Querido Mundo

Memoria de Tarradellas


Josep Tarradellas era un político grande de verdad, física y políticamente. Presidente de la Generalitat en el exilio (1954-77), lo fue también después de regresar a España (1977-80), adonde supo llegar con la dignidad del hombre sabio que era. Nada que ver con los furibundos e iconoclastas independentistas que hoy lían la madeja del caos. 

Tarradellas era un firme catalanista que defendía la cultura catalana desde una perspectiva no separatista respecto de los derechos lingüísticos y culturales de los castellanohablantes. Como bien se recuerda en algunas reseñas biográficas, en sus manifestaciones políticas siempre buscó la conciliación y la concordia entre Cataluña y el resto de España y nunca culpó a esta de los problemas que pudiera tener el pueblo catalán. Abogó asimismo por gobiernos de unidad en Cataluña, con el propósito de que esta fuese más fuerte, así como por un diálogo positivo y constructivo con Madrid.

¿Quién representa hoy su posición sensata y constructiva? Ni se sabe. Todo se ha desmadrado de un modo tan insensato y estúpido que el gran político Tarradellas, considerado un hombre adelantado a su tiempo, ya no sería hoy acogido como el gran visionario del horizonte hacia el que debía estar dirigiéndose ahora la política catalana. Ni él reconocería, probablemente, la trapacería política hoy reinante en su querida tierra.

Estuve solo una vez con Tarradellas. Fue en Madrid al poco de regresar de su exilio y afirmar aquello de «ja soc aquí», que sonó tan atinado y contundente como si señalase -y lo señaló- un antes y un después para España. Sus palabras fueron todas de concordia y de esperanza respecto del futuro. Ni un asomo de rencor o de ánimo de revancha surgió de sus discursos. Y a las jóvenes generaciones nos observaba con especial cariño, seguro de que sabríamos trazar la ruta de una democracia irreversible en la que todos tendríamos una ubicación pacífica y satisfactoria. Así lo recuerdo ahora al ver con tristeza que su mensaje no encontró oídos propicios. Quizá porque, como él temía, Jordi Pujol ya estaba presto a guiar la nave hacia el proceso de desentendimientos en el que ahora chapoteamos.

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