El hambre puede esperar


Gijón 22/02/2017 19:54

El sábado en el Molinón se cumplió el peculiar dicho de “jugamos como nunca, perdimos como siempre”. Aunque siendo honestos, el Sporting no perdió como siempre. Ni mucho menos. El equipo dio la cara, fue superior a todo un Atlético de Madrid durante gran parte del encuentro y dio sensación precisamente de eso, de ser equipo.

De todos modos, y ante la euforia generalizada tras la gran imagen dada este fin de semana, me duele en cierta medida, actuar de abogado del diablo. Y es que, al igual que sucediera en el Bernabeu, o en el Molinón el día de la visita del FC Barcelona, las referencias contra equipos grandes hay que cogerlas con pinzas. Por varios motivos. Por un lado por el plus extra de motivación que supone enfrentarte a estos equipos, y por otro lado, la peculiar forma que tienen de afrontar estos partidos los equipos grandes. Te hacen creer que puedes con ellos, que no son gran cosa, que tienes el partido controlado hasta que a ellos les da la gana. Y te matan. Eso hizo el sábado el Atlético de Madrid en Gijón. Sesteó durante ochenta minutos y despertó justo a tiempo para aprovecharse de los errores de su oponente. Parece fácil.

Cierto es que independientemente del rival que haya tenido delante, el Sporting de este sábado genera más motivos para la esperanza que lo visto hasta la fecha. Vesga aporta sobriedad al centro del campo y lo que es más importante, libera a Sergio de un trabajo que le impedía muchas veces mostrar su mejor versión. Versión que poco a poco va recuperando y que se antoja indispensable para lograr el objetivo final de la permanencia.

Con Traoré sucede un poco lo mismo. No será recordado por su plasticidad, pero su mera presencia intimida, y mientras los rivales le prestan atención, sus compañeros en el ataque se encuentran más liberados. Eso sí, y como mera anécdota: para medir 2,04 metros va de cabeza como yo. Osease, mal.

Bromas aparte, la mejoría de este Sporting es palpable. Lo importante ahora es darle continuidad a esa mejoría frente al Celta el próximo domingo y transformarla en puntos, que a las alturas en las que nos encontramos, es vital.

Por último, y desde el punto de vista del aficionado, uno recupera sensaciones al salir del Molinón. Uno volvió a sentirse orgulloso de su equipo al marcharse del campo y a pesar del resultado. Eso también es importante.

Igual de importante que saber reconocer el trabajo y el esfuerzo de los jugadores en días como el del sábado. Puedo entender que las horas intempestivas del partido hicieran que el hambre apretara, pero era un día para quedar hasta el pitido final y no marchar diez minutos antes. Allá cada uno.

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