Cuatro verdades

No somos novias


Se levantó de su escaño. Fue hacia la tribuna, igual que sus compañeros. Se encendieron los micrófonos. Parpadeaba el piloto rojo de la cámara. Dejó los papeles sobre el atril. Apoyó las manos sobre la madera que tantas manos había sostenido antes. Y arrancó su discurso. Y era buena. Tan buena como sus compañeros. Clara, coherente, con capacidad de comunicar. Vehemente a ratos. Tranquila en algunos momentos. Había escogido bien las palabras, que pronunciaba acompañándolas de gestos medidos. Lo mismo que sus compañeros. Se enfrentaba a uno de los momentos más importantes de su carrera. Se la estaba jugando, e iba a por todas. Como el resto de sus compañeros. Y al acabar, separó sus manos de la tribuna. Recogió sus papeles y entre aplausos, volvió a su escaño. Y no fue como el resto de sus compañeros. Porque el resto de sus compañeros no han tenido que soportar comentarios en las redes sociales sobre si llevaba tacones o zapato plano. Tampoco han tenido que soportar que los juzguen por quién es su pareja. Ni han visto titulares en los que quedaban reducidos a un objeto, a un mero apéndice de otra persona. Su valía no se ha visto menoscabada por quién es su pareja. El resto de sus compañeros son tratados como lo que son, políticos, aunque a veces su único argumento sea un rastrero «no sé que voy a provocar en esa relación». Y mientras, ella [nosotras, todas nosotras] solo somos novias, esposas, madres e hijas. Y todos los días nos subimos a nuestras tribunas esperando que hoy sí, hoy por fin, nos traten con el debido respeto. Pero no. Otra vez el comentario machista. A veces asquea un poco más, si cabe. Como cuando hay que oírlo en el Congreso.

Valora este artículo

3 votos
Etiquetas