Del 1-O de Ferraz al 1-O del Calatrava
Asturias
Las imágenes de un relevo histórico en la FSA
Crónica de un Congreso de la FSA que deja una histórica recarga de energía de la militancia y una herida que, al cabo de un año desde el cisma de Ferraz, no acaba de cicatrizar de Asturias
02 Oct 2017. Actualizado a las 08:45 h.
Debajo de cualquiera de las aéreas curvaturas de un Calatrava todo parece siempre especialmente grácil y luminoso. También un congreso socialista Y el escenario no hubiese estado en desacuerdo con la escena de tratarse de cualquiera de los celebrados en Asturias en los últimos 17 años; justo desde que Javier Fernández entró en la secretaría general de la FSA con kilómetros de hilo de sutura. Pero ayer en el Calatrava ovetense la escena tenía algo de impropio o desajustado el aire siempre un poco vacacional y festivo de congreso-de-cualquier-otra-cosa que ofrecían los delegados a la espera del final de las votaciones, ni siquiera demasiado contrariados por el mayúsculo retraso de algo que un domingo tiene siempre que rematarse antes de la hora del vermú: nada ha sido demasiado Calatrava en este congreso, salvo quizá la inquietud ante la estabilidad de las tensiones arquitectónicas. Ni las aguas fluyeron tan mansas el sábado como las pintaba el presidente congresual, Wenceslao López, en particular cuando las corrientes se demostraron inmiscibles según avanzaba la tarde-noche, ni el resultado del 32 Congreso de la FSA-PSOE resultó tan soleado como invita a pensar cualquier cosa que acontezca bajo la luz de un Calatrava. Tristemente, la abreviatura 1-O va a pasar a la historia de este país como una fecha que provoca tensiones y deja grietas; y el 1-O de ayer en Oviedo no fue una excepción.
Puede que la noche y la madrugada, en la trastienda, viesen algún momento de fricción dura; pero se supo relativamente pronto que Adrián Barbón iba a estar rodeado de en su ejecutiva exclusivamente de adeptos de pata negra o transitivos y de última hornada. Un secretario general investido, por primera vez, con una transferencia de votos de pureza desconocida por una militancia que se demostró tan harta como ilusionada en las primarias, debe de sentirse transfundido también de cierta autoridad y prerrogativas. El discurso de Barbón es aparentemente humilde, pero acusa la tensión de ese trasvase de confianza. El nuevo secretario general no lo niega: se siente depositario general,más que ninguno de sus antecesores. De votos y de una historia del partido que invoca aún más que cualquier otro socialista, y de la que se siente muy directamente heredero. Los 32 -más el maestro-presidente de honor Pablo García, personificación de ese legado- que ayer se sentaron a su izquierda durante su toma de posesión quedan para los próximos cuatro años como los agentes emanados de esa energía que Barbón ha conseguido acumular desde el día en que se echó, megáfono en mano, a la calle en la Casa del Pueblo de Gijón proclamando que no caminaba solo.
El ambiente estaba para ello. El casi exalcalde de Laviana ha agitado sin necesidad de demasiados aspavientos -excluido el megáfono- el pararrayos de la confianza para recoger la mucha energía oscura que infectaba a una parte finalmente decisiva de la militancia; la que había contado después de aquel otro 1-O, exactamente doce meses atrás, los desconchados en el cielorraso como si un golpista les hubiese entrado lanzando disparos al aire en la Casa del Pueblo. Por eso, Adrián Barbón se pudo permitir aparecer ayer casi bonancible, dispensar un abrazo semifrío con breve palmada de «así son las cosas si así se provocan» a Javier Fernández y luego lanzarle, directo al pragmatismo ilustrado, la reivindicación utópica de un socialismo que «nunca deje de soñar». El TAC comparado anticipa las dificultades de diálogo entre dos cerebros muy diferentes dedicados a tareas muy diferentes: aglutinar la izquierda asturiana y seducir a los huidos del socialismo o gobernar un Principado en tiempos de fragmentación, respectivamente.
Pero no fue en esa bicefalia que se anticipa complicada donde más se percibió la anchura de la herida. Ni siquiera en la ceja alzada de José María Pérez constatando, casi irónica, la profecía de un rodillo, al menos por lo que respecta a la Ejecutiva, a su salida del Palacio de Congresos. Fue, en parte, en la alegría casi desafiante con que los delegados aplaudieron en algunos momentos de la proclamación de esa misma comisión mientras iba llenando la mesa de los elegidos. Pero fue sobre todo en la intervención de Adriana Lastra -vestida de oscuro, áspera en la gesticulación, contenida en su agresividad- frente por frente con Javier Fernández y los miembros de la ejecutiva saliente, en primera fila y sin embargo tan lejos.
Investida de los galones de una vicesecretaría ganada a fuerza de lealtad con quien iba para desterrado, Lastra echó cuentas preguntándose por la crisis de la socialdemocracia y por sus responsables. Y respondiendo de inmediato que son aquellos «que dejaron de parecerse al Partido Socialista», que «pactaron con la derecha»; aquellos que «hicieron muchas cosas que hicimos». Un descoyuntamiento gramatical en las personas del verbo con el que Lastra se las apañó sin embargo para dejar muy claro que esa segunda persona del plural correspondía a otros dirigentes socialistas.
El diablo está, al fin y al cabo, en los detalles. En esos y en otros. En la atención un poco displicente hacia los oradores, en la intensidad o ausencia del aplauso, en la distracción mientras se lanzaban los discursos. En las miradas indisimuladamente distantes, casi como si se mirase casi desde otro partido. En los puños alzados o los puños en posición de descanso durante el cántico de clausura de La Internacional. Señales de un 1-O interno que, desde luego, nada tiene que ver con la fractura y el drama de Cataluña, pero que sí tiene que ver con el año transcurrido desde 2016. A la vista de los muchos 1-O que pueden ir viniendo y de que la historia va reclamando a la izquierda la urgente salida a escena, más vale que el del PSOE asturiano sea de los que cicatrizan. Puede que también de piel afuera.