No es de extrañar que Maite Caramés e Isabelle Rabaud hayan escogido un nom de guérre artístico que evoca a la vez una legendaria marca de cámaras y una no menos legendaria pareja: Hassel y Gretel. Más que nada, porque lo suyo es contar historias mediante el lenguaje fotográfico. Contar cuentos. La sala Mediadvanced exhibe estos días por vez primera su obra en Asturias: una muestra del trabajo de Caramés en solitario - Ausencia - y otra del que desarrollan juntas: Serendipia . Ambas comparten su voluntad de invitar al espectador a que encare de la manera más directa, y al tiempo más abierta (así son los cuentos) un relato simbólico. En el caso de Ausencia , más bien en forma de acertijo o relato de misterio; en el de Serendipia descerrajando par una puerta abierta a través de la cual sumergirse incondicionalmente en el mundo del sueño.
A una de las características del sueño, y del ideario surrealista por tanto, hace alusión el título de esta última muestra: la versión del vocablo inglés serendipity , que designa todo aquel hallazgo que depara el contacto con los objetos y los acontecimientos dictados por el azar. Y eso es lo que han hecho Caramés y Rabaud en esta serie: recombinar en el mundo aparentemente cerrado de un viejo apartamento una serie de personajes, objetos y situaciones que se relacionan entre ellos según el propio flujo al tiempo abierto y riguroso que fue determinando el proceso: una modelo, un estampado y un papel pintado, un pájaro, una silla, un reloj... La serendipia, en este caso, no está tanto en aquello que se muestra, sino en la forma en que el espectador puede recibir esas situaciones como chispazos de una historia que, como los sueños, se carga con los simbolismos que cada mente y cada experiencia aporta.
La técnica de Ausencia es muy distinta, aunque también se apoya en la interacción reiterativa entre objetos y espacios. En este caso, el hilo conductor es el color rojo que tiñe algunos de esos objetos y puebla los distintos exteriores e interiores de la serie; un color que llegó a convertirse “en una verdadera obsesión” para Caramés. Pero esta vez lo determinante es la absoluta privación de la presencia humana. Un hueco que tensa el tiempo suspendido de la fabulación.
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