Contaba ayer con irme a echar la siesta con los destinos del PSOE ya resueltos. Mis siestas son breves, pero abisales y bajo la más estricta deprivación sensorial; de otro modo el cuerpo no se da por reparado y mi tarde se convierte en una especie de sucesión de gags de Jacques Tati. Pero comprenderán que -por mucho que uno intentase poner en práctica esa neutralidad activa con la que Griñán podrá triunfar como gurú new age cuando ya no sea presidente-, mi siesta era ayer imposible; que no había cuerpo que pudiese practicar el sesteo profundo mientras aquellas dichosas cinco urnas estuviesen siendo abiertas, evisceradas y escrutadas por unos interventores que, más que usar la aritmética, parecían estar inventándola.
Arruinada la siesta, esperaba al menos que los titulares de las 16,45 me devolviesen a la vida con un nombre y asegurarme así un café en paz. No pudo ser. Lo tomé en tensión, con todos los canales analógicos y virtuales abiertos mientras los minutos pasaban sin noticias. Al menos pude constatar, vía twitter, que, así como escasean los candidatos para presidir partidos, en este país nos sobran los buenos humoristas; gracias a ellos toleré malamente la espera hasta que, con la siesta, el café y la tarde ya arruinadas, cayó el nombre.
Lo que no entiendo es por qué lo tomé tan a pecho. Intoxicación mediática, histeria colectiva, supongo. Porque si algo estaba claro desde el principio es que no tiene sentido arruinarse ni una siesta esperando a que el PSOE despierte algún día de la suya. Rubalcaba garantiza, al menos, unos años más de profunda modorra política en su partido y en el resto de España.







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