Los que se fueron a acoger...
Asturias
La experiencia de Jorge Coto, voluntario asturiano de Cruz Roja en el campo griego de Ritsona
20 Jun 2017. Actualizado a las 08:11 h.
Jorge Coto pasó en el campamento de refugiado de Ritsona -a algo menos de 50 kilómetros de Atenas- un mes y medio del pasado verano. Acudió como voluntario de Cruz Roja, en cuyo servicio de Empleo trabaja desde Gijón, para echar una mano en la difícil organización de una ciudad crecida al ritmo de la llegada de refugiados; hasta 45.000 personas de distintas etnias, costumbres y religiones -sirios musulmanes, sirios cristianos, kurdos, yashidíes- cuya condición común era la de expulsados por la fuerza de un mismo lugar de origen: la castigada ciudad de Alepo. Ayer quiso recordar esa experiencia para que hoy forme parte de las reflexiones que, se supone, debería provocar en un opinión pública a menudo indiferente -y, lo que es peor, a veces hostil- ante la conmemoración del Día Mundial de las Personas Refugiadas.
Ritsona está lejos de la influencia del mar, en un enclave de extremos climáticos: mucho calor en invierno y nevadas y frío en verano. Al asturiano le tocó vivir lo primero. Temperaturas de hasta 45 grados dentro de las tiendas. Y trabajando, además, en lo que en la organización local llaman «saneamiento masivo»: «Nos ocupábamos de todo lo relacionado con las excretas, las letrinas y los cadáveres, algo que en un campo de refugiados donde tienes 5 baños para 600 personas es mucho más difícil», aclara. Ese tipo de higiene tan básica como concienzuda resulta fundamental en un contexto donde cualquier negligencia en la higiene o cualquier enfermedad aislada «se convierte rápidamente foco de infección». Coto recuerda cómo un caso de hepatitis A «se convirtió en 45 en unos días».
Sin necesidad de llegar a esos extremos de alerta médica, el día a día de la asistencia sanitaria que provee Cruz Roja -medicina general, pediatría, suministro de fármacos- es de una gran intensidad: «Unas 35 o 40 personas diarias», estima Coto. Los voluntarios desarrollan además programas de apoyo psicosocial, algunos de los más necesarios dirigidos hacia las mujeres, «que son las promotoras, las que dirigen y hacen más fácil la vida» en el campo. El gobierno griego suministra, por su parte, los alimentos en formato de cátering para evitar que se cocine en el campo y evitar así el riesgo de incendios. Hay que intentar acercarse a las costumbres culinarias y las reservas de cada cultura.
«Todo esto los refugiados no llevan muy bien porque a todo el mundo le gusta cocinar su comida», admite el voluntario asturiano: una piedra más en la muralla de «enorme frustración» que ha ido creciendo en Ritsona conforme sus habitantes iban cobrando conciencia de que aquella ciudad de lona no era una estancia de paso sino un lugar en el que habría que quedarse mucho tiempo. La convivencia entre culturas y religiones, pero también entre clases sociales, derivó en «relaciones francamente complicadas que requieren de mucha mediación cultural y social». Y de la participación de los líderes de cada comunidad, crucial para una aceptable vecindad.
En esa tesitura, la supervivencia y la voluntad de adaptación van abriéndose paso y «puedes ver cómo la gente aprovecha cualquier cosa y la transforma» para fabricarse un mueble o una herramienta y hacerse la vida un poco más soportable. Lo que es igual que fuera del campo es la intimidad con los móviles. «Todo el mundo sabía antes que en los medios de comunicación lo que estaba sucediendo en Alepo, si había habido algún ataque, quién había muerto por las redes sociales».
De tanta desolación, Jorge Coto se trae también consuelo. Pensar que alguno de los chicos que corren por el campo y van a la escuela ya en él «ya no estaría vivo en Alepo», particularmente los discapacitados. La alegría de ver que se ha conseguido reunir alguna familia. La visión de los barracones -los «contenedores»- ya construidos sobre sus saneadas pistas de hormigón. El recuerdo de que, incluso en Ritsona, hay un hueco para el juego, las sonrisas, la música o el ocio, mientras se espera ante las puertas cerradas de Europa.