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Las pistas al borde del monte que unen las aldeas fueron una ratonera

La sequía y la vegetación desbordante convirtieron toda la zona en un cóctel fatal

Carlos Ponce
La Voz en Pedrógão Grande

Cuando el coche circula por las pistas de Pedrógão Grande solo se escucha el crujir de las ramas carbonizadas. La ortofoto del GPS permite imaginar un entorno verde, muy apreciado por los portugueses por su naturaleza y su tranquilidad, pero que desde la madrugada del domingo es un paisaje lunar terrible y sobrecogedor. Los coches van apareciéndose a la vuelta de cualquier curva, y solo es posible saber si dentro quedan cadáveres porque, en ese caso, la guardia republicana los custodia.

Un grupo de forenses se reparten bocadillos y agua a la salida de Nodeirinho. Llevan levantados cincuenta cadáveres y saben que les esperan al menos once más. La siguiente parada es dura, ya se lo advierten los vecinos. «Hay una niña de 3 años». La caravana de vehículos se pone en marcha y toma la pista. La policía pide «un poco de espacio» para trabajar porque el coche en el que van a operar con sus monos blancos parece que se salió de la carretera. La judicial regresa con el certero informe visual: «Efectivamente, encontramos un cuerpo pequeño y otro más voluminoso». No hay tiempo para demasiados análisis de la zona. Otro saco al furgón, y a seguir buscando, porque tienen miedo de que haya sorpresas a falta de una prospección más profunda de la zona de Castanheira.

Es un trabajo complejo, porque a primera vista los coches están en el chasis y aparentemente no hay restos humanos, pero los hay. «Tuvo que ser como una incineradora», relata Vitor Neves, que tuvo las agallas de cruzar con su Land Rover el kilómetro de distancia que separa su casa del lugar donde murió su mujer. Lo sabe porque ella no volvió a casa, pero allí no vio nada. Solo humo y hierros.

Las pistas del municipio son buenas. Anchas y con buen firme, su mayor problema es que están invadidas hasta el límite por la maleza, y ahora por los restos de ceniza, los eucaliptos y los pinos chamuscados que se cruzan. Todos los fallecidos buscaban alcanzar la IC-8, una carretera espléndida que lleva hasta Pedrógão y que hubiera sido su salvación, porque está construida sobre viaductos y la vegetación está a una buena distancia. Pero se quedaron atrapados a menos de un kilómetro de esta vía, que se convirtió en el eje de servicio esencial para las emergencias y para los técnicos de reposición de servicios.

Los camiones de bomberos no tuvieron problemas para superar los troncos de eucalipto que cortaron las pistas, pero los forestales tuvieron que aplicarse a fondo hasta bien avanzada la tarde del domingo para despejarlas y permitir el acceso de ambulancias y grúas para proceder a la tétrica procesión de vehículos calcinados.

La banda sonora de la zona cero en la tarde de ayer era el viento, que volvió a soplar con fuerza, y las motosierras. En la radio portuguesa buscan las condolencias mundiales y los motivos. Un técnico en medio ambiente apunta una gran verdad. El incendio de Pedrógão comenzó hace muchos meses, en este invierno seco, cuando se dejó pasar la oportunidad de limpiar los arcenes de los viales, que se convirtieron en una gasolinera mortal.

Los cadáveres se trasladaron a un camión congelador en Pedrógão

La localidad de Pedrógão Grande se convirtió en el centro de coordinación de la tragedia y allí fueron llevando los restos de las víctimas, donde eran depositadas en un camión congelador tras dejar registrado el lugar en el que habían aparecido. A partir de hoy es muy probable que el foco informativo se traslade a Coímbra, donde los cadáveres serán identificados

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