Esto de aquí arriba podría ser perfectamente la traducción al español del título de una obra de J. G. Ballard; uno de sus cuentos al cromo-vanadio, una de sus novelas sobre el apocalpisis, parienta de El mundo sumergido o El mundo de cristal. En inglés, sin traducir, suena a western metafísico o álbum de country fino. En francés, sin embargo, se piensa de inmediato en un poema surrealista de primera generación, una canción de Jacques Brel sobre el muermo de ser belga, un cuadro de su paisano Magritte. Si fuese alemán, sería un Kiefer: uno de sus colosales panoramas sobre el colapso de la civilización. Y en japonés, Murakami. O, mejor, un precioso anime de Hayao Miyazaki. Pero en todos los idiomas queda claro que la inmovilidad del país y puede que el país en sí son siempre metafóricos.
No es así en el caso de este pequeño país tan gravemente enfermo. Aquí no se trata del título de un poema, una parábola, una alucinación, una alegoría o un cuento infantil; aquí, El país parado es el título que encabeza forzosamente, en nombre de la exactitud, la descripción literal de su realidad en crudo: instituciones, partidos, políticos, industrias, empresas, demografía, trabajadores (sobre todo ellos): todo parado. Y un paro casi absoluto de los ánimos, las esperanzas, incluso, al parecer, de la rabia.
Pero semejante documento compone menos un acta notarial que un informe forense; y no porque la inmovilidad sea (aún) la de un cadáver sino porque la mera exposición de esta parálisis masiva es en sí misma una pieza de medicina legal: un peritaje que apunta a culpas y a culpables, que clama por responsabilidades.







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