Hay temas recurrentes en la política asturiana que no por repetidos pierden su trascendencia social. Y uno de ellos, uno de los favoritos, son los fondos mineros. Para hacer algo de memoria, hablo de las partidas creadas en 1998 gracias al acuerdo de gobierno central y sindicatos mineros para invertir una notable suma de dinero dedicada a la regeneración del tejido social, económico y laboral de las comarcas, afectadas por una recesión tremenda. Miles de puestos de trabajo perdidos, cuya repercusión territorial se trató de compensar con estos fondos de los que algunos pensaron, de forma equivocada, que eran la excusa perfecta para que la galia astur no molestara más de la cuenta. Era una forma, eficazmente arañada por las centrales, de poner nombre a la llamada deuda histórica, una tabla de inversión negociada con el carácter complementario que estas partidas casi nunca disfrutaron. Y me explico.
Las obras son evidentes y el efecto, indiscutible, pese a que algún vecino pueda dudar de la eficacia del proyecto global. Si sólo nos quedamos con los edificios, nunca veremos el contenido real de la apuesta dañada, sin duda alguna, por los vaivenes políticos que se deben achacar a todas las administraciones. Ahora que la liquidez es escasa, entonces la sombra se prolonga sobre los dichosos fondos mineros, aunque nadie quiere entender que las obras no son un capricho sino uno de los muchos pasos que todavía quedan por dar. José Ángel Fernández Villa, secretario general de la poderosa federación minera unida ahora al textil y la química, ha venido reclamando desde hace muchos años las inversiones prometidas porque son imprescindibles para redondear el plan. El ritmo de ejecución nunca ha sido el prometido y eso afecta a la concepción final. Es por eso que hay habitantes de las comarcas que hubiesen preferido otro planteamiento, quizá porque desconocían que estas cuantías tenían un fin muy marcado. Es muy llamativo que lo que niega el gobierno del PP para unas zonas en pie de guerra sea lo que pactaron hace ya 13 años, que se rompa el espíritu que nunca se llegó a fortalecer por los incumplimientos y que, encima, se tenga que aguantar la serenata de que ya están otra vez las cuencas llorando cuando han recibido ingentes cantidades de dinero. Ni más ni menos que lo pactado, pero con bastantes ceros de menos, porque quedan por ejecutar casi 1.000 millones de euros y decenas de convenios metidos en un cajón. Por eso es imprescindible que los fondos sigan vivos, porque queda mucho por hacer.







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