El viernes tuve el placer de dar una charla sobre Jovellanos a un grupo de asturianos residentes en Bruselas. No se me juzgue mal; no fue iniciativa mía presentarme en el corazón de la UE a comprometer a un grupo de paisanos para que dejaran de disfrutar del último viernes del verano hablando de don Gaspar: fueron ellos mismos los que, a través de la asociación Asturianos en Bruselas me honraron con la invitación, los que tuvieron el buen juicio de conmemorar con este modesto acto el bicentenario y los que dieron salsa al acto con sus preguntas, abundantes y perspicaces.
Me agradó, además, su casi unánime juventud, y que algunos fueran sólo indirectamente asturianos, por lazos familiares o por afecto personal. Y no dejó de tocarme la fibra sensible el modo en que mi presentadora, amiga y antigua compañera Elena González Verdesoto, se apropió de un pasaje de mi biografía sobre Jovino para describir la situación de muchos de mis oyentes y contertulios del viernes: aquel en el que, de camino a Sevilla, recuerda a su Asturias, lejana, ensimismada e incapaz de satisfacer las expectativas de un joven con ambiciones, como lo era él mismo.
Y como lo son mis anfitriones: profesionales cualificados y llenos de energía, que han encontrado su hueco y su vida en un territorio vital que es verdad que ya no puede en términos de aldea, pero que significativamente siguen preguntando por Asturias con una avidez que significa que ellos han perdido algo, y que aún más lo está perdiendo Asturias.
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