La Temporada de Ópera de Oviedo ha empezado con mal pie. Como primer título del año se eligió “Die Fledermaus” - “El Murciélago”- de Johann Strauss hijo, opereta vienesa paradigmática del género y una verdadera obra maestra, poseedora de una encantadora comicidad, un refinado sentido satírico y una bella línea melódica. El resultado es una propuesta escénica desatinada, una más que discreta dirección musical de Eric Hull, y un reparto que, en su homogeneidad y solvencia, sólo brilló cuando apareció en escena Alejando Roy cantando Recondita armonia de ‘Tosca’.
La función tuvo visos de comedia surrealista más que de divertida opereta de costumbres vienesas, cosa que percibió buena parte del público, incapaz de entrar al juego de las ramplonas bromas y guiños propuestos, y de los aplausos intencionadamente impuestos por una presunta claque que, sin ningún complejo, pretendió dirigir al público con más intención que resultados. Pontiggia ofreció una dirección de escena desnaturalizada, carente de impronta vienesa, de comicidad superficial, de situaciones, coreografías y movimientos fuera de lugar y con la mayoría de los diálogos traducidos al español.
La traducción Emilio Sagi realizó algo parecido con “La Generala” de Vives en la Volksoper de Viena, traduciendo las partes habladas del español al alemán, sin demasiado éxito. En nuestra opinión, este tipo de actuaciones restan cualidades estéticas al género. Intentar traspasar a otro idioma el tono cómico castizo que puede tener Luis Varela interpretando el Espasa de “La del manojo de rosas” simplemente resulta imposible. Con la traducción, la intención se pierde y, con ella, el alma del texto. Las obras deben mostrarse como son. Es posible que, en el caso de Oviedo, el hecho de traducir las partes dialogadas también haya tenido que ver con la participación de numerosos cantantes españoles pues, como se pudo ver durante la función, muchos de ellos mostraron dificultades para pronunciar correctamente el alemán.
De cualquier manera, si se opta por traducir, conviene ser consecuente y hacerlo con todos los diálogos, porque la situación llegó a ser absurda cuando la soprano Chen Reiss contestaba en alemán a quien le hablaba en castellano. La forzada justificación de este hecho resultó ridícula. Tampoco funcionaron los numerosos guiños realizados al Principado. Se citaron restaurantes, quizás como una nueva forma de patrocinio en tiempos de crisis, pueblos asturianos, se oyó parte del Himno de Asturias e incluso se nombró a periodistas de la región. Tampoco resultó apropiada la rarísima y forzada escenografía pensada para el tercer acto, ni la excesivamente sensual atmósfera que rodeó a la fiesta en la mansión del Príncipe Orlofsky. Además, el trabajo de Claudio Martín y su cuerpo de baile resultó muy desafortunado, con una coreografía fuera de estilo y un vestuario y caracterización escénica excesivamente vulgares e inapropiados.
El aderezo incluyó una cabeza de cerdo, movimientos sensuales bastante explícitos que chocaron con la elegancia de la obra y la caracterización de Alfred como un cantante catalán que se hace pasar por jardinero para acceder a su amada.
La versión musical de Eric Hull fue de trazos tan gruesos como aburridos, faltos de carácter y fantasía. Resultó muy frustrante observar el trabajo tan pobre que realizó con la obertura, una auténtica obra maestra. Hull optó por una seguridad muy superficial, falta de tensión e inspiración, que dejó numerosos detalles de inconsistencia sonora que delataron un bajo nivel de exigencia con la orquesta. Tampoco dio la impresión de haber planificado la concertación con la claridad debida, acompañando con frecuencia al albur de los cantantes.
La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias sonó falta de volumen, energía y un sentido rítmico entusiasta, que ancló para mal toda la función, sin perjuicio de los ramalazos de calidad mostrados por algunos de sus músicos. Por su parte, el elenco de cantantes solventó las exigencias de la obra sin dar la impresión de creer demasiado en la producción. La participación más destacada de la noche fue la del asturiano Alejandro Roy, que cantó en calidad de artista invitado, dentro de la “gala” que tradicionalmente tiene cabida en esta obra, y que consiste en invitar a artistas para terminar de adornarla. En este caso se contó con dos asturianos, Ana Nebot y Alejandro Roy, que se metió al público en el bolsillo con su imponente chorro de voz, al que solo faltó un gusto interpretativo más refinado.
El elenco Del reparto, quien más gustó fue Mariola Cantarero, que estuvo muy generosa, cantando y actuando, aunque a su personaje no le hubiera venido mal un más refinado control del “vibrato”. Gabriel Bermúdez resultó un Eisenstein convincente, que quizás podría haberse hecho notar algo más cantando. Chen Reiss dibujó una Adele elegante, sin duda ayudada por un timbre hermoso y sugerente, al que no le hubiera venido mal una mayor seguridad técnica y, por descontado, una vis cómica más pronunciada. Peter Edelmann fue otro de los que tuvo problemas con el español. La entonación de su discurso hablado no siempre fue clara y decidida, pero cantó bien sus partes, quizás demasiado comedido en escena. Francisco Vas no terminó de cogerle el punto simpático al personaje de Blind. Jossie Pérez fue un Príncipe Orlofsky estimulante e inquieto. Fue agradable verla sobre la escena, pero si se cerraban los ojos, ya era otra cosa.
Enric Martínez-Castignani resultó un Frank soberbio. Como actor estuvo espléndido. También gustó el trabajo de Albert Casals (Alfred), lleno de una sana comicidad y garantías líricas, y la deliciosa Ida interpretada por Rocío Martínez, una cantante de cualidades modestas pero inteligentemente expresadas, que además resplandeció en escena durante toda la noche. Asimismo, Joaquín Carballido hizo reír con su caracterización de Frosch. El Coro de la Ópera obtuvo un buen resultado, sin llegar a alcanzar el notable nivel de otras ocasiones.
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