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Viernes 25 de Mayo de 2012

La voz de las mujeres de Villabona

INTERNAS: El módulo de respeto ha logrado transformar la vida en prisión

Un grupo de internas participa en una actividad en el rincón del silencio del módulo de respeto. ARMANDO ÁLVAREZ Un grupo de internas participa en una actividad en el rincón del silencio del módulo de respeto. ARMANDO ÁLVAREZ

09/01/2011 00:00 / / VILLABONA

Toman decisiones que debaten en asambleas, aportan sugerencias e iniciativas y buscan, por encima de todo, crear un clima de convivencia que propicie la erradicación de cualquier conato de conflictividad que pueda surgir en el módulo. En apenas cinco años, el módulo 10 del centro penitenciario de Villabona -el único destinado en exclusiva a la población reclusa femenina- ha sufrido una transformación radical con la creación de un sistema de organización en el que las propias internas están totalmente implicadas a través de un modelo de autogestión que es la clave del éxito del denominado módulo de respeto.

Desde que el equipo de profesionales que trabaja a diario con las mujeres privadas de libertad -no les gusta la denominación presas- puso en marcha este nuevo concepto de tratamiento penitenciario, ha logrado suprimir la subcultura del mundo carcelario en el que vivían sumidas hasta entonces una gran parte de las 85 internas que, de promedio, acoge la institución y que se centraba casi en exclusiva en el deambular sin sentido por el patio y la asistencia esporádica a algún taller formativo u ocupacional de los que oferta el centro.

Al cambio se sumaron desde un principio tanto las funcionarias, los educadores, el jurista, las monitoras ocupacionales, la monitora, la psicóloga y el trabajador social como las reclusas. Las internas no estaban acostumbradas a tener voz y voto en la organización diaria del módulo y este sistema revolucionario logró atraer su atención desde un primer momento, una vez superado el recelo inicial.

Voz y voto “En estas asambleas, las mujeres levantaban la mano para pedir la palabra y tenían capacidad para cambiar las cosas. Veían que podían hablar libremente y además sus opiniones eran escuchadas y tenidas en cuenta”, resalta el educador José Luis Martín.

Hicieron siete grupos y una vez a la semana convocaban una asamblea, en la que participaban una media de una docena de personas y, ya de forma bimensual, se celebraba una asamblea general a la que asistía todo el módulo. “Era como un foro griego, donde se presentaban las sugerencias y se debatían”, describe gráficamente el educador.

Una de las figuras estrella de este proyecto innovador es el de las mediadoras de conflictos que son mujeres internas cuya función principal estriba en la resolución de cualquier controversia que surja entre las reclusas.

A los siete u ocho meses de echar a rodar la maquinaria, empezó a visualizarse el cambio que, poco a poco, estaba experimentándose en el módulo. Cuatro internas pidieron intervenir en la mediación prosocial y llegaron a tener hasta 33 mediadoras. Eran una especie de “apagafuegos” donde, en cuanto veían que podía saltar la primera chispa, se activaba todo el sistema para evitar un posible “incendio”. Una vez creados los grupos se pasó a la formación de subgrupos para atender a la problemática específica de esas internas, de tal forma que cada mediadora asumía la responsabilidad de intervenir en cualquier problema que se presentaba dentro de su área de actuación. Así por ejemplo, si había un enfrentamiento entre mercheras se ocupaba del caso la mediadora de ese subgrupo, igual que ocurría con las gitanas o con las payas.

La convivencia entre las mujeres 24 horas durante días, semanas e incluso años no era tarea fácil y mucho menos dentro de un sistema cerrado donde los problemas siempre se magnifican, de manera que la labor de las mediadoras era vital para conseguir la paz social dentro del módulo y evitar rencillas que pudieran ir a más.

Otro tema en el que el equipo de profesionales volcó todo su interés fue en la creación de la figura de las internas de acogida que asumían la tarea de lograr que las mujeres que llegaban al módulo se sintieran lo mejor que pudieran, dadas las circunstancias. Era una especie de colchón afectivo para no pagar el doble peaje de estar en la cárcel y no encontrar calor humano. “Queríamos que se hiciera menos duro para ellas”, ratifica José Luis Martín.

Casi sin darse cuenta, las internas iban implicándose de una manera más activa cada día en este sistema de tratamiento penitenciario donde las internas valoran especialmente que “somos tratadas como personas”, según resaltaron varias de las mujeres.

Los rincones Dentro del módulo de respeto se crearon el rincón del silencio y el rincón de la tolerancia. En el primero, las mujeres privadas de libertad tienen su espacio para poder leer con tranquilidad un libro de la biblioteca de que dispone el módulo o para escribir una carta a un familiar o a un amigo. En el de la tolerancia las mujeres se muestran muy participativas y aprenden nociones básicas de las distintas temáticas. La profesora Matilde Díaz González de Lena asegura que las mujeres son “muy participativas”. Lleva 25 años en la asociación Prisión y Sociedad, que colabora muy de cerca con la dirección del centro penitenciario y desde hace “cuatro o cinco años” acude puntual a su cita con las internas para abordar y analizar con ellas diversas temáticas en materia de salud, bienestar o violencia de género, entre otras.

Las internas protagonizaron un cortometraje titulado “Módulo 10”, codirigido por Ángeles Muñiz Cachón y Teresa Marcos, que obtuvo ya su primer reconocimiento público con un premio en la pasada edición del festival de cine de Gijón y que será presentado a la sociedad asturiana este mismo mes. Por primera vez, un equipo de rodaje accedió al interior de Villabona y logró que un grupo de reclusas atrapara la sensación de libertad sin salir del recinto penitenciario; un objetivo que está consiguiendo el equipo de profesionales que trabaja a diario con las internas.

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