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Hong Sang-soo transluce la oscuridad romántica de su crisis personal

En «On the beach night alone» late la fractura de su divorcio y del escándalo que generó en la sociedad coreana


Berlín / E. La Voz

Veo la nueva película de Hong Sang-soo y me vienen a la mente los Maridos y mujeres de Woody Allen. Como le sucedía al cineasta neoyorquino, el coreano viene de pasar una tormenta personal intuyo que muy dolorosa: la de su divorcio, agravado -supongo- por el escándalo público al saberse que en el cráter de esa separación hervía la relación del director con la actriz de sus últimas películas, Min-hee Kim, que está también en el epicentro de On the beach at night alone, el film presentado en Berlín y en el cual ella encarna a una actriz que busca refugio en Alemania, en un Hamburgo schubertiano y de playa fantasmagórica, para huir de una relación con un director de cine casado. Como en el caso de Allen, esta película de Hong Sang-soo posee la inequívoca huella del desgarro propio, no sé si del intento de exorcismo del dolor. En cualquier caso, nunca obnubilación por hablar de lo que al autor le conmociona. Al contrario, como sucedía en la convulsa exteriorización de Maridos y mujeres, la puesta al día emocional del coreano con sus demonios y sus deseos se fragua en una obra tan equilibrada como bellísima, una tormenta interior incubada primero en una Alemania en otoño y, en la segunda parte, en el retorno del personaje femenino a Corea, cuando la ira y el alcohol se apoderan de modo autodefensivo de Min-hee Kim, en lo que suena de modo inequívoco a ecos de la tormenta vital sufrida en el ágora por la propia actriz y por Hong Sang-soo. Y, de esa manera, el film no se respira como esa atmósfera de formidable juego diletante que caracteriza su cine, sino por un latido de desgarro y veracidad que dibuja sobre On the beach at night alone una aureola de romanticismo doliente como los gritos del personaje de esta actriz cuando se pasa con la cerveza o con el sake. Y la transforma en apasionante strip-tease emocional.

La otra película a concurso era la brasileña Joaquim, de Marcelo Gomes. En ella se cuenta el proceso de toma de conciencia de un oficial en el Brasil del siglo XVIII, que le lleva de buscador de oro para la reina de Portugal a figura espartaquista en defensa de la población negra y de la independencia de la metrópoli. No conecto con la forma en la que Gomes trata de tornar en épica la figura de este héroe popular en Brasil, conocido como Tiradentes. Creo que la intencionada suciedad casi feudal de Joaquim, su sexualidad naturalista, pueden conectar con el boss del jurado de este festival el Paul Verhoeven de, por ejemplo, Los señores del acero. Sería una pésima noticia para Kaurismäki y Hong Sang-soo, los dos tipos que merecen llevarse el oro de esta Berlinale.

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Berlinale Cine Woody Allen
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