Efectivamente sorprendió y para bien aunque ya prometía. El cuarto título de la temporada de ópera ovetense, Norma , se saldó ayer con un rotundo éxito. Un éxito que vino de la mano de los buenos ingredientes que tenía un concierto que, finalmente, acabó siendo una producción muy completa.
Susana Gómez se empleó al máximo para lograr crear el ambiente idóneo en el que desarrollar una ópera para la que el festival ovetense se había quedado sin dinero. Llegaba Norma en un concierto que salvaba el quinto título de la temporada marcada por la crisis y los recortes de subvenciones por parte de las administraciones.
Lo que en un principio iba a ser un recital paso a tener una pequeña dramatización que Gómez explotó para lograr mantener el espíritu mitológico que la obra de Vincenzo Bellini requería, sin dejar de lado los requisitos de austeridad que se pedían desde la organización.
Había anunciado que los telones y la iluminación serían parte básica del pequeño decorado y así fue. Alfonso Malanda y Antonio López se encargaron de aportar sus conocimientos a la propuesta de Gómez y Gabriela Salaverri, con el vestuario, logró transportar definitivamente al público a las Galias, a la época de la ocupación romana, en torno al año 50 antes de Cristo.
Decía Gómez que el público habría de usar la imaginación y resultó fácil puesto que los colores y degradados lumínicos y las tarimas y pantallas empleadas, así como los movimientos de los cantantes y el coro sobre las tablas poco tenían que envidiar a las propuestas, en algunas ocasiones un tanto confusas, de algún director de escena en pasadas ocasiones.
“La magia del teatro y también de la ópera se basa en su capacidad de generar imágenes a través de elementos simbólicos y de la luz, que se suman a la acción de los intérpretes en el escenario”, comentaba en el cuaderno que presenta el título. Limpieza y minimalismo que no impidieron la presencia de la magia de la luna, que acabó por transportar a los presentes a los bosques, el templo de Irminsul o el refugio de la propia Norma.
Podría hablarse para el espacio escénico de una excelente relación calidad-precio. A pesar de todo, la propuesta no hubiera tenido pilares sin el espectacular elenco que se plantó en Oviedo para la ocasión. En 2009 y 2010 no fue posible orquestar, y nunca mejor dicho, las agendas de grandes nombres. Esta vez sí y con sorpresa, puesto que llegaban artistas nunca antes escuchados en el Teatro Campoamor y acostumbrados a teatros más grandes.
Aquiles Machado representó al procónsul de Roma en la Galia, Pollione, enamorado de la joven sacerdotisa Adalgisa, que encarnó la veterana Dolora Zajick. Ambos, por la belleza de sus voces, lograron embelesar a un público que parecía no reaccionar ante la calidad de lo que veía. El sonido claro de la voz de Machado empastó con el instrumento de una diva Zajick que demostró que tiene muchos escenarios que pisar antes de retirarse.
Carlo Colombara, como Oroveso, jefe de los druidas y padre de Norma también enseñó a Oviedo por qué es uno de los bajos más codiciados y desplegó elegancia y carisma.
Gustaron también al respetable los dos roles secundarios de la confidente Clotilde, llevada a la realidad por la mezzo Maribel Ortega y el Flavio de Jon Plazaola, un cantante habitual en la casa.
La ovación de la temporada El debut del día fue para Sondra Radvanovsky que estrenó en Oviedo su primera Norma, considerada como uno de los papeles más difíciles del repertorio para soprano y que fue creado inicialmente para Giuditta Pasta.
La soprano norteamericana, más acostumbrada a teatros como el Metropolitan de Nueva York, probó suerte en un teatro más pequeño en su debut y, gracias a ello, el Campoamor tuvo la suerte de disfrutarla, con catarro y todo. Un resfriado la mantuvo alejada de algunos ensayos y llegó insegura al estreno. La megafonía previa a la función advertía que la diva aún arrastraba un “proceso catarral” por lo que solicitaban la comprensión del público, lo que levantó varios murmullos saldados con un aplauso.
La calidad de su trabajo puso la carne de gallina durante toda la función, pero especialmente durante la célebre aria Casta Diva , su plegaria a la luna durante el primer acto y que emocionó a los presentes que la premiaron con la ovación más larga de toda la temporada y numerosos “¡Bravo!”, que se reprodujeron para todo el elenco al final. La emoción al oír la potencia y matices en su voz, además de su capacidad dramática, se mantuvo a lo largo de toda la función.
También el coro logró emocionar, tanto en su aparición como druidas, como de pueblo y soldados dando el acabado completo a lo que se vio sobre el escenario.
Roberto Tolomelli, por su parte, llevó la exigencia al foso y supo sacar lo mejor de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias con gran carácter haciendo también de esta Norma algo histórico en la temporada ovetense.
D







vídeo:
vídeo:
vídeo:
vídeo: