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Mar-a-Lago, el paraíso de los espías

A pesar de ser una fortaleza de guardias armados y radares militares, el complejo hotelero no puede evitar las vulnerabilidades que supone tener a gente entrando y saliendo a diario


Nueva York / corresponsal

Bienvenidos a Mar-a-Lago, la joya de la corona de Palm Beach. Así se presenta en su web la que ha sido bautizada por Donald Trump como la Casa Blanca de invierno. Una mansión convertida en un elegante complejo hotelero que desde que el republicano se hizo con la presidencia, es la pesadilla del Servicio Secreto.

A pesar de ser una fortaleza de guardias armados y radares militares, el resort no puede evitar las vulnerabilidades que supone tener a un torrente de personas que entran y salen del complejo a diario. Tanto es así que algunos hablan de Mar-a-Lago como el paraíso de los espías. «El presidente de EE.UU. es el objetivo número uno para la inteligencia de todo el mundo, no hay límites de dinero, ni de energía para un adversario que quiera saber de él», advirtió a Politico el exasistente de Seguridad Nacional David Kris. 

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Con cada visita el riesgo se intensifica. «Los enemigos pueden contratar a una fuente que les informe de las rutinas del presidente», explicó Michael Hyden, exjefe de la CIA. La misma semana que Trump acusaba a Barack Obama de espionaje, se filtraba la lista de los casi 500 miembros del club que pagan cuotas de hasta 200.000 dólares, dando así a la inteligencia extranjera nombres de posibles blancos para chantajear o sobornar a cambio de información sobre Trump. Es más, el contacto de una docena de empleados con autorización especial para acercarse al presidente aparece en la propia web de Mar-a-Lago. Así, el jefe de Seguridad o el director de limpieza se han convertido en objetivos perfectos para todo aquel que quiera información del neoyorquino.

La debilidad del sistema se evidenció cuando las redes sociales informaron en directo del gabinete de crisis a cuenta del misil lanzado por Corea del Norte que Trump y el primer ministro nipón, Shinzo Abe, gestionaron en la misma terraza del hotel. Como si de un espectáculo se tratase, ambos mandatarios negociaron su respuesta entre camareros, esposas y multimillonarios. La indiscreción fue de tal magnitud, que incluso un huésped se fotografió sonriente con el militar que portaba el maletín con los códigos nucleares. Con estos precedentes, la alarma se ha vuelto a disparar tras saber que Trump recibirá en este mismo resort al presidente chino, Xi Jinping, en abril

Lagunas de responsabilidad

A pesar de que otros mandatarios han tenido retiros vacacionales privados y lejos del custodiado Camp David (Maryland), su seguridad nunca ha revestido la complejidad de Mar-a-Lago. Todas eran casas privadas, nunca hoteles en los que son habituales galas benéficas con innumerables invitados, susceptibles de recibir encargos de potencias adversarias. ¿Qué hacer entonces para prevenir el espionaje al presidente en su residencia de Florida? La pregunta no tiene fácil respuesta. La labor del Servicio Secreto no es el contraespionaje, sino velar por la protección física del presidente. Tampoco es responsabilidad del FBI, ya que no están involucrados en la protección presidencial. ¿El CIA entonces? No, porque no pueden espiar a ciudadanos estadounidenses.

La preocupación ha provocado que varios senadores demócratas pidan que se hagan públicos los registros de visitantes que llegan no solo a Mar-a-Lago, también a la Casa Blanca. Para ello se ampararon en la política de transparencia que propugnó su predecesor Barack Obama, tras ordenar la publicación de todas las visitas al 1600 de la Avenida Pensilvania, entre 90 y 120 días.

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