De Gijón a Chamartín, esta vez no tomamos por la minera sino subo directamente al tren Alvia, esa maravilla del ingenio y la ingeniería españoles, desde donde Asturias nos regala con un sobrecogedor y estimulante despertar de un día de sol oblicuo y sin nuble, de invierno, como la iluminación de los reflectores cinematográficos en las luces y sombras del, por ejemplo, expresionismo alemán: entre negros y blancos, los grises pero esta vez en color. Y así el desfile desde el antiguo siderúrgico, hoy residencial, Moreda, La Calzada arriba, camino del prau Somonte donde se alzan aún las dos catedrales que nos mentan nuestro intento de industrialización, lanzando al aire helado las nubes que no parecían frente y contra las montañas, desencadena el relato de un recuerdo y el recuerdo de un relato. Lentos dando la curva de Villabona, con sus casas, su estación y su cruce ferroviario, encontramos las nieblas y brumas, antes de atravesar los túneles cuya obra llegaría a traer a algo la escritura de otro ingeniero. Aunque de eso hace mucho tiempo como de aquel expreso Costa Verde que llevaba a la entonces estación, hoy centro comercial, de Príncipe Pío. De Gijón a Pola de Lena con paradas en esta, Oviedo y Mieres-Puente, tardamos el mismo tiempo que entre las dos últimas estaciones, de Valladolid-Campo Grande a Madrid-Chamartín. En la memoria descarrilan, entre luces y claros sucesivos de la subida a la primera a la Meseta, el paso a la segunda ni se nota en la obscuridad iluminada, con el regalo incluido de las Ubiñas excelsas, los túneles sin rieles que ríen en Gijón-Humedal y de Lena a La Robla. La montaña de León hacia Palencia se despliega a medida que ganamos velocidad. Y saliendo de Palencia una espesa borrina borra el horizonte de Tierra de Campos. En Valencia absuelven a unos, un ministro se reconcilia con los más fachas de nosotros. En un túnel de Grecia, Caronte aguarda al admirado cineasta del viaje hacia la imagen y de ahí a la realidad y a la historia. Teodoro Anguelópulos (que no Angelópoulos) no debiera estar allí. Pero allí fue atropellado por un policía en moto que, supongo, iba por el arcén y sin casco.
Caronte en el túnel
EN POLVO, EN NADA: De Gijón a Chamartín, esta vez no tomamos por la minera sino subo directamente al tren Alvia, esa maravilla del ingenio y la ingeniería españoles, desde donde Asturias nos regala con un sobrecogedor y estimulante despertar de un día de sol oblicuo y sin nuble, de invierno, como la iluminación de los reflectores cinematográficos en las luces y sombras del, por ejemplo, expresionismo alemán: entre negros y blancos, los grises pero esta vez en color.







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