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Viernes 25 de Mayo de 2012

El Festival de Berlín abre con un retrato lésbico de María Antonieta

La sección oficial de la Berlinale arranca con ‘Les adieux à la reine’, de Benoit Jacquot, una polémica biografía de la que está considerada como la primera reina moderna // Sofía Coppola ya le dedicó un film

El director de la Berlinale, y Diane Kruger, protagonista de ‘Farewell My Queen’, el filme que abrió el certamen. AP El director de la Berlinale, y Diane Kruger, protagonista de ‘Farewell My Queen’, el filme que abrió el certamen. AP

10/02/2012 00:00 /

En su incomprendida biografía de María Antonieta, Sofía Coppola liquidó la Revolución Francesa en un plano general de tres segundos. El director francés Benoît Jacquot, que ayer inauguró la sección competitiva de la Berlinale con Les adieux à la reine (Adiós a la reina), ha apostado por todo lo contrario. En su distinguida biografía de la denostada reina, Jacquot se concentra en los tres días que sucedieron a la toma de la Bastilla, durante los que quedó prefigurado el trágico destino de este personaje depositario de una especie de fascinación eterna. La decimoquinta hija de María Teresa de Austria ni siquiera estaba destinada a convertirse en reina, pero el juego de alianzas de las monarquías europeas la convirtió en la primera celebridad moderna en toda regla, al mismo nivel de cualquiera de las estrellas que esta semana acudirán al festival.

De princesa pop a frívola Sofía Coppola convirtió al personaje en una princesa pop y casi raver , ajena al mundo que la rodeaba, aunque más por candidez que por bobería. Como buen francés, Jacquot ha sido bastante más crítico. Su María Antonieta no sólo es frívola y voluble, sino directamente estúpida. Se horroriza por los mosquitos concentrados sobre el agua sucia del estanque y pasa sus días observando modelitos en proto-revistas de moda, mientras recita las obras menos sesudas de Marivaux (ya de por sí bastante insustancial) haciendo teatrillo con su lectora oficial, Sidonie, una misteriosa doncella a la que la reina presta una atención intermitente, en función de unos cambios de humor psicóticos.

“Cuando se interpreta a una figura histórica, hay que entender que todo el mundo tiene distintas opiniones. ¿Fue una joven fiestera sobrecogida por su matrimonio? ¿Fue una niña mimada y una pésima reina? Yo intenté no juzgarla, tal vez porque pude identificarme con suficientes elementos, como sus orígenes y su edad”, explicaba ayer la actriz Diane Kruger. Alemana de nacimiento, pero instalada en París desde la adolescencia, la actriz parecía predestinada a interpretar a la reina.

Para más inri, nació un 15 de julio y su madre se llama María Teresa. La actriz calificó Les adieux à la reine como uno de los mayores retos de su carrera. “Cada una de mis escenas era totalmente distinta y muy extrema en las emociones, puesto que la reina que describimos está un poco loca”, explicó Kruger. “Ha sido uno de mis papeles más difíciles. Y el francés del siglo XVIII tampoco ayudó”.

Pero si algo dio que hablar ayer fue la homosexualidad latente del personaje, a quien Jacquot describe (en un par de bellísimas escenas de complicidad femenina) como una mujer enamorada hasta extremos obsesivos de su favorita, la marquesa de Polignac. “No creo que sea lesbiana”, descartó Kruger.

Sofia Coppola consiguió que el Gobierno francés cerrara al público Versalles durante su rodaje. Jacquot, con menos recursos, se tuvo que conformar con rodar los lunes, día de cierre semanal. Ambas películas transcurren en el submundo de la corte, aunque sus puntos de vista sólo convergen en la superficie. Jacquot apuesta desde el primer fotograma en rodar la revolución desde el punto de vista de los privilegiados, pero describe un palacio convertido en ciudadela, con una reina encerrada en una cárcel dorada de la que deberá despedirse durante los cuatro días que narra la película.

En su biografía de la soberana, Stefan Zweig relató cómo las doncellas que acompañaron el fin de sus días preparaban sus platos con especial cuidado y atención, pese a tener la consigna de tratarla como a un preso cualquiera. A Sidonie, interpretada por la magnética y ojerosa Léa Seydoux, le sucede exactamente lo mismo.

Su fascinación por la monarca le impide entender hasta qué punto está siendo explotada. El subtexto político es sutil y nunca se apodera de una narración a la que le falta empaque dramático. Mientras que a Coppola aún le silban los oídos por el abucheo que recibió en Cannes, Jacquot no fue capaz de generar ayer nada más que indiferencia.

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