“El cine español es de puta madre”. La eufórica consigna la dio José Luis García Sánchez en la presentación de Los muertos no se tocan, nene –adaptación de una novela de Rafael Azcona rodada con esquemas netamente berlanguianos– cuando él mismo se vio impelido a defender una cinematografía que, en su opinión, “está entre las mejores de Europa” y sobre la que pesa “el mito absurdo” de una presunta mala calidad que quiso desmontar apelando a nombres como los de Fernando Fernán-Gómez, José Luis López Vázquez o los propios Berlanga y Azcona.
En realidad, toda la comparecencia fue un continuo homenaje al cine patrio, en todos los sentidos. En primer lugar, porque en la mesa estaban un productor tan relevante como Juan Gona –que con esta película presenta también, de forma oficiosa, los colosales estudios que ha instalado en el polígono de Argame, en Morcín– y un director con tanto callo como el mencionado García Sánchez, además del reparto de la película, que aglutina algunos nombres de sobra conocidos por todos (Carlos Iglesias, Silvia Marsó, Mariola Fuentes, Tina Sainz) y del que también forma parte la gijonesa Blanca Romero. Pero también porque era inevitable rendir homenaje al responsable último del filme: un Rafael Azcona que estuvo constantemente en labios de los intervinientes –García Sánchez, incluso llevaba una cazadora que había pertenecido al autor de los textos de Plácido o El verdugo– y que pensó en Los muertos no se tocan, nene como la última pieza de un tríptico que había comenzado con El pisito y El cochecito y que no pudo terminar “porque España vivía tiempos difíciles y la censura se lo impidió”.
Los actores alabaron las instalaciones que Gona ha dispuesto en Asturias, que Silvia Marsó definió como “un lujo que deberían apoyar todos los asturianos” antes de dejar entrever que el propio productor anda preocupado por su futuro en los nuevos tiempos de Cascos. Él anunció que el filme seguirá “un sistema de distribución totalmente desacostumbrado” que consiste en ir presentando la película paulatinamente por distintas ciudades y comunidades autónomas, garantizando así “una vida en salas comerciales de entre seis y ocho meses”. Casi como, si en lugar del equipo de una película del siglo XXI, los responsables de Los muertos no se tocan, nene se comportaron una troupe de cómicos de las que recorrían España en los años de plomo. Aquellos viejos cómicos a los que tanto quería Azcona.
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