La Voz de Asturias

La salud mental se resiente en la gran ciudad: las cifras de trastornos mentales duplican a las de la zona rural y las ciudades medianas

Asturias

Manuel Noval Moro Redacción
Vistas de Oviedo desde el Naranco

La psicóloga Angélica Rodríguez cree que las localidades asturianas son lo suficientemente pequeñas como para amortiguar los problemas: «Yo tengo clarísimo que el tamaño salva»

22 Jan 2026. Actualizado a las 05:00 h.

El lugar de residencia parece ser un factor relevante para la salud mental. Esa es la conclusión de un estudio elaborado por el Foro NESI, que señala que, en las grandes ciudades españolas, un 13% de la población tiene un diagnóstico médico de trastorno mental, mientras que esa proporción se reduce aproximadamente a la mitad en las ciudades medianas y pequeñas y en los pueblos. 

La investigación se apoya en la Encuesta sobre Integración y Necesidades Sociales (EINSFOESSA 2024), que ha entrevistado de forma presencial a más de doce mil hogares, sumando decenas de miles de personas, distribuidos por toda España. En ella se constata, curiosamente, que entre el 78% y el 80% de la población, tanto en grandes ciudades como en localidades pequeñas y entornos rurales, dice gozar de buena o muy buena salud física. Es la salud mental lo que realmente diferencia a unos espacios de otros. 

Asimismo, la percepción de la salud mental del entorno familiar varía mucho también de las ciudades grandes al resto de localidades. En Madrid y Barcelona, alrededor de una de cada seis personas considera que la salud mental de su familia es mala o regular, frente a algo menos de una de cada diez en municipios pequeños y zonas rurales. 

El informe señala un conjunto de factores que podrían contribuir a esta correlación entre el tamaño de las ciudades y el deterioro de la salud mental. El primero es el estrés laboral y la precariedad económica, que se hace mucho más patente en las grandes ciudades. Después está la dificultad creciente para conciliar trabajo y vida familiar. En las grandes urbes, el empleo se organiza muchas veces en torno a horarios poco compatibles con la vida en el hogar, con jornadas prolongadas, turnos partidos, horas extraordinarias y exigencias de disponibilidad continua, lo que hace que la calidad del tiempo compartido con la familia se resienta. 

Un tercer factor estrechamente ligado a los anteriores son los tiempos de desplazamiento. En las áreas metropolitanas es mucho más frecuente vivir lejos del lugar de trabajo, y el problema se acentúa con una gran densidad de tráfico que hace que los viajes duren más y sean mas estresantes. También se achaca el deterioro de la salud mental a las dificultades crecientes del acceso a la vivienda, que hace que muchas personas no estén en las mejores condiciones de habitabilidad. 

Y uno de los factores que más se destacan es el deterioro de las redes de apoyo próximo, así como el modelo de convivencia. En este sentido, el profesor titular del área de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico de la Universidad de Oviedo, José Manuel Errasti, señala que «la ciudad tiene unas características peculiares muy diferentes de la aldea tradicional o el pueblo, porque se vive entre desconocidos; en los pueblos sabes que estás siendo reconocido por las personas que te encuentras, y la identidad te viene dada. En la ciudad, tienes que construirte una identidad, mostrarte, planear, elegir cómo te presentas». Entonces, «la ciudad se convierte en un sitio donde uno puede estar solo, y de hecho, en Estocolmo o en París, más de la mitad de los hogares están formados por personas que viven solas, que duermen solas y que salen a la calle a reunirse con desconocidos. Esto no ocurre en el pueblo tradicional». 

Son estilos de vivir muy diferentes, según Errasti. «La ciudad es escenario de ansiedad y depresión porque vives para ti; en el pueblo estás dentro de un grupo y no tienes ocasión de vivir una soledad tan densa, tan existencial; en el pueblo, si te quieres aislar tienes que hacer un esfuerzo, porque el pueblo te integra automáticamente; en la ciudad ocurre al revés, tienes que esforzarte para integrarte; de cara al bienestar psicológico, el pueblo es mucho mejor que la ciudad, porque los demás hacemos la función de que los otros no enloquezcan: devolvemos a la realidad a los demás. Los pueblos tienen sus cosas malas también, pero en este sentido son mejores que las ciudades». 

El caso de Asturias 

Errasti considera que los habitantes de las ciudades asturianas, aunque son mucho más pequeñas que Madrid y Barcelona, no se libran del todo de esta influencia negativa sobre la salud mental. «Cuanto mayor es la ciudad, peor, pero también es cierto que llegado un determinado tamaño da igual crecer más o menos, porque ya superas el tamaño de vivir entre desconocidos. Vive igual entre desconocidos alguien de Madrid que alguien de Oviedo; en estas ciudades también se planea más la presentación social que en el pueblo tradicional». 

Por su parte, Angélica Rodríguez, coordinadora de la Comisión de Psicología de la Salud del Colegio Oficial de la Psicología del Principado de Asturias (COPPA), está de acuerdo en que la ciudad implica más riesgo para la salud mental, pero cree que el matiz de la extensión es fundamental, por otros factores distintos al de vivir o no entre desconocidos. «Yo tengo clarísimo que el tamaño salva». Este tamaño suaviza mucho los estresores de las grandes ciudades. «Oviedo, por ejemplo, es una ciudad pequeña, puedes ir andando a muchas partes, es más fácil de recorrer». Un buen ejemplo son los atascos. Aunque en determinados momentos puede haber algunas retenciones en Oviedo, no se pueden comparar con los grandes atascos y la densidad e intensidad del tráfico de Madrid, que hace la vida, en ese sentido, más complicada. 

Según la psicóloga, está fuera de toda duda que, a más densidad de población hay más índices de estrés. Porque no son solo las circunstancias en que está cada persona sino también el contagio emocional. «Cuanta más tensión hay en el ambiente, más estrés te genera», explica. Si, como asegura Errasti, «es el lugar de la prisa», para la psicóloga esa prisa acaba siendo contagiosa. 

Angélica Rodríguez menciona un estudio de la Universidad de Chicago que demuestra que los habitantes de las ciudades tienen más activación de la amígdala, una de las zonas del cerebro más relacionadas con las emociones, lo que implica que «para cualquier situación de estrés que en un pueblo no sería nada, en la ciudad se magnifica, y puede desarrollar una sintomatología». Si bien aclara que «el síntoma no es el trastorno», y uno de los problemas con los que también nos encontramos es «la tendencia a psicopatologizar las emociones». Muchas veces, no hay tal patología. Solo cuando no aprendemos a regularlas es cuando puede llegar el trastorno. En este sentido, Errasti considera que hay «una cierta obsesión por la salud mental», sobre todo entre la gente más joven, que se toma por posibles patologías «cosas inespecíficas que en otra época se asumirían como que la vida es así». Con todo, los estudios demuestran que el riesgo de desarrollar depresión en ciudades un 20% mayor que en el campo. Y el riesgo de presentar ansiedad, un 21% superior. 

Ambos expertos coinciden en la importancia de las redes de apoyo para hacer frente a los problemas de salud mental. José Manuel Errasti subraya que «la vida sin los demás es ansiedad y depresión; los que nos salvan son los demás, las redes sociales de verdad, conocer a los otros y que nos conozcan, relaciones que se practiquen de forma natural y relajada». Y Angélica Rodríguez sostiene que «compartir lo que nos pasa es un amortiguador, un calmante. Nos sentimos apoyados, entendidos y nos ayudan a normalizarlo; por ejemplo, si tengo niveles de angustia altos por la nota de un examen y tengo a una persona que me ayuda a entender que es normal la sintomatología y también a distraerme de este foco de angustia, me voy a agobiar menos, no voy a tener pensamientos en bucle ni me desarrollará sintomatología ansiosa». Estas redes de apoyo son menos habituales en la cuidad, donde hay más propensión al individualismo y la soledad. «Si vivo en la ciudad, es posible que tenga gente en la que apoyarme pero que no esté, que no la tenga cerca, y eso puede suponer un problema».


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