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Viernes 25 de Mayo de 2012

La camisa de Manolo

13/10/2011 00:00 /

Hay prendas de vestir que, portadas asiduamente por sus propietarios, acaban como por adherirseles al cuerpo, tal que una extremidad más, o una capa suplementaria de la piel. Algunas llegan a trascender de tal manera a su dueño que terminan por crear la ilusión de ser ellas las que llevan puesto un señor, y no a la inversa. Alcanzan un renombre propio y conforman, con sus posesores, una suerte de organismo dual, simbiótico, en el que el hombre explica al traje y el traje explica al hombre, lo resume y lo radiografía con la precisión de un psicoanálisis.

Dime cómo vistes, y te diré quién eres. Cualquier sesudo análisis sobre las derivas de la socialdemocracia no podría ser más elocuente que la mera constatación gráfica del momento en que Felipe González colgó para siempre su famosa chaqueta de pana, y una simple fotografía de Fidel Castro en chándal de Adidas puede decir mucho más de la devaluación de las revoluciones comunistas que toda la obra de Orwell y Solzhenitsyn.

De Manolo, lo que yo más recuerdo son sus camisas, siempre sencillas, lisas o a cuadros, de manga corta y desabrochadas en sus dos o tres primeros botones. Manolo no vestía su camisa. Manolo era su camisa, y era sus tejanos raídos, y era sus viejos y enormes anteojos sin ningún asomo de alarde estético. No fue él quien se llevó esa camisa, y esos tejanos, y esos anteojos, a los avernos más atroces de la miseria centroamericana. Fue la camisa, la metafísica camisa desabotonada que ya vestía su alma mucho antes de que lo hiciera su cuerpo, la que se lo llevó a él. Fue ella la que le impelió a abandonar la confortable existencia de la familia acomodada en la que había nacido para lanzarse a un progresivo descenso a los infiernos de la condición humana, que comenzó en una comuna obrera de Galicia, prosiguió en los suburbios marginales del Madrid de los sesenta y tocó fondo en las chabolas de la capital de Guatemala. Allí, entre tiroteos de maras rivales y llantos de patojos famélicos, la camisa jornalera de Manolo encontró, por fin, su lugar en el mundo, y una misión: “llenar de estrellas el corazón del hombre”, como soñara Marcos Ana en un desgarrado y célebre verso.

A Enrico Caruso, el más grande tenor de todos los tiempos, se lo llevó de este mundo un cáncer de garganta. A Manolo Maquieira, que tenía un corazón que no le cabía en el pecho, lo mató un fulminante ataque coronario, a los 59 años, el 8 de octubre de 2006. El dios en el que Manolo creía siempre ha tenido un finísimo sentido de la ironía.

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