La Voz de Asturias

Los hórreos asturianos, Patrimonio Cultural Inmaterial: «Son lo más famoso que tenemos, junto a la Santina y la bandera»

Asturias

Sergio M. Solís REDACCIÓN
Un hórreo tradicional asturiano, en Gijón, en una imagen de archivo

El presidente de la Asociación del Hórreo Asturiano celebra el reconocimiento y defiende nuevos usos para estos espacios «como oficinas o habitaciones auxiliares»: «Pocas veces hubo tantas ganas de restaurarlos como ahora»

08 Apr 2026. Actualizado a las 05:00 h.

El reconocimiento oficial ha llegado tras más de dos décadas de trabajo silencioso. El Consejo de Ministros ha aprobado el Real Decreto que declara los hórreos del norte peninsular como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial, una decisión que sitúa a estas construcciones tradicionales en el mapa cultural con una nueva dimensión, la de símbolo de identidad colectiva. En Asturias, donde el hórreo forma parte inseparable del paisaje y de la memoria social, la noticia se ha recibido como un hito largamente esperado.

«Empezamos con esto ya en el año 2001, así que hay mucho tiempo de trabajo por detrás que no se ve», señala Víctor Manuel Suárez, presidente de la Asociación del Hórreo Asturiano. Para el colectivo, la declaración supone un reconocimiento «nacional e internacional» que abre la puerta a metas mayores. «Es un paso previo necesario para presentar una candidatura a la UNESCO», explica.

El alcance de la declaración trasciende lo puramente arquitectónico. El Gobierno pone el acento en los valores simbólicos, sociales y culturales asociados a los hórreos, presentes en comunidades como Asturias, Galicia, Cantabria o León. Se trata de proteger no solo el objeto físico, sino todo un sistema de conocimientos, prácticas y formas de vida transmitidas durante generaciones.

En Asturias, esa dimensión inmaterial se entiende como parte esencial del territorio. «Asturias está hecha de valles, cada uno con su explotación agrícola y ganadera, y cada hórreo se adapta a su valle», describe Suárez. En esa adaptación reside buena parte de su valor, siendo estas construcciones un reflejo directo de la economía, la climatología y la organización social tradicional.

Una representación junto a un hórreo asturiano en el desfile de ValdesotoA. Cabeza

Pero hay también una dimensión simbólica que trasciende lo funcional y conecta con la identidad colectiva. «Son lo más famoso que tenemos, junto a la Santina y la bandera», resume Suárez, situando al hórreo en el mismo nivel que los grandes iconos reconocibles de Asturias fuera de sus fronteras.

Sin embargo, el presidente de la asociación insiste en romper con una visión puramente nostálgica. «El hórreo no es pasado, es futuro», afirma con rotundidad. En su opinión, el reconocimiento puede ser el impulso definitivo para reactivar el medio rural asturiano, un espacio que durante décadas ha sufrido despoblación y abandono. «Antes se decía “estudia y vete”, y ahora tenemos pueblos preciosos prácticamente vacíos», lamenta.

Frente a ese escenario, defiende que el entorno rural ofrece oportunidades reales de desarrollo. «Hay un nicho de empleo enorme», subraya, apuntando tanto a la rehabilitación del patrimonio como a nuevas actividades vinculadas al territorio. De hecho, recalca que la demanda de trabajo ya existe, especialmente en la restauración de hórreos y paneras, cuyo número en Asturias se estima entre 25.000 y 30.000.

El problema, sin embargo, no es la falta de interés, sino la escasez de profesionales cualificados. «Tenemos un problema mayor, y es que no hay maestros horreros suficientes», advierte. Actualmente, estos especialistas acumulan cargas de trabajo de hasta dos años. «Es como prepararte para subir el Angliru y no tener bici», ejemplifica gráficamente.

La falta de relevo generacional en el oficio se ha convertido en uno de los principales desafíos para la conservación del patrimonio. Desde la asociación llevan años intentando impulsar soluciones, como la creación de una escuela específica o la incorporación de esta especialidad a la Formación Profesional. «No es tocar un botón y sacar maestros de la nada», reconoce Suárez, quien insiste en la necesidad de apostar por la formación para garantizar el futuro del sector.

A pesar de estas dificultades, el interés por conservar los hórreos ha crecido en los últimos años. «Pocas veces hubo tantas ganas de restaurar como ahora», asegura. En esa línea, iniciativas como el «Proyecto Ayalga» buscan dar salida a estructuras que sus propietarios no pueden mantener, facilitando su cesión a nuevos interesados. El proceso, no obstante, puede alargarse debido a la burocracia, especialmente si el traslado implica un cambio de municipio.

Más allá de la restauración, el debate sobre los usos del hórreo también cobra fuerza. Tradicionalmente vinculado a la vivienda como espacio de almacenamiento, hoy se exploran nuevas funciones compatibles con su estructura, «como oficinas, habitaciones auxiliares o espacios culturales». «Puede ser un anexo a la vivienda, pero no una vivienda independiente», aclara Suárez, quien advierte de los riesgos de desvirtuar su esencia.

En este punto, introduce una reflexión sobre el equilibrio entre conservación y desarrollo. Permitir ciertos usos sin control podría provocar, a su juicio, la descontextualización del hórreo. «Si se permitiese convertirlos en viviendas independientes, los del centro de Asturias acabarían en primera línea de playa», advierte.

Panera municipal en BueñoAyuntamiento de Ribera de Arriba

El valor del hórreo, insiste, no reside únicamente en su estructura, sino en el contexto cultural que lo rodea. Bajo ellos se celebraban bailes, se compartía la vida cotidiana y, en muchos casos, se iniciaban historias familiares. «Muchos asturianos nacieron en el hórreo porque era la zona más higiénica de la casa», recuerda. Esa carga simbólica sigue viva, como demuestra la respuesta social a iniciativas impulsadas desde la asociación. «Cuando recogimos firmas, esperábamos 200 o 300, y llegaron más de 6.000, incluso desde países como Argentina o Nueva Zelanda», relata.

El reconocimiento como Patrimonio Cultural Inmaterial llega, por tanto, en un momento clave. El propio Gobierno advierte de riesgos como la pérdida de los contextos culturales, la desconexión intergeneracional o la homogeneización de estos elementos. Las medidas de salvaguarda buscan precisamente evitar esa deriva, incorporando la dimensión inmaterial a las políticas de conservación.

Para Asturias, el desafío es convertir este respaldo institucional en una oportunidad real. Tanto para preservar su legado como para reactivar un modelo de vida ligado al territorio. «La vida no es solo dinero, es calidad», defiende Suárez, quien reivindica el valor de los pueblos como espacios de futuro: «Vivir tranquilo, ver las estrellas, trabajar tu tierra… hay gente que paga por eso».


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