Antes de ser hospitaleros fueron peregrinos, ¿pero qué hacían con sus vidas antes de conseguir la credencial y empezar a caminar hacia Santiago? Alejandro González, Toni Montes y Domingo dejaron todo y empezaron una vida al frente de los albergues de peregrinos de Bodenaya (Tineo), Grandas de Salime y Grado, dentro del Camino Primitivo, y varios años después ninguno se arrepiente. Gestionar un albergue de peregrinos lleva mucho trabajo, “es muy esclavo”, pero al final, todos están haciendo lo que les gusta, y para ellos no hay mejor recompensa.
Asesoran a los peregrinos, les aconsejan, les lavan la ropa o simplemente les hacen compañía después de una dura jornada caminando por los paisajes asturianos, y lo hacen porque les gusta.
alejandro gonzÁlez Bodenaya Alejandro González es uno de estos hospitaleros. Gestiona el albergue de Bodenaya, en Tineo desde 2007, cuando decidió cambiar su vida en Madrid por la vida en el camino. Alejandro era taxista y su rutina se resumía en dos palabras, casa y trabajo. “Me pasaba el año esperando las vacaciones, sin disfrutar de la vida”. Un día se cansó del taxi, de la ciudad y de su rutina y conoció el Camino de Santiago. En el Camino Primitivo encontró lo que estaba buscando, una casa en venta en Bodenaya que restauró y convirtió en albergue, en “refugio”, como a él le gusta llamarlo. Fue la forma de conseguir “mi sueño de vida”. Dejó atrás las prisas de la gran ciudad y empezó a vivir rodeado de naturaleza, de peregrinos y de “libertad”. Así pasó de peregrino a hospitalero, porque la vocación “nace con el camino, para devolver lo que te ha dado”.
Su albergue no es nada común. Alejandro no solo ofrece alojamiento a los peregrinos sino que durante unas horas pasan a formar parte de una pequeña familia. El hospitalero prepara la cena, lava y seca la ropa y hace los desayunos cada mañana. Los peregrinos se sientan juntos a la mesa, deciden a qué hora se levantarán al día siguiente y se van a la cama a las 22.00 horas, “porque el descanso es muy importante”. Alejandro comparte con ellos la cocina y la sala de estar. La poca intimidad que busca la encuentra en su habitación, en un hórreo al lado de la casa “tradicional, precioso” y que considera un lujo.
Cada día, aunque “también rutinario”, siempre es diferente al anterior. Por las mañanas se dedica a la limpieza del albergue. A mediodía empiezan a llegar los primeros peregrinos, a los que espera con los brazos abiertos, aconseja, orienta… y sobre todo escucha. El de Bodenaya es un albergue privado, y para mantenerlo son “imprescindibles” los donativos de los peregrinos. Alejandro no tiene otra ayuda económica que la voluntad de quienes se alojan en su refugio . Con ese dinero compra la comida, mantiene la casa y vive él mismo. “Siempre hay quien no deja donativo”, reconoce Alejandro, “pero no pasa nada cuando ves que es gente que no tiene nada”.
Con este ritmo de vida las vacaciones y los fines de semana no existen. “Es un trabajo muy esclavo, pero haces lo que te gusta”, reconoce Alejandro. Pero luego llega el invierno, cierra el albergue del 15 de diciembre al 31 de enero y aprovecha para viajar, para hacer lo que le apetece. Mucho de su tiempo lo aprovecha para hacer el camino de Santiago, tanto, que cuenta su historia por teléfono, mientras camina desde Irún. En total se ha colgado la concha de peregrino 21 veces “y siempre merece la pena”. Algunas solo y otras acompañado, cada viaje le aporta algo nuevo.
Al final el cambio de vida mereció la pena y lo tiene claro: “No vuelvo al taxi”.
toni montes Grandas de Salime Toni Montes vino de vacaciones a Asturias hace más de dos años y ya no quiso irse. Vivía en Gerona, donde trabajaba en un proyecto de educación social, pero su vida cambió cuando murió su padre. “Decidí dar un giro”, recuerda. Conoció Asturias invitado por una amiga y se quedó prendado. “Yo creo que se equivocan con lo de paraíso natural, esto es un paraíso terrenal, con los paisajes, la gente, la comida…”. Aquí Toni conoció el mundo de los hospitaleros después de pasar varios meses colaborando en el albergue de peregrinos de Cornellana, y cuando hizo el Camino de Santiago, el camino “de los albergues”, como él lo llama, decidió que era así como quería orientar su vida. El Ayuntamiento de Grandas de Salime le dio la oportunidad de gestionar el albergue municipal si vivía en la localidad y así, “de un día para otro, me vine”.
De esto hace ya año y medio. En poco más de 18 meses ha conseguido gestionar un albergue con 28 plazas, cocina, sala de estar e incluso una pequeña biblioteca. “Yo estoy enamorado de este albergue y creo que Grandas se lo merecía”, asegura, orgulloso, de su nuevo hogar. En este tiempo ya se ha convertido en uno más del pueblo, se siente como si formara parte de una “gran familia” de casi 300 habitantes.
Sus tareas no pasan solo por ocuparse del local, que abre a las 12.00 de la mañana y donde está hasta las 19.30, “a jornada completa”. Un hospitalero, a veces, también es un psicólogo. “Cubro todas las necesidades del peregrino. El año pasado uno me llamó porque hacía tres días que no se encontraba a nadie y necesitaba hablar”. Pero “lamentablemente”, en pocos albergues del camino primitivo a su paso por Asturias hay hospitaleros. Toni vive con los cinco euros que los caminantes pagan por alojarse en Grandas, donde no solo consiguen una cama, sino también “calor humano”. ¿Mereció la pena el cambio de vida? Un sí rotundo deja claro que Toni no se arrepiente de haber dejado todo atrás. “Creo que me enterrarán aquí”, adelanta.
Domingo Ugarte Grado Domingo Ugarte no tuvo que viajar desde lejos para conocer las maravillas de Asturias, ni dejar toda su vida atrás para convertirse en un peregrino constante. Domingo ya vivía en Grado con su familia. Trabajaba de camionero y nunca se había colgado la mochila para empezar a andar camino de Santiago de Compostela. Pero un día sufrió un infarto y su vida cambió. Estuvo un año de baja, lejos de su camión, y aprovechó para hacer algo que siempre había querido, el Camino de Santiago. Así conoció al anterior hospitalero de San Juan de Villapañada, se involucró con la vida del albergue y decidió sustituirlo cuando él falleció. “Todo empezó de forma temporal, para ayudarlo mientras estaba enfermo”, explica. Ahora ser hospitalero ya es una parte de su vida. Por las mañanas sigue conduciendo su camión y cada día, no más tarde de las 18.00 llega al albergue para recibir a los peregrinos, ayudarles, charlar con ellos o simplemente hacerles compañía.
Esta rutina ya casi se ha convertido en un hábito familiar. Su mujer le acompaña y le ayuda a gestionar el albergue, aunque reconoce que son “los principales sacrificados por la falta de tiempo libre”. El albergue municipal de San Juan de Villapañada, con capacidad para 20 personas, funciona con un donativo que ayuda a que Domingo pueda mantener las instalaciones en perfecto estado. La vida en el albergue le ha dado muchas satisfacciones y le ha permitido conocer a mucha gente interesante. Muchos de los peregrinos que llegan a Grado son extranjeros, lo que hizo que Domingo mejore su inglés, pero sobre todo su capacidad de comunicarse con gestos, comenta entre risas. Ahora, como sus compañeros, cada vez que tiene unos días libres se cuelga la mochila y hace, una vez más, pero siempre diferente, el camino de Santiago.
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