El 20 de agosto del año pasado, publiqué en estas mismas páginas una amplia información donde daba cuenta de los planes de la nueva Corporación gijonesa para determinados puntos fuertes de la programación cultural de la ciudad. Uno de ellos era el Festival Internacional de Cine. Contaba en aquel artículo que el gobierno de Foro Asturias pretendía cesar a José Luis Cienfuegos como director del evento y colocar a Nacho Carballo en su puesto. Carlos Rubiera, concejal de Cultura (por llamarle de alguna forma), no sólo lo desmintió, sino que aprovechó una rueda de prensa posterior para acusarme públicamente (aunque sin mencionarme, pero yo estaba allí y tengo testigos) de mentir y de publicar noticias erróneas pensando más en su impacto popular que en la necesidad de contrastar los datos de los que me servía.
Evidentemente, no era yo el mentiroso, pero no quiero colgarme medallas. Principalmente, porque si supe de aquella primicia fue porque el propio Carballo había aparecido unas semanas atrás por la Semana Negra alardeando de dos cosas: la íntima amistad que le unía a un hijo de Álvarez-Cascos y la certeza de que él iba a ser el próximo responsable del certamen cinematográfico. Certeza a la que había llegado tras hablar con la gerente del Teatro Jovellanos, María Teresa Sánchez (qué triste papel el de esta chica). Quien sí parece que mintió (otra vez) fue Carlos Rubiera al decir ayer que el cambio se decidió hace tan sólo una semana, tomando así por imbéciles no sólo a los periodistas que cubrían el acto, sino a quienes se venían manteniendo al tanto de lo que iba a ser la última gran salida de madre de nuestros gestores culturales.
Porque la destitución de José Luis Cienfuegos no es sólo un error. Es, también y sobre todo, una barbaridad, máxime cuando el Festival cerró su última edición con un incremento del 10% de sus ingresos en taquilla (¿no querían que la cultura fuese rentable?, ¿o es que eso, en el fondo, les da igual?) y una mayor presencia de público en las salas, todo ello sin rebajar un ápice ni la calidad de las propuestas ni el rigor en la confección de un programa que obtuvo el respaldo unánime tanto de la crítica especializada como de los cinéfilos que, un año más, abarrotaron sus aforos.
El camino no había sido fácil, y eso lo sabe cualquiera que haya analizado la historia del festival y conozca los agitados vientos que soplaban por aquí antes de la llegada de Cienfuegos, que supo imprimirle un sello reconocible e ir rodeándose de un equipo trabajador y brillante que paso a paso, sin incurrir en excesos de ego ni plegarse a ningún juego político, consolidó al de Gijón como uno de los eventos más importantes dentro del circuito europeo y apostó por el riesgo, la innovación y los discursos fronterizos frente a modelos caducos que privilegiaban la pompa y el oropel por encima de lo que debería ser la esencia misma del arte.
Ahora se pone al frente Nacho Carballo -un director de cortometrajes al que recuerdan, y no muy bien, en no pocos ayuntamientos asturianos- y trae como segundo de a bordo a Jorge Iván Argiz, que antes de su aterrizaje en el facismo era uno de los hombres fuertes de Paco Ignacio Taibo en la Semana Negra, fue responsable de las jornadas de cortometrajes de Avilés (que, casualmente, contribuyeron a financiar uno de los últimos proyectos de Carballo) y además ocupa, u ocupaba, un cargo de responsabilidad en la Concejalía de Cultura avilesina, en manos del PSOE. Rubiera (que suma a su escaso talento musical su nula competencia política, como demostró hace un par de días al asegurar sin sonrojarse que Gijón “no aspira a ser un referente de nada”) ha dicho que el 50º aniversario era la ocasión propicia para un cambio de rumbo, cuando justamente debería ser todo lo contrario: la celebración de un estilo propio y el homenaje a un conjunto de personas que, lideradas por Cienfuegos, sí supieron convertir a Gijón en referente de algo: del buen gusto, del buen hacer, del talento y la prudencia a la hora de confeccionar algo tan complejo y tan frágil como el Festival de Cine que ellos supieron crear a partir de los despojos heredados de épocas anteriores. Ocurre que nada de eso importa a Rubiera porque, en realidad, y tal y como está demostrando, a él la cultura le interesa más bien nada, esencialmente porque desprecia aquello que desconoce. Y lamentablemente para él (y para nosotros, salvo que alguien tenga la lucidez de quitarle de en medio antes de que expire este mandato), desconoce muchísimas cosas.
Quiero creer que al menos habrá justicia poética y, con el paso del tiempo, Gijón recordará a José Luis Cienfuegos como uno de los hombres que la puso en la cúspide y al ínclito Rubiera como el peor concejal que tuvo la desgracia de padecer su ayuntamiento. Porque el titular real de la jornada de ayer no es el que hoy se lee en las primera página, sino otro que viene dictado por las leyes de la lógica y la semiótica y que dice que Gijón acaba de asesinar a su Festival de Cine. Entonemos, pues, un réquiem en su memoria. Y a ver si nuestro cantautor-edil tiene valor esta vez para desmentirme.
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