de historia escrita en Asturias en uno de los medios más plurales y completos de esta tierra. 89 años de digna existencia que no han podido atravesar el bache tan profundo en el que se encontraba la cabecera después de una etapa de incertidumbres.

Se han tocado todos los resortes posibles, se han abierto todos los puntos de encuentro necesarios para que esta triste realidad fuese un mal suceso contado en nuestras páginas. Pero fue imposible. Unos pedían el cielo y otros, que bajaban a la tierra, no tenían fuelle suficiente como para conseguir darle la vuelta a un estado complicado. La caja quebró y fue imposible responder a los deseos de nuestra plantilla, ante los que hay que rendir el más sincero de los homenajes. Los trabajadores de LA VOZ DE ASTURIAS son el mejor ejemplo de compromiso con esta casa, han estado a la altura en todo momento respondiendo día a día al devenir de un momento que se estuvo a punto de salvar.

Nos queda el sabor amargo de no haber podido movilizar a esa parte de la sociedad que, en las últimas horas, se ha posicionado a nuestro lado. No fue suficiente incluso con los compañeros de profesión que estuvieron dispuestos a darlo todo hasta el último momento. A todos hay que darles las gracias y nuestro más sincero reconocimiento.

Habrá tiempo para analizar lo que ha pasado en tantos años. Hoy no puedo más que estar al lado de las personas que hace unos minutos acordaban que mañana no salíamos a la calle. Hay que comprender el enorme sacrificio planteado hasta el último minuto. La historia se escribe con renglones torcidos y el nuestro lleva letras de tanta confianza en el futuro como desesperanza en el presente.

Gracias a nuestros lectores, a los que habéis estado a nuestro lado y nos habéis ayudado a llegar hasta esta orilla. Los motivos son conocidos. La crisis ha pasado una enorme factura, la pérdida de ingresos ha sido constante y la venta en el quiosco también ha sufrido estos malos augurios.

Hoy no salen las palabras, hoy sólo queda el rincón de la tristeza para recordar a todos los trabajadores. Muchas gracias y hasta siempre. Los trabajadores de LA VOZ DE ASTURIAS, y todas las personas que hacen posible que el periódico salga a la calle todos los días, hemos conocido hoy la decisión del cese de actividad de este diario tras 89 años de trayectoria. Lamentamos profundamente esta decisión que ha sido tomada muy a nuestro pesar. Hemos estado luchando hasta el final porque esta situación no se produjera con nuestra implicación personal en el proyecto. No nos hemos sentido solos porque, justo hasta el final, la sociedad asturiana ha reiterado sus muestras de apoyo. En especial, es justo reconocer aquí la solidaridad que, en las últimas y difíciles horas, nos han transmitido los lectores y la Asociación de la Prensa de Oviedo. Muchas gracias.

Pero no ha podido ser. Todas las personas que aportan su esfuerzo a la tarea diaria de armar este periódico, ya estén dentro de la plantilla u ofrezcan su colaboración desde el exterior, sentimos en el alma este desenlace. No pensamos en este momento en las historias personales que todo cierre empresarial deja detrás. En España, por desgracia, abundan en este momento. Las nuestras no son más importantes, pero sí creemos firmemente que el cierre de un periódico empobrece a una sociedad que pierde una forma de mirar la realidad.

Se quedan en el tintero muchas historias inacabadas de la actualidad del Principado de Asturias que nos gustaría haber podido contar. Poco queda que añadir, salvo expresar un agradecimiento enorme a todos los predecesores de esta redacción, los periodistas que día a día, durante casi 90 años, han puesto su curiosidad, su talento y su ingenio al servicio de construir una región más plural, más comprometida y más libre. Sin ellos las hemerotecas quedarían incompletas.

Es el momento de despedirse. Aunque la empresa editora había sugerido lanzar tres números más del diario, los trabajadores hemos rechazado esta posibilidad, por lo que el periódico de hoy, jueves 19 de abril, es el último ejemplar de LA VOZ DE ASTURIAS que llega a los quioscos y se difunde en internet. Esperamos que, de alguna manera, en el futuro resulte posible el reencuentro con los lectores. -¿Hola, y tú quién eres?

-Soy Ángel, el nuevo.

-Pues siéntate en la mesa que quieras, entra en el ordenador, el sistema operativo es sencillo. Llama a Tráfico y que te cuente la Operación Regreso de la Semana Santa. Y no me des la lata.

¿Pero dónde estaba yo? Corría el mes de abril de 1990 y el tío que me hablaba tenía un teléfono en cada mano. Al interlocutor de la mano zurda le estaba soltando improperios y al de la mano diestra, unas risas contagiosas. Era el gran Tano Ramos, que ahora anda por Cádiz. En ese momento, me percaté de varias cosas. A saber: A) Que los periodistas solemos relacionarnos a gritos. B) Que este periódico optaba por la autogestión C) Que si no espabilaba iba a acabar como el interlocutor de la mano zurda.

Yo era un pipiolo de categoría que venía desde Madrid de la mano de Faustino (y del enchufe de Cándido). Aquel día abría las puertas la sede de Puente Nora tras su paso por General Elorza y la redacción estaba vacía y llena de cajas. Eran las 11 de la mañana. Empezaba para mí una aventura que ha durado 22 años y que me ha convertido en lo que soy ahora: un pipiolo de categoría, con más kilos, más canas, más ojeras y un amor desproporcionado al periodismo que ni yo alcanzo a entender. En LA VOZ, mi casa, lo aprendí todo –me lo enseñaron todo--. Gente como Luis, Piñe, Rebus, Rodolfo. Los primeros. Y Faustino y Cordero, con sus máquinas de escribir, ensayando sinfonías entre los silencios del bit. Luego llegaron muchos más. De todos ellos -sin excepción-aprendí algo. A escribir, a titular, a vivir la noche, a corregir los errores, a no madrugar en exceso, a reír, gritar, preguntar, debatir, bailar, pensar, charlar, contrastar. A tirarme de los pelos. A tener amigos. A coger el periódico caliente en la rotativa. A cenas de medianoche y desayunos al alba. Periodismo.

Ayer se me rompió el corazón. Es una frase que a los yanquis les encanta introducir en canciones country tipo Patsy Cline y que yo no entendía de manera cabal. Verán. Entre el pecho izquierdo y el derecho se hace un vacío. Y también entre ambos pulmones, de tal manera que cuesta respirar y las pulsaciones se disparan. Además, a través de la columna y la médula espinal, llega al bulbo raquídeo una serie de impulsos que te hacen temblar y que alcanza al lagrimal, con unas irrefrenables ganas de llorar. Aguantas como puedes, con los músculos abdominales encogidos, la espalda tensa, las manos entrelazadas, sudorosas. A mí se me rompe así el corazón. Ayer, cuando supimos que LA VOZ iba a desaparecer, sentí la ausencia como la de un ser vivo porque esa era la virtud del periódico. Un ente vivo, que se ramificaba, que contaba historias y contenía emociones y pensamientos, que no pasaba indiferente, atrincherado en tiempos difíciles. 89 años al servicio de la sociedad asturiana, un testigo fiel de los hechos, al que han contribuido generaciones de reporteros. La gran escuela de LA VOZ, por la que pasaron poetas insignes, crápulas sin remedio, periodistas ilustrados, aprendices eternos. El magma de una redacción, ese territorio maravilloso. El edén.

Los últimos meses de LA VOZ han sido muy crueles. Hasta aquí hemos llegado exhaustos. Hemos rozado los límites, agotados, con cargas de trabajo descomunales pero con un espíritu que nunca antes en 22 años había visto de manera tan exacerbada. La solidaridad, la unidad de una redacción. El deber informativo. La garra competitiva, el compromiso con los lectores. La responsabilidad. El respeto. El orgullo de haber formado parte de ella, de haber trabajado rodeado por esos tipos. Háganme caso. No es una hipérbole de Quevedo. Son los lazos que teje el esfuerzo y que yo no olvidaré nunca. Los tengo grabados aquí, en el corazón roto.

¿Cómo se despertó aquel día Gregorio Samsa? Kafka dice que con la forma informe de un coleóptero o así. Yo me desperté hoy como si me faltara algo. Un brazo o cuatro dedos. En los últimos días, pese a un optimismo que no se correspondía con la realidad, había previsualizado el cierre de LA VOZ. Lo que veía me producían sudores fríos y sueños traumáticos. Me quedé corto. Hoy al despertarme sentí el síndrome del miembro fantasma, esa percepción del dedo mutilado que se cree vivo y así se lo hace sentir a su dueño. Hoy busqué LA VOZ en los kioskos y me pareció verla allí, me reclamaba con su cabecera azul, hermosa. Intenté comprarla pero fue inútil. Fui a la redacción y allí hablamos, saludamos a antiguos compañeros (una gran emoción), recogimos viejos cuadernos. Ahora vivimos nuestra terapia de grupo, el duelo. La aflicción. Y pensamos en nuestros lectores. A los que hemos dejado en la estacada, huérfanos. Lo sentimos, pero no fue nuestra culpa.

Aquella noche, tras redactar la información sobre la Operación Regreso, el pipiolo de categoría llegó a la pensión de mala muerte en la que vivía. Estaba aún nervioso. En la cama, meditabundo, sin poder dormir, pensó que la experiencia de LA VOZ podría merecer la pena.

Y así fue.

La Voz más necesaria

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Carta de Josemi Sarralde

Josemi Sarralde Josemi Sarralde

Un desastre. El cierre de un periódico progresista e independiente como La Voz de Asturias es una verdadera desgracia, más en estos tiempos en los que caminamos hacia un pensamiento único.

Lo de la independencia tengo que subrayarlo porque, cuando comencé mis colaboraciones apenas hace dos meses, el mensaje que se me trasmitió por parte de los responsables fue que la temática era totalmente libre. Podía escribir de lo que quisiera y así lo hice. Nunca se me hizo la más mínima observación sobre los artículos que fui enviando, trataran de lo que lo trataran.

Un periódico como La Voz tiene cabida en Asturias. Lo lamentable es que los muchos asturianos progresistas no hayamos sido capaces de mantenerlo. Habría bastado con unas pocas suscripciones para poder mantener vivo el trabajo de unos entusiastas periodistas que hoy pasan a engrosar las listas de parados.

Lo siento profundamente por ellos y porque este rotativo era y es absolutamente necesario. Ha desaparecido Público, la Sexta se ha vendido, en nada, TVE volverá a los nefastos tiempos de Urdaci… Esperemos que Wyoming resista.

Mi agradecimiento a todos los que habéis hecho posible ese diario y, en especial, a quien me permitió ser uno de sus colaboradores.

Josemi Sarralde A los veintitantos años, hay varias cosas que le hacen sentir a uno que está empezando a hacerse mayor. La primera evidencia suele consistir en ese par de canas precoces que uno descubre una mañana escondidas entre la vegetación morena de las sienes y obscenamente reflejadas en el espejo del baño. Otra mañana, que puede ser esa misma, uno se para a pensar en que esa sensación de haber sobrevivido a una paliza que inevitablemente sucede a las noches finisemanales de desenfreno etílico ha cambiado también. Es más insoportable o más anuladora o más pertinaz y es inevitable compararla con la mucho más liviana de los primeros años de noctambulismo: el cuerpo, concluye uno, ya no aguanta, como antes, lo que le echen. Otra mañana u otra tarde, que también pueden ser esas mismas, ese protoanciano protocanoso que es uno enciende la televisión, zapea y, por un súbito arranque de curiosidad generacional, decide detenerse en los canales de programación infantil, sólo para darse cuenta en apenas un par de minutos de que ya no entiende qué puñetas conmueve o hace reír o moviliza a la chavalería del momento. Han cambiado los códigos y ya no echan La vuelta al mundo de Willy Fog ni Los tres mosqueperros, sino un batiburrillo de chabacaneces coloristas sin ningún atisbo de voluntad educativa, que las madres de 1985 o de 1990 habrían, sin duda, prohibido terminantemente a sus hijos, y que hacen exclamar al desconcertado veintegenario algo así como estos chavales de hoy en día, a dónde vamos a parar, en mis tiempos, justo antes de abrir mucho los ojos, asustado, pensando para sí que en algún momento, sin saberse cómo ha sido, se ha convertido en sus padres.

El tránsito entre dos edades de la vida, como entre las edades de la historia, es un proceso difuso, que dura varios años, pero la obsesión clasificadora del ser humano suele otorgarle a un acontecimiento concreto el honor de marcar la linde. En el caso que nos ocupa, esa puerta tenebrosa entre la infancia y la adultez suele ser la muerte de viejo del primer ser querido, casi siempre un abuelo. Suele tener lugar en la adolescencia, y la mayor parte de la carga traumática que conlleva el suceso no es tanto la propia pérdida como dos constataciones desoladoras tenidas por primera vez: la de que ha desaparecido algo que siempre estuvo, y que parecía que siempre estaría, ahí, y la de que la existencia posterior de uno no va a ser sino una terrible cadena de golpes del mismo tipo, de derrumbes inevitables del par de decenas de pilares de carga que sostienen el precario edificio de las certezas personales; de la vida, en suma.

Mi abuelo, un hombre luchador y progresista con cuyo homenaje inauguré mi columna de opinión hace poco más de un año, murió cuando yo tenía dieciséis años, y todos los días leía La Voz de Asturias. Recuerdo bien que cuando, cada domingo, llegaba a la casa de mis abuelos en Villaviciosa, siempre cumplía con dos impenitentes rituales: el primero, introducirme en secreto en la habitación de mi abuelo Germán para descubrir sobre su mesita qué libro estaba leyendo esa semana. El segundo, buscar La Voz, que descansaría sobre la mesa de la cocina o en el sofá del salón, y que siempre ofrecía al niño pequeño que yo era algún aliciente: un nuevo episodio de la serie Nuestros paisanosque el dibujante Neto publicaba en el suplemento dominical de aquel entonces; o una nueva plantilla de tarjetas para recortar e incluir en el Juego de Asturias, especie de Trivial astur con preguntas como el año de nacimiento de Dimitri Cherishev o la capital del concejo de Teverga; o un nuevo fascículo o las tapas de alguna de aquellas promociones interminables, compartidas unas con el que entonces era el diario madre de La Voz, El Periódico de Catalunya-los tebeos del Capitán Trueno, las Grandes Aventuras de la literatura mundial en cómic- y otras de producción propia, sirviendo al inveterado espíritu regionalista que siempre caracterizó al periódico. De éstas, recuerdo dos, que aún conservo en mi casa de Gijón: una colección de tomos de color verde sobre la naturaleza asturiana y una guía titulada ¿Quién es quién en el Principado de Asturias?, compuesta de pequeñas semblanzas de las figuras más importantes de la región en aquel momento. No hace mucho que le eché un ojo a ésta, movido por la curiosidad -también ella evidencia de que me hago condenadamente mayor- de descubrir cuántas de aquellas personalidades habían fallecido ya, o eran políticos locales o deportistas que habían perdido en estos años la importancia en el escalafón del candelero que justificó en aquel momento su inclusión en la colección de biografías.

Los periódicos tienen mucho en común con las personas que los hacen y los leen. Nacen, como nosotros, con una ansiosa aspiración de longevidad; de trascender lo efímero de las modas, las eras históricas y las crisis y alcanzar una eternidad imposible, pero, igual también que nosotros, acaban muriéndose antes o después. En el ¿Quién es quién? que podría elaborarse hoy, La Voz ya no estaría, como ya no estaría mi abuelo en el ¿Quién es quién?personal que yo podría recopilar sobre mi propio presente. La actualidad, quién mejor que La Voz para corroborarlo, es así de cruel, y de olvidadiza, incluso para con las cosas que parecía que siempre estarían ahí. Tempus fugit, pero las obras quedan, las gentes se van, y cuando lo huido fue grande, fue bueno y fue útil, algo queda siempre, entretejido en las costuras del alma de quienes tuvieron el privilegio de conocerlo y de disfrutar de sus enseñanzas. El anagrama de La Voz seguirá grabado en aquellos tomos, bien protegidos en las estanterías de mi casa, tanto como las fotografías de mi abuelo seguirán preservadas en álbumes de fotos, pero, lo más importante, seguirán ambos, tal vez él leyéndola a ella sentado en aquel sofá en el que yo encontraba el último fascículo de las Grandes Aventuras, bien guardados en las cavidades más nobles de mi memoria, las que reservo para todo aquello a lo que debo ser quien soy, signifique lo que signifique. Sé que no seré el único y sé, por eso, que la poesía no habrá cantado en vano.

En todo caso, abandonemos cuidados: lo que ha ardido, ya nada tiene que temer del tiempo. Se pueden coger estrellas separadas por millones de años luz para juntarlas en una constelación y ya tenemos una historia. Yo nací el día en el que salió el primer número de El País; y además mi superhéroe favorito era Superman. Me gusta pensar que por un motivo tan elaborado como el de Bill en Kill Bill pero mi madre siempre dijo que lo que me gustaría ser en realidad era Clark Kent, porque era periodista. Y eso hice.

La carrera la hice en Salamanca, que no da a cualquiera lo que no le dio la naturaleza, pero el oficio me lo dio La Voz de Asturias. Allí aprendí a pulir adjetivos en los textos y que el arte de titular a lo que más se parece es al tetris porque, por encima de un ejercicio de estilo, hay que encuadrar unas letras en un espacio muy ajustado. Lo hice con muy buenos compañeros, tantos que no quiero dejar de decir ninguno por contar alguno. He pasado muchos días sin poder escribir de esto. A aquel guaje resabiado le enseñaron lo que hay en la sección de Sociedad y Cultura de la La Voz.

Entre escritores, cantantes, bailarines, actores, cineastas, cualquier premiado de la fundación del príncipe (algo que jamás podré agradecer lo suficiente porque me dio la oportunidad de charlar un rato con alguna de la gente más interesante del mundo; otros no) y mucha más gente normal, le pude echar un buen vistazo a este trozo escarpado del mundo que llamamos Asturias. En Asturias hay muchas cosas que son tres. Es que es un número mágico, hay tres grandes variedades dialectales de la lengua asturiana y casi coinciden en sus fronteras con las de las tres grandes tribus astures de los tiempos remotos, Luggones, Pésicos y Albiones. El parlamento asturiano se reparte casi siempre entre tres partidos y cuando no es así no pasa nada, tratamos de acomodarnos igual pero siempre nos parece que la silla cojea en algún lado. Y nada mejor que el papel de un periódico para hacerle una cuña que lo estabilice todo.

Asturias tenía tres diarios y ahora, con un parlamento con cinco patas, tiene que mirarlo desde un asiento de dos. 89 años da para una historia muy larga pero en papel se le puede poner punto y final. Lo hice yo con la última columna de la última página del último número de La Voz. Es mi peculiar kryptonita en este cuento pero la verdad es que callar esa voz es callar la muchos paisanos.

Yo aprendí en La Voz a contar historias pero era mucho mejor contarlas allí.

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