Carta abierta de una avilesina tras la muerte de su padre: «Le taparon con una sábana y ya no volví a verlo vivo ni muerto tampoco»
Asturias
Ana Isabel Fraga Sánchez denuncia el trato que recibió su nonagenario padre horas antes de morir por parte de los servicios sanitarios
29 Jan 2022. Actualizado a las 09:39 h.
«Los protocolos sanitarios están por encima de la humanidad», así de contundente se muestra Ana Isabel Fraga Sánchez, quien denuncia el trato que recibió su nonagenario padre horas antes de morir debido a un fallo multiorgánico. La avilesina señala que desde la llegada de los servicios sanitarios hasta la corta estancia en el Hospital San Agustín el proceder no fue el correcto. «Ni siquiera nos ayudaron en casa y solo dejaron entrar a la habitación a mi madre de 87 años para despedirse de él», lamenta. El progenitor llevaba años «arrastrando insuficiencias de todo tipo» pero hacía seis días que le habían diagnosticado covid.
Ante «el horror de la situación», Ana Isabel Fraga Sánchez escribe una carta para «reflexionar sobre qué pasa con la humanidad»:
«Hoy quiero denunciar. Denunciar la falta de un imprescindible: la humanidad.
Antes de ayer, mi padre de 90 años se puso muy enfermo. Mucho. Llamamos a la ambulancia, y después de bastante más tiempo del que una persona angustiada al ver a su padre tan mal puede soportar, vino un técnico, uno solo, que al ver lo difícil que era mover a mi padre pidió a otro compañero que viniese, y al que de nuevo tuvimos que esperar más tiempo.
Tan solo mi madre, de 87 años y yo estábamos con él. No teníamos a nadie más y no podíamos vestirle del todo solas porque éramos incapaces de levantarle entre los dos para algo tan sencillo como subirle el pantalón, así que mi madre le dijo al técnico que nos echase una mano.
La respuesta del técnico fue entrar en la habitación donde estábamos y darme su teléfono para que hablase con alguien. Yo le miré sorprendida. Parece que las medidas higiénicas pasaron a un segundo plano. Lo cogí. Creí que quizás alguien quería saber los síntomas de mi padre… Pero entonces, me topé con la siguiente sorpresa: una mujer, muy aséptica y seria me dijo que el técnico no estaba obligado a ayudarnos a vestirle. Esa no era su función.
Le devolví el teléfono asqueada sin querer escuchar nada más. Yo solo podía llorar de desesperación. «Tendrán que ayudarles familiares», nos dijo.No teníamos a nadie, salvo una amiga de mi madre a la que tuvimos que llamar y que vino todo lo deprisa que pudo desde su casa, en otro edificio. Incluso entre las tres tuvimos grandes problemas para lograrlo, pero finalmente lo hicimos.
Esto nos llevó tiempo, tiempo que a mi padre le faltaba. Yo le pedía disculpas todo el rato por si le estábamos haciendo daño. Y lloraba. Mientras, el técnico esperaba en otra parte de la casa a su compañero.
Ay, los protocolos. Ay, la higiene exigida que según en qué casos se cumple y según en qué otros no. Parece que a conveniencia propia. Ay, la falta de humanidad. Solo tenía que ayudarnos a levantarle un momento. Solo eso.
Pero la escena dantesca vino después, cuando entre ambos compañeros lo sacaron de la habitación y lo dejaron en el suelo para poder subirlo a la silla. Mi madre lloraba de pura desesperación. Y cuando al final lo bajaron al portal y lo subieron a la camilla, les pedimos por tres veces que le tapasen con una manta para salir a la calle. Estaba helando. ¡Helando! Y por tres veces nos dijeron que ya cuando estuviese dentro de la ambulancia.
¿Por qué? Por motivos prácticos. Algo de que tenían que ponerle el oxígeno. No he llegado a entender qué tenía que ver con taparle. Después en la ambulancia, pero no inmediatamente, le taparon con una sábana. Sí, una sábana. Y ya no volví a ver a mi padre vivo. Ni muerto tampoco, porque no nos dejaron.
Me pregunto en qué momento los protocolos -que se cumplen a veces sí y a veces no, como lo de pasarme su móvil sin más, o lo de subir a la casa hasta tres veces antes de que llegase el compañero sin EPI (luego subieron los dos vestidos de arriba a abajo con su bata, su pantalla y todo lo demás)- ha sustituido a la humanidad.
Me pregunto si hubiesen actuado del mismo modo con su padre, o con alguien querido. Me pregunto si la humanidad está tocando fondo. Señores, mi padre no era un pedazo de carne. Era un hombre. Un ser humano. Que necesitaba ser arropado para no pasar frío, por muy práctico que fuese no taparle. Que necesitaba una pequeña ayuda para que su mujer y su hija pudiesen acabar de vestirle. Que necesitaba ser tenido en cuenta como un ser humano.
Cada día, un poco más, los valores y la dirección de la sociedad me decepcionan. Y el dolor que nos ha quedado pasará a ser cicatriz. Una cicatriz que podría haberme ahorrado si los protocolos se obviasen para ser más humanos, y no para evitar un gesto de ayuda. Porque, señores, los protocolos no se cumplen en muchas ocasiones. Lo vemos cada día.
Ahí queda mi queja, que es lo único que me queda para sacarme un poquito esta espina de dolor».