Proyecto Hombre ha cumplido 25 años y tiene más de 2.000 motivos para celebrarlo. Tantos como el número de personas que a lo largo de este tiempo han logrado recuperar sus vidas mediante la labor de esta asociación desde la que medio centenar de profesionales y más de 150 voluntarios continúan trabajando para facilitar la rehabilitación y la reinserción sociolaboral de quienes, llevados al límite por su adicción a la droga o el alcohol, en un momento dado deciden decir basta.
Bien sea por iniciativa propia, animados por sus familiares o por motivos judiciales, en la actualidad son 418, -348 hombres y 70 mujeres-, quienes han decidido dar ese paso adelante y han buscado en Proyecto Hombre una salida. Parte de ellos, medio centenar, residen en el centro que Proyecto Hombre gestiona en la localidad gozoniega de Antromero.
Se trata de “una gran casa”, en el más amplio sentido de la palabra, en la que lo primero que se aprende es a recuperar la autoestima, en la que se desarrollan dos de las tres fases del tratamiento de Proyecto Hombre y que supone la antesala de la reinserción sociolaboral.
Y ahí reside la peculiaridad de este centro que se erige como “una microsociedad, integrada, eso sí, y abierta la comunidad”, subraya su director, Juan Antonio Álvarez, en la que cada uno desempeña una tarea, -mantenimiento, lavandería, cocina, almacén, biblioteca o recepción-, y en la que además de seguir un tratamiento terapéutico personalizado adaptado a cada adicción, -cocaína, alcohol y policonsumos-, sus residentes se “entrenan” para poder llevar una vida social normalizada, tanto desde el punto de vista de las relaciones afectivas con familiares, amigos y parejas, como desde el punto de vista laboral.
La convivencia Para conseguirlo cuentan con el apoyo de 5 terapeutas, 4 educadores, una médica y 15 voluntarios. También con el respaldo de sus propios compañeros. “El apoyo mutuo es muy importante, te identificas con los demás y eso ayuda también en la terapia”, asegura Borja, que a pesar de que, tal y como el mismo reconoce, entró “por indicación de su abogado” hace ahora un mes, poco a poco ha tomado conciencia de la “necesidad de cambiar de vida”.
Ahora, a sus 21 años recién cumplidos, -“los hice el mismo día que Proyecto Hombre”-, recuerda, el benjamín de la casa y seguro el que más horas se tira en el gimnasio, está aprendiendo a gestionar sus sentimientos, a hacer planes a corto plazo y lo que es más importante, ha recuperado la confianza de su familia.
Y es que la convivencia no deja de ser una terapia 24 horas. “En momentos de bajón, que también los hay, siempre hay alguien dispuesto a ayudarte, a darte ánimos para seguir adelante”, asegura Basi, quien después de 30 años metido en el mundo del alcohol y las drogas, ahora, a sus 44 años, ha “comenzado a vivir”. “Ahora me veo con fuerza, con valentía. El cambio ha sido radical”, admite.
Un cambio que para muchos comienza a fraguarse en cuanto entran por la puerta. “No imaginaba que esto era así, pensaba en otra cosa, con los terapeutas encima de ti, agobiándote. Nada de eso. Cuando entré me dio un subidón y pensé, lo voy a conseguir”, sostiene Fran, que de su estancia en Antromero destaca el trato cercano y personalizado de los trabajadores y el hecho de que sea un lugar integrado en la comunidad, que participa de las actividades que se desarrollan en Candás y al que con frecuencia acuden los vecinos de la zona a visitarles.
“Eso es también importante porque nos hace sentir parte de la sociedad, en la que hasta ahora nos sentíamos discriminados, y también nos ayuda a tirar para adelante”, asegura.
Eso y el hecho de que Antromero sea también un lugar abierto. “Salimos al cine, al telecentro , al fútbol, de tiendas, a tomar café o a misa”, bueno el domingo pasado solo fui yo”, bromea Víctor, a quien el alcohol estuvo a punto de hacerle perder su matrimonio, a sus hijos y a su nieto.
En el centro residencial de Antromero desde el pasado día 20 de noviembre, ahora Víctor ve cómo “las cosas se están centrando” y ya disfruta de los fines de semana con su familia.
Quien también ha recuperado el contacto con los suyos es Nati. “Al principio, cuando llegué, no quería ni salir, ahora como todos los domingos con mi familia”, comenta Nati, la mayor del centro junto con Víctor, y que a sus 58 años admite haber “recuperado media vida”.
“Cuando llegué no tenía nada, vivía solo para la bebida”, relata. Ahora en cambio he recuperado “la autoestima, las ganas de ponerme guapa, a mi familia y a mis hijos y mis nietos y no quiero perder nada de eso” afirma, orgullosa de haber dado el paso hace ahora cinco meses.
Lo hizo “después de un percance del que apenas recuerdo nada. Ahí fue cuando decidí que debía hacer algo con mi vida, que no podía seguir así”, relata Nati, para la que el centro de Antromero será siempre su casa. “Si, es cierto que aquí todo es más fácil, pero me veo con fuerzas para una vez fuera”, conseguirlo.
Tras tocar fondo y convencerse de que esa no era la vida que quería vivir, Carmen también se decidió a dar el paso. Con 50 años y tras sufrir una depresión “muy profunda”, esta mujer que siempre fue “muy vital, trabajadora” se vio inmersa en un proceso de autodestrucción y aislamiento de la mano de la bebida, a la que se hizo adicta de forma crónica, y de la que acabó echando mano incluso para levantarse.
Hasta que dijo basta. “Pensé, esta vida no la quiero. Quiero volver a ser quien era”, recuerda. Para entonces ya se habían roto las relaciones con sus hijos, su matrimonio y sus amistades, lamenta Carmen .
Y es que “a veces cuesta demasiado darse cuenta de que tienes un problema y hasta que no estás abajo no lo consigues”, asegura Gustavo, de 40 años.
El fue consciente de la gravedad de su situación hace tres años, “cuando antes que un cigarro, lo primero que me apetecía al levantarme era una copa”, recuerda este joven, que siempre fue “un bebedor social, hasta que el alcohol me arruinó la vida”.
El alcohol “destrozó” también la de Antonio. A todos los niveles, “hasta el punto que ya no puedes más” . Entonces buscó ayuda. “Una salida, un futuro”.
En Proyecto Hombre les “proporcionan el andamiaje”, pero son las personas quienes deciden cómo reconstruir sus vidas.







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