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Viernes 25 de Mayo de 2012

BOINAS Y GAFAS DE PASTA

11/02/2012 03:50 /

«En Asturias estamos a un nivel digno de Amanece, que no es poco: discutiendo si es mejor Shakespeare o el prerrománico». Lo escribió el periodista Vicente Montes en su cuenta de Twitter hace unos meses, tras aquella célebre comparecencia en la que el entonces flamante consejero de Cultura, Emilio Marcos Vallaure, pretendió adelantar las líneas maestras de su gestión. El suyo fue, seguro que lo recuerdan, un discurso que causó una importante polvareda por tres razones fundamentales: el desdén que el hasta hace poco director del Museo de Bellas Artes mostraba ante todo lo que oliera mínimamente a vanguardia (con ataques especialmente duros al Centro Niemeyer de Avilés), la vaguedad de sus ideas respecto a lo que debería ser el modelo cultural asturiano y, principalmente, la alegría con la que juzgó (siempre para mal) el trabajo de no pocos creadores a los que despachó con adjetivos que uno no espera encontrar en la retórica que, por simple educación, debería exigírsele a un representante institucional.

            No he empezado este artículo con la sarcástica comparación de mi colega para celebrar su genialidad, aunque lo merezca, sino porque su broma refleja bien la esquizofrenia que a partir de aquel momento guió el debate cultural por estos pagos. De forma casi instantánea, comenzó un delirante enfrentamiento entre dos posturas que los más acérrimos partidarios del consejero sintetizaron, de forma tan reduccionista como pueril, de la siguiente manera: o se está con lo asturiano, o se está contra Asturias.  No fueron sólo las palabras literales de Vallaure las que dieron pie a esa controversia. También influyeron la adscripción del personaje a una determinada corriente de pensamiento que históricamente ha reivindicado los valores culturales identitarios y su encuadre en un marco político, el del neocasquismo surgido tras la fundación de Foro Asturias, que desde sus principios ha presumido de un regionalismo de corte covadonguista que le ha servido para obtener los favores, hasta la fecha incondicionales, de un determinado asturianismo que no había sabido encontrar hueco ni en los partidos de ámbito más o menos estatal (PP, PSOE, Izquierda Unida) ni en iniciativas de su mismo espectro que acabaron fracasando bien por un escaso apoyo electoral o bien por su falta de coordinación a la hora de tejer complicidades con la sociedad en la que querían asentarse. Partiendo de esos mimbres, se fue generando una batalla en la que el prerrománico –cuyo mal estado de conservación fue utilizado por el consejero para rechazar la gestión de sus antecesores en el cargo– se convertía en enemigo directo de una modernidad que tendría su encarnación más acusada en el Niemeyer, donde por aquellas fechas se ponía en escena el montaje del Ricardo III de Shakespeare acometido por la compañía del actor Kevin Spacey.

            El debate era, y sigue siendo, perverso. En primer lugar, y sobre todo, porque no existe o no debería existir ningún tipo de controversia entre el mantenimiento de la tradición y la apuesta por las vanguardias. Y, en segundo lugar, porque, lejos de fundamentarse en teorías serias, echó mano de tópicos tan trasnochados como estériles para dar lugar a un toma y daca en el que unos y otros ridiculizaban al adversario en un cuerpo a cuerpo que, para colmo, rara vez se supo interpretar con lucidez desde las esferas políticas, que en no pocos casos entendieron la discusión como una suerte de juicio popular a la gestión cultural llevada a cabo durante los 12 años en que la presidencia del Principado había estado en manos de Vicente Álvarez Areces. Pero, con ser ésa una pieza importante del rompecabezas –no pocos dirigentes de Foro han mostrado, en público y en privado, su aversión a todo lo que pudiese oler a socialismo en general y a arecismo en particular–, no debería ser la clave a la hora de plantearse la conveniencia o no de mantener un determinado modelo en el que hubo fallos notorios, pero también evidentes aciertos. Máxime si se tiene en cuenta que la liquidación de ese modelo no ha venido sucedida de una alternativa solvente y que ni Vallaure ni otros responsables culturales casquistas –es paradigmático el caso de Gijón, donde en la práctica se ha desmantelado el Festival Internacional de Cine y se va camino de hacer lo mismo con la Semana Negra– han sabido ofrecer otra cosa que no sean fórmulas ya sabidas y esquemas que no sólo no aportan nada original, sino que en muchos casos plantean una marcha atrás que en ningún caso puede o debe justificarse por los consabidos recortes presupuestarios.

            Está, además, aquella famosa reivindicación de los valores idiosincráticos de Asturias, que ha quedado seriamente cuestionada después de que muchos asturianistas nada sospechosos de connivencia con los gobiernos de Areces hayan mostrado su rechazo a las líneas maestras planteadas por Foro Asturias y a la que desmienten los hechos a poco que uno rasque: la nueva programación del Niemeyer sigue asentándose sobre figuras de fama estatal o internacional, pero que en ningún caso llevan a Avilés, como sí hacían antes, propuestas exclusivas; el mencionado Festival Internacional de Cine de Gijón, uno de los grandes espejos de los directores asturianos y uno de los pocos eventos que utilizaba por norma la lengua propia de la comunidad, va a someterse a una profunda reconversión motivada por no sé sabe qué razones; los planes autonómicos de normalización han sufrido un severo retroceso y el idioma asturiano ha perdido una buena parte de la ya modesta presencia que tenía antes; en el Muséu del Pueblu d’Asturies, que encabeza la muy estimable red de equipamientos etnográficos, se va a instalar, sorprendentemente, un museo dedicado al futbolista Quini; un alto cargo de la Consejería de Cultura se dedicó a menospreciar en un acto público, con ademanes que avergonzarían al histrión más entregado, la obra de uno de los pintores asturianos más cotizados del momento; y es posible, dada la incapacidad del Ejecutivo para pactar unos presupuestos, que este año se publiquen menos libros en asturiano que en cualquier otro ejercicio, dada la dependencia que las lenguas minoritarias tienen de las ayudas públicas.

            La apuesta por Asturias se ha reducido, en resumidas cuentas, a un ejercicio de reduccionismo y frivolidad que ha conducido a que el culmen de la asturianía consista ahora en ensalzar las virtudes de lo nuestro e incurrir en el constante y despectivo cuestionamiento de lo foráneo, como si una y otra cosa no vinieran retroalimentándose desde antiguo. Cabe preguntarse, además, qué sentido tiene todo eso en una época en la que tenemos el mundo a un par de clics de ratón y la cultura se ha convertido en una de las principales beneficiarias de esa globalización que tantas jaquecas nos causa en otros ámbitos. Es evidente que el prerrománico es una prioridad (como también lo son los hórreos u otros elementos de la cultura tradicional que corren un serio riesgo de desvanecerse en el olvido), pero no debería serlo menos que cualquier sociedad moderna debe tener la vocación de abrirse al mundo en vez de concentrarse en su propio ombligo, y que a la hora de hablar de peculiaridades idiosincráticas tan importante es la arquitectura surgida en los tiempos de la monarquía asturiana como las distintas iniciativas y manifestaciones que, en nuestros días, han conseguido que Asturias ocupe, en determinados momentos, un lugar referencial. No seré yo quien defienda a ultranza la gestión del Niemeyer ni quien dé por buenas todas las iniciativas que tomaron en su día Areces y sus adláteres, pero las equivocaciones de éstos no disculpan el derribo acometido por los partidarios de Cascos en los meses transcurridos desde las elecciones autonómicas y municipales de mayo, básicamente porque la cultura no puede ser una moneda de cambio, pero también porque la de arrasar con todo no es una buena opción si no existe un recambio solvente que al menos garantice el mantenimiento del engranaje. Caricaturizar el debate en torno a algo tan complejo como es un modelo cultural reduciéndolo a una mera discusión entre la boina (lo nuestro) y las gafas de pasta (lo de afuera), como se ha escrito y dicho por ahí con lamentable perseverancia, no hace más que simplificar hasta lo grotesco una cuestión muy seria que merece ser abordada con las ideas claras y la mente libre de prejuicios en uno u otro sentido.

            Conviene recordar, por último, que los políticos no están aquí para imponernos a los demás su forma de ver el mundo, sino que su tarea es la de servir a los ciudadanos que les votan y que son los que les pagan sus nada exiguos sueldos. No está de más matizar, llegados a este punto, que la RAE define a la cultura como el «conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc», lo que es tanto como decir que la cultura no es otra cosa que el modo del que la gente vive su vida. Y en la Asturias del siglo xxi, la gente –hable o no en asturiano– disfruta con Santa María del Naranco y con Romeo y Julieta. Y hasta he visto a más de uno sacando entrada, con boina y gafas de pasta, para una de las sesiones de la última edición del Festival de Cine.



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