La Ópera de Oviedo quiso cerrar a lo grande y lo logró. La temporada fue de menos a más y ayer se estrenó Peter Grimes , una producción de la Ópera de Oviedo junto con la English National Ópera y de la Vlaamse Ópera de Bélgica. Un título oscuro como pocos, que amplía el número de obras representadas en el teatro.
La obra de Benjamin Britten, estrenada poco después de la Segunda Guerra Mundial, dejó al Campoamor removido por dentro, pero gratamente impresionado con la calidad del espectáculo, en el que no fue posible escuchar a Philip Sheffield, aquejado de una afonía. Y, aunque sí salió a escena, Michael Colvin puso su voz cuando en las canciones.
Se trató de una ópera total, una adecuada conjunción de voz, escena, música y dramatismo, en la que esta última faceta se recalca especialmente por la crudeza de la historia. Un Peter Grimes interpretado por el tenor australiano Stuart Skelton abofeteó al público con el sufrimiento de un ser huraño inmiscuido en una serie de catastróficas desdichas agrandadas por los habitantes del pueblo que poca cosa tiene que hacer además de rezar por sus almas y condenar la de Grimes.
Los habitantes del pueblo animan su vida con cotilleos y enmascaran sus tristes vidas criticando la de Grimes, como si eso las hiciera mejores. Tener un malo en el pueblo descentra la atención de sus adicciones a determinadas sustancias o su enfermiza atracción por las sobrinas de la travesti Auntie. Los niños no están hechos para esa sociedad.
El comienzo de la función fue un tanto frío, al público le costó formar parte de la historia, pero después la ópera se apoderara del Campoamor. “Es una historia diferente”, comentaban en el descanso, para explicar que se trataba de una ópera más moderna que, por ejemplo, la Norma del cuarto título. “Me provoca congoja, es una historia muy fuerte”, afirmaban desde un palco. Aún con toda su crudeza gustó, no en vano eran conscientes de la calidad de la producción.
Skelton como Grimes se ganó una candidatura a la mejor interpretación en los premios Laurece Olivier. Ayer se comprendió por qué a lo largo de toda la función y especialmente en las partes más exigentes, como cuando Skelton canta con su grumete muerto al hombro o se acurruca en una esquina con él en brazos, consciente del juicio al que será sometido. El esfuerzo dramático arrancó aplausos en algunas de las escenas más dramáticas, en otras, la oscuridad era tan grande que no quedó más remedio que quedarse en silencio. Un silencio de reflexión que hacía comprender la soledad en la que Grimes se encontraba a pesar de estar rodeado de gente y de tener a dos personas a su favor, Ellen Orford, encarnada por Judith Howarth y el capitán Balstrode, interpretado por Peter Sidhom, quienes finalmente desisten en su empeño de integrar a Grimes.
La escena de David Alden acompañó a la perfección el contexto en que se desarrolla la obra. Una escena oscura, casi húmeda, en la que se sentía el frío de una lonja y la tormenta y que gustó mucho a los presentes, al igual que el vestuario de Brigitte Reiffenstuel.
El coro tenía sobre sí una gran responsabilidad y sonó poderoso y escrutador. Puso los pelos de punta al grito de “¡Grimes!”. El refuerzo con el que contaron los de Patxi Azpiri ayudó a sostener la obra y a la hora del aplauso el público reconoció la labor de la primera agrupación no profesional española que se enfrenta a una obra de estas características.
La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, encabezada por el maestro Corrado Rovaris colaboró en la creación de esa sensación de inquietud, en el buen sentido, para el público.
Los aplausos para un elenco experimentado compuesto por Rebecca de Pont Davies como Auntie, Guillian Ramm y Tineke Van Ingelgem como primera y sengunda sobrina, Michael Colvin como Bob Boles y Mathew Best, Carole Wilson, Philip Sheffield, Leigh Melrose y Darren Jeffery como Swallow, Mrs. Sedley, el reverendo Horace Adams, Ned Keene y Hobson respectivamente, se repartieron en intensidad según el protagonismo de cada uno.
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