Asturias, la excepción verde en una España cada vez más desertificada
Asturias
El Principado se mantiene entre las regiones menos afectadas mientras el 40% del país muestra signos de degradación y consumo insostenible del agua
04 Dec 2025. Actualizado a las 05:00 h.
Los nostálgicos hablan de un tiempo en el que una ardilla podía cruzar la Península Ibérica de Norte a Sur sin tocar el suelo. Aunque nunca sabremos si esa afirmación es cierta del todo o una simple leyenda, lo que queda fuera de toda duda es que, con el paso de los años, la Península ha ido perdiendo masa forestal de forma recurrente hasta el punto de dejar sin apenas vegetación muchos de los parajes que antes gozaban del verde de la naturaleza.
Este panorama se ve bien reflejado en el Atlas de la Desertificación de España, elaborado por especialistas de la Universidad de Alicante y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. El documento confirma que más del 40% del territorio nacional sufre procesos de degradación que ponen en riesgo la fertilidad del suelo, la producción agrícola y el equilibrio ecológico.
Hay, no obstante, excepciones a esta tendencia, y Asturias aparece como una de ellas. El Principado se sitúa entre las comunidades menos afectadas por la desertificación, con niveles muy bajos tanto en zonas áridas como en degradación global. Junto a Galicia, Cantabria y el País Vasco, forma el núcleo de la región eurosiberiana, un territorio húmedo y templado donde el suelo mantiene, por ahora, una buena estabilidad ecológica.
Esto contrasta con las zonas mediterráneas, que registran cifras cada vez más inquietantes. A la cabeza está Murcia, con un 91% de superficie desertificada en zonas áridas; Albacete y Almería llegan al 84%; Las Palmas, al 81%, y Valladolid y Alicante rozan el 80%. La causa principal de este avance que parece no tener freno es la combinación de una aridez estructural del terreno y la presión humana sobre los recursos naturales, especialmente el agua.
La novedad del atlas es, precisamente, que incorpora el estado de los acuíferos como indicador clave de la degradación del territorio. Esto permite detectar zonas donde el suelo parece estable pero el agua subterránea está en retroceso. Con este enfoque, las provincias que tienen más cultivos de regadío se convierten en las más afectadas, porque la agricultura intensiva consume la mayor parte del agua dulce disponible. Además, el abandono de las zonas rurales hace que se concentre la población en áreas urbanas situadas en territorios áridos y aumenta la presión sobre los recursos.
Asturias presenta, por el momento, un panorama bien distinto. La red hidrológica es abundante, la presión urbanística es baja en comparación con otras comunidades y no existe un uso agrícola intensivo que agote los acuíferos. El atlas presenta a Asturias en la en la parte baja del ranking, con niveles muy reducidos de degradación y sin apenas climas semiáridos. El clima del Norte actúa como un amortiguador natural de la tendencia a la desertificación. La vegetación caducifolia, los suelos profundos y una mancha forestal suficientemente preservada contribuyen a estabilizar el territorio y a evitar la erosión.
Aunque Asturias está en una franja climática más húmeda que el resto de España y con ecosistemas mejor adaptados, los expertos señalan que la frontera entre la región húmeda y la seca podría desplazarse ligeramente hacia el norte en las próximas décadas a causa del cambio climático. Castilla y León y parte de Aragón ya se encuentran en esa zona de transición donde el riesgo de que aparezcan tierras áridas aumenta. Aunque Asturias sigue alejada de ese frente, la distancia disminuye cada década y podría implicar cambios en un futuro no muy lejano.
Además, el atlas subraya que la desertificación no depende únicamente de la aridez del clima. También puede producirse en territorios húmedos cuando se altera el equilibrio ecológico o desaparecen prácticas tradicionales que mantenían el suelo en buen estado. En este sentido, los principales riesgos en la región son el abandono del medio rural y una gestión forestal insuficiente. Uno de los grandes problemas del abandono del medio rural es, paradójicamente, el aumento de la vegetación. Si ésta se hace muy densa, aumenta con ella la probabilidad de que los incendios forestales sean mucho más voraces y se extiendan a territorios cada vez más extensos. Y los incendios pueden causar erosiones severas, especialmente cuando las pendientes son muy pronunciadas. Por tanto, la inactividad en ningún caso es beneficiosa, y puede ser tan perjudicial como la sobreexplotación.
La situación, en suma, es buena para Asturias, pero no exenta de riesgos. Por una parte está la necesidad de que el Principado gestione adecuadamente los recursos para evitar los problemas y, por otra, el contexto de cambio climático que hace pensar que la región no se librará totalmente de su impacto. Los investigadores proponen, en todo el territorio español, una visión integrada de la gestión del agua, del suelo y de los bosques, con acciones como reutilizar el 100% de las aguas residuales, racionalizar la construcción en zonas áridas y reorganizar el regadío para adaptarlo a un escenario climático más seco. Aunque la región parte con ventaja, es importante tener en cuenta todas estas cuestiones para evitar que, en el futuro, Asturias deje de ser el paraíso natural del que hoy presume.