09/03/2008 ARTURO G. de Terán
La arquitectura presidida, fundamentalmente, por las formas espectaculares está llamada a su rápida desaparición para formar parte de la historia. Lo que precisamos es que esas formas vayan acompañadas de una clara integración en el entorno, de su excelencia funcional, de la calidad de vida para los usuarios, y que además solvente los problemas urbanísticos de la ciudad; en definitiva, arquitectura de interés social y sostenible, con versatilidad de usos y eficaz energéticamente, que el arquitecto tratará de convertir en arte.
Aquí en Asturias nos estaríamos refiriendo a los últimos ejemplos arquitectónicos de Calatrava, destacando el Palacio de Congresos y omitiendo un proyecto que pasará al olvido pero que trajo de cabeza a las gentes sensibles y sensatas de Asturias y de su capital, como fue el caso de las tristemente afamadas torres trillizas . Según indicios veraces y llenos de sentido, esa arquitectura que los medios han denominado "espectáculo" tiene las horas contadas. Lo grave es que sus autores se han creído que el arte y su arquitectura son la misma cosa, o que están en este mundo porque su arquitectura ha sido reconocida como arte.
Recordemos que esto comienza en los finales de los pasados años 80, alternando con el decadente movimiento post-modernista; entonces, frente a éste, la presencia de una arquitectura rompedora, atrevida, efectista y substancialmente formalista, que prendía y tenía su eco en una sociedad de la sobreabundancia que se aburría de tanta arquitectura anodina y sin personalidad. Es un momento de desconcierto que coincide con la caída del telón de acero y la URSS, donde se inicia alocadamente ese proceso que hemos denominado globalización.
Aquellos inicios de Calatrava con el puente de El Alimillo en la Expo de Sevilla en 1992, seguida de algunos edificios sugerentes que alternaban con otros más polémicos y que tan bien expresó el arquitecto mierense Rogelio Ruiz en un artículo publicado en este mismo diario, hicieron que el mundo prestara atención a aquella joven promesa que con su formación técnica de ingeniero, además de la de arquitecto, venía acompañado de un aparente aire fresco del que estaba necesitada determinada parte de la sociedad, precisamente la más refalfiada de necesidades cubiertas pero carente de imágenes novedosas y reveladoras de ese éxito social y económico del que se sentían protagonistas. Ese sector que se prodigaba pletórico y que se creía caminar hacia la riqueza, buscaba su representación a través del poder político y económico, como podría ser el caso de Miterrand con el complejo de la Defense al final del alargamiento de los Campos Elíseos en París, o el lehendakari de turno que pretendía fortalecer la existencia del País Vasco con una gran obra como la del Museo Guggenheim a la vez que abordaba la modernización del Gran Bilbao como sello de calidad del devenir de la nueva potencia autonómica, o los de las grandes empresas que quisieron mostrarse ante el nuevo mundo globalizado a través de la imagen de sus nuevas sedes. Parecía que era necesario creer en un futuro prometedor, y la arquitectura era un buen vehículo transmisor de ese nuevo mundo.
En este contexto dominado por la forma del objeto más que por el fondo que debe resolver la arquitectura dentro de la ciudad, algunos arquitectos consideraron que sus obras eran la esencia del arte. Por eso cuando Calatrava construye la torre de Malmoe en Suecia, con aquella imagen que se movía hacia el cielo al torsionarla, como si de una escalera de caracol se tratara, ante las protestas de los futuros usuarios por el enorme tiempo empleado en su construcción y el elevado sobrecoste, él les respondía que no se inquietaran y que tomaran conciencia de que el arte vale dinero. Así, los futuros habitantes (creo que en régimen de cooperativa) de aquella torre de viviendas, creyeron por un momento que siendo poseedores de una obra de arte, valía la pena pagar con sus penas y defectos funcionales los excesos que propugnaba su autor. Era el momento crítico de los llamados edificios "hito", es decir edificios de referencia visual; como lo pretende ser también el Palacio de Congresos o artefacto arquitectónico de Buenavista en Oviedo que, aparte de invadir brutalmente ese histórico espacio de la ciudad agobiando a sus vecinos, también generará un enorme gasto de energía que, lamentablemente, será un grave problema para sus administradores en una época presente e inmediatamente futura, donde la modernidad se medirá con otros parámetros muy lejanos a los que se conciben en estas obras tan desmesuradas, polémicas y engendradoras de problemas en el uso de la ciudad.
En el presente/futuro, nuestros retos como sociedad estarán dominados por otros criterios basados en el cambio climático como puedan ser los del ahorro energético, el equilibrio en el medio ambiente, el uso de materiales reciclados y reciclables, el invento de nuevos sistemas constructivos, la racionalidad en la concepción de los edificios teniendo en cuenta su uso en la diversidad, la flexibilidad, y la adaptabilidad a funciones futuras
Sabemos que podemos equivocarnos en el empeño, pero el camino no debe ser el de invocar a tan alto concepto como el de "arte", cuando en realidad podemos estar vagando sin rumbo por las rutas de la frivolidad. Es una opinión impregnada de falta de respeto hacia los genios de la modernidad.
*Arquitecto
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