La secuencia 123456789 tarda en hacer aparición entre la vastedad inconmensurable de los decimales conocidos del número pi.
Hay que pasar la barrera del medio millardo de dígitos para encontrarla por primera vez, agazapada en medio del maremagno de guarismos desordenados que conforma la más conspicua constante matemática. Perfecta y redonda, reluce, silente, con el fulgor de lo atípico, tal que un halo de luz solar que se colase por entre los nubarrones de un día plomizo. El caos delante, detrás el caos, y ambos caos como trufados de intentonas infructuosas: cientos de 123, varios 12345, algún 12345678. Lo bello siempre es trabajoso, y, sobre todo, lo bello siempre es efímero. “Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”, lamentaba Pablo Neruda hace cien años. Collige, virgo, rosas, recomendaba Ausonio hace dos mil.
Los hijos de pi se cuentan hoy en billones, gracias a la labor de potentísimos superordenadores que, sin descanso, han ido roturando, parcelita a parcelita, la infinita terra incognita de este número con hechuras de mágico, al que muchos sospechan contenedor de alguna clase de verdad trascendente criptográficamente revelada. Los matemáticos, entretanto, conjeturan, impacientes, las características de esa porción desconocida de la orografía de pi, ubicando en ella, como los cartógrafos del Medievo en las tinieblas de sus mapas, monstruos, sirenas y otras criaturas inverosímiles. ¿Se da, en algún momento, una serie inmaculada de un millar de ceros?, se preguntó el holandés L. E. J. Brouwer. ¿Llegará el día en que a una secuencia perfecta 123456789 le suceda, no el caos, sino otra secuencia 123456789, y a ésa otra igual, y así sucesivamente?, fantaseo yo, que no soy matemático pero sí republicano y del Sporting.
Pi tiene vocación de abarcadura universal: tengo leído que bastan cincuenta de sus innumerables decimales para describir la curvatura del cosmos con un margen de error menor que el tamaño de un protón. Preguntarse por su porvenir tiene algo de preguntarse por el porvenir del mundo.
¿Hemos de esperar la larga ristra de ceros de Brouwer, o tiene alguna chance de éxito mi cadena de secuencias perfectas? Pista número 1: Esperanza Aguirre sugiriendo por lo bajini el fin de la gratuidad de la educación pública. Pista número 2: la farmacéutica Roche cortando el suministro de medicamentos a varios hospitales morosos griegos e insinuando la posibilidad de hacer lo mismo con algunos españoles.
Coged, doncellas, las rosas mientras podáis. Se acerca el invierno.







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