La Voz de Asturias

María Ángeles Espinosa, presidenta de UNICEF España: «Uno de cada tres niños en España vive en riesgo de pobreza. Es una situación intolerable»

Asturias

Manuel Noval Moro Redacción
María Ángeles Espinosa, presidenta de Unicef España

«No podemos demonizar ni culpar a las redes sociales de todos los males; es el mal uso el que provoca la pérdida de hábitos saludables, fatiga mental, presión por la imagen y riesgos como el ciberacoso o los contenidos inadecuados»

14 Apr 2026. Actualizado a las 05:00 h.

María Ángeles Espinosa (Madrid, 1965) preside UNICEF España desde el pasado mes de febrero tras una larga trayectoria en la organización, a la que ha estado vinculada durante casi dos décadas. Psicóloga, doctora y profesora de Psicología Evolutiva y de la Educación en la Universiadad Autónoma de Madrid, su gran preocupación es seguir avanzando en la conquista de los derechos de la infancia y acercar la institución a la gente en toda España.

Usted ha dicho que la situación actual de la infancia es una de las más críticas que se recuerdan ¿Qué está viendo para hacer un diagnóstico tan grave?

—Vemos como de un tiempo a esta parte se han agravado los conflictos armados, se han intensificado las catástrofes naturales, se han producido serios recortes en la financiación de la cooperación internacional, en pocos años hemos vivido la pandemia del COVID y sus consecuencias, y una grave crisis energética. Este desolador panorama no favorece precisamente los avances en la protección de la infancia. El contexto efectivamente no es fácil. Desde hace ya algunos años vemos como, por desgracia, los avances que se mantenían constantes desde hace décadas en lo que a derechos de la infancia se refiere, se están viendo frenados y en algunos casos incluso se revierte la situación y se retrocede. Por poner solo un dramático ejemplo: la reducción de muertes de menores de cinco años por causas evitables, que se venía produciendo en las últimas décadas, se ha estancado. No debería morir ningún niño por enfermedades que sabemos cómo prevenir.

¿Cuál es hoy, a su juicio, la principal amenaza para la infancia en el ámbito global?

—Sin duda, lo más terrible es que un niño, una niña, muera de hambre cuando la humanidad es capaz de enviar una nave a la luna en un viaje alucinante o gastar miles de millones de dólares en guerras. La inseguridad alimentaria y la desnutrición infantil han aumentado en los últimos seis años. La combinación de conflictos armados, desplazamientos forzados, cambio climático, pobreza, desigualdad y debilidad de los sistemas alimentarios y sanitarios hace que la malnutrición sea una amenaza sistémica, no solo humanitaria, sino también de desarrollo global. Las consecuencias de la desnutrición infantil comprometen la supervivencia inmediata de millones de niños y niñas y limita de manera irreversible su futuro.

Ha señalado la pobreza infantil como una prioridad y ha advertido de que España no puede seguir siendo el «farolillo» de la UE en esta materia ¿Qué medidas concretas debería adoptar el Gobierno para dejar de ocupar esa posición?

—Uno de cada tres niños en España vive en riesgo de pobreza. Es una situación intolerable. Además, es algo estructural que se viene arrastrando desde hace décadas. En los últimos años se han debatido y finalmente puesto en marcha políticas públicas sin precedentes en la historia reciente española para abordar esta situación. Pero los datos nos dicen que hay que intensificar esas políticas y apostar por herramientas como la transferencia de rentas que la experiencia nos dice que es la manera más efectiva de reducir la pobreza infantil. UNICEF España defiende la prestación universal por crianza progresiva de 100 euros mensuales por hijo que supondría, a medio plazo, una reducción significativa de la pobreza infantil de al menos un 11,2 %. El coste es alto, 9.052 millones de euros, pero no actuar contra esta situación implica un gasto mucho mayor; según el informe «El coste de la pobreza infantil en España» se estima que el coste de la pobreza implica hasta el 5,1 % del PIB, lo que equivale a 63.000 millones de euros anuales. Pero no olvidemos que la complejidad multidimensional de la pobreza infantil va más allá de las intervenciones puramente monetarias. La erradicación sostenible de la pobreza infantil requiere de un ecosistema de políticas que aborde tanto las carencias materiales y sociales como las barreras estructurales en educación, vivienda, salud y, especialmente, el mercado laboral (un mercado laboral que, en un momento de expansión, no está siendo capaz de reducir la pobreza infantil). Solo mediante esta aproximación sistémica es posible generar transformaciones duraderas que garanticen igualdad de oportunidades para toda la infancia.

Cuando hablamos de pobreza infantil, ¿qué realidades concretas suelen quedar ocultas detrás de esa expresión?

—La pobreza no solo compromete el bienestar inmediato de millones de niños y niñas, sino que perpetúa ciclos intergeneracionales de precariedad y desigualdad, limitando las perspectivas educativas, laborales y vitales. La carencia de recursos económicos y materiales suficientes para su desarrollo y bienestar tanto físico como mental conlleva implicaciones inmediatas en la calidad de vida de los niños y niñas, y efectos en su salud física y mental, educación y oportunidades futuras. La pobreza en España supone que esos niños no pueden consumir carne, pollo o pescado una vez cada dos días; no pueden mantener la vivienda a una temperatura adecuada; no pueden irse de vacaciones ni acudir a actividades extraescolares; tienen un mayor riesgo de padecer enfermedades crónicas; tienen un menor rendimiento académico, mayor tasa de abandono escolar y menor acceso a oportunidades de educación superior; puede tener efectos devastadores en la autoestima, la autoconfianza y las relaciones interpersonales; y pueden generar sentimientos de vergüenza, ansiedad y depresión.

Otro problema creciente es la salud mental infantil y adolescente ¿Qué le preocupa más en este ámbito?

—Es, sin duda, una de las prioridades de UNICEF. Según los últimos datos 4 de cada 10 adolescentes manifiesta haber tenido un problema de salud mental en los últimos 12 meses y uno de cada tres no había hablado con nadie sobre ello. Es un desafío que exige la acción conjunta de diversos actores para impulsar soluciones concretas y lograr cambios reales. Queremos que, a través de la acción y movilización de todos, los problemas de salud mental de los niños, niñas y adolescentes se puedan prevenir, detectar precozmente y tratar de manera adecuada. En ese sentido, el año pasado lanzamos la alianza «NTP: Coméntalo», un movimiento que pretende transformar la realidad de la salud mental de los niños, niñas y adolescentes en nuestro país y, a nivel global, conseguir que toda la sociedad se involucre y actúe. NTP son las siglas de No Te Preocupes, expresión cotidiana entre los jóvenes para apoyar, calmar o simplemente decir que «todo va a estar bien». Con esta alianza queremos reducir en un 10 % para 2028 el porcentaje de niños, niñas y adolescentes en riesgo de padecer algún problema de salud mental en España. A este movimiento social ya se han unido administraciones públicas, sector privado, profesionales de la salud, divulgadores, entidades sociales, personajes públicos, medios de comunicación y los propios adolescentes y jóvenes.

¿Como psicóloga, coincide con la opinión de algunos de sus colegas de que se están patologizando en exceso los problemas?

—En realidad, lo que ha aumentado de manera muy significativa en los últimos años son los malestares psicológicos de niños, niñas y adolescentes, situaciones que si no se detectan a tiempo y sobre las que no se actúan de manera adecuada pueden acabar convirtiéndose en patologías más graves que afecten de manera más limitante sus vidas. No podemos olvidar que la adolescencia es una etapa de cambios, tanto físicos como psicológicos y emocionales, y que en la actualidad nuestros niños, niñas y adolescentes están sometidos a muchas presiones, procedentes de los diferentes contextos en los que se produce su desarrollo. Por ello, es fundamental que dispongan de un entorno protector que responda de manera adecuada a sus necesidades y que les escuche y les ayude a buscar soluciones a esos malestares psicológicos que se pueden producir por diferentes razones.

Mucha gente echa la culpa a las redes sociales, ¿estamos simplificando demasiado?

—Sin duda, el mal uso de las redes sociales está fuertemente ligado a problemas de salud mental como la ansiedad, la depresión, la baja autoestima, trastornos del sueño y soledad, especialmente en jóvenes. Pero no podemos demonizar ni culpar a las redes de todos los males que afectan a nuestros niños, niñas y adolescentes. La digitalización representa una oportunidad extraordinaria para la infancia: facilita la inclusión, estimula la creatividad y fortalece vínculos sociales y familiares. Pero una exposición temprana y sin acompañamiento conlleva riesgos que deben abordarse como un problema de salud pública. Es el mal uso de la tecnología el que provoca la pérdida de hábitos saludables, fatiga mental, presión por la imagen, además de exponer a riesgos como el ciberacoso o los contenidos inadecuados.

En cualquier caso, lo cierto es que hemos normalizado la presencia de menores en internet a edades cada vez más tempranas ¿Estamos a tiempo de protegerlos en este ámbito?

—Sí, estamos a tiempo. Hace unos meses publicamos con la voz de casi 100.000 niños, niñas y adolescentes de toda España, el estudio «Infancia, adolescencia y bienestar digital. Una aproximación desde la salud, la convivencia y la responsabilidad social». Se trata de la investigación de mayor alcance a nivel mundial sobre el impacto de la tecnología en la infancia y la adolescencia, y trae propuestas concretas para impulsar la seguridad y el bienestar digital. En comparación con el publicado cuatro años antes se observan avances en el uso responsable de internet por parte de los niños y niñas.

¿Dónde ve hoy la mayor responsabilidad, en las plataformas, en la regulación pública, en la escuela o en las familias?

—La responsabilidad es compartida. Nos enfrentamos a una tendencia imparable. Las redes, las tecnologías digitales y la IA están aquí para quedarse y circulan a gran velocidad. Las familias necesitan contar con las herramientas y el apoyo necesario para poder ejercer la labor educativa y de acompañamiento necesarios en esta era digital. El sistema educativo es clave en la transformación hacia una educación crítica y en el aprendizaje de las herramientas y pautas necesarias para manejarse en Internet. Las instituciones deben generar las medidas y mecanismos de protección educación y promoción de los derechos de niñas, niños y adolescentes necesarios en el entorno digital; y concretar medidas que se traduzcan en acciones y en planes de actuación es clave. La industria tecnológica tiene un rol fundamental para garantizar la protección de los adolescentes a través de los servicios, contenidos, permisos y contratos, de forma que promuevan su bienestar digital. Si los niños y niñas están adecuadamente informados y cuentan con las herramientas necesarias para actuar tendrán mayores posibilidades de comprender los riesgos, detectar situaciones de abuso y buscar ayuda cuando la necesiten.

Si hay una población vulnerable son los menores migrantes. ¿Estamos tratando bien a los que llegan a España?

—Los esfuerzos están siendo considerables, pero todos tenemos una deuda pendiente con estos miles de niños y niñas que llegan solos a nuestras fronteras huyendo de la pobreza extrema y la violencia. Llegan aquí buscando la protección y las oportunidades que no encontraron en sus países de origen. Las disputas políticas deben quedar fuera de una situación que es sin duda compleja, pero en la que siempre debe primar el interés superior del niño como consideración primordial en todas las intervenciones y procesos relacionados con el control de fronteras y, en su caso, el retorno de los niños. Los derechos de los niños migrantes son exactamente los mismos que los de cualquier otro niño en España.

En el plano internacional, ¿qué consecuencias concretas pueden tener los recortes en cooperación y ayuda humanitaria sobre la infancia en los próximos años?

—Es una situación que daña gravemente el desarrollo de los programas de UNICEF en todo el mundo y frena la acción humanitaria justo cuando más se necesita. La actual crisis de la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) no es sólo una crisis de financiación, que también, sino una crisis de principios y valores a nivel global. Debido a la suspensión de los programas humanitarios por los recortes hay niños y niñas que mueren a diario por falta de alimento, por carecer de agua potable, por no tener una vacuna o medicinas. La AOD, que ejecutan los gobiernos, ha sido desde mediados del siglo pasado un ejemplo de éxito y logros que ha salvado millones de vidas e impulsado la salud, la protección y la educación de cientos de millones de niños y niñas. Por poner solo un ejemplo, como consecuencia de los recortes en 2025 podrían registrarse 4,5 millones de muertes adicionales de niños y niñas menores de cinco años en todo el mundo para 2030.

Usted ha dicho que quiere «poner a UNICEF en la calle». ¿Qué significa eso exactamente?

—Sabemos que somos una organización mundialmente conocida. Somos la primera en protección a la infancia en todo el mundo. Estamos en todos los rincones del planeta. Pero en ocasiones se nos identifica como un organismo algo distante. Queremos acercarnos más a la gente, que se conozca que en cientos de pueblos y ciudades de España trabajamos con niños y niñas para darles voz, que son miles los alumnos y alumnas de colegios e institutos que participan en nuestro programa de educación en derechos, que nuestra labor de sensibilización e incidencia política se refleja en las leyes relacionadas con la infancia. En definitiva, se trata de estar más cerca de la gente para que conozcan mejor lo que hacemos.

¿Cree que organizaciones como UNICEF corren el riesgo de ser respetadas pero no escuchadas?

—Creeo que UNICEF goza de un altísimo nivel de legitimidad moral y de rigor técnico. Nuestra trayectoria durante los 80 años de existencia y nuestro mandato internacional hacen que seamos ampliamente respetados. Lo que procuramos en el día a día es que ese respeto se traduzca en influencia real en la toma de decisiones. En contextos políticos polarizados, con agendas cortoplacistas o intereses económicos fuertes, nuestros mensajes pueden quedar en el plano simbólico: se reconocen, se citan pero no siempre se incorporan a las políticas públicas. Para contrarrestar esta situación trabajamos nuestras fortalezas, como la capacidad para traducir datos en historias humanas; nuestro trabajo directo con los gobiernos, la sociedad civil, el sector privado y los propios niños y niñas; y una creciente apuesta por nuevas narrativas, alianzas e incidencia basada en evidencia. La clave está en profundizar en nuestra capacidad de influencia, sin perder rigor, pero ganando relevancia pública y política.

Después de tantos años vinculada a UNICEF, ¿qué cree que ha cambiado en los últimos años para bien y para mal en nuestra mirada a la infancia?

—En los últimos años, y de forma «oficial» desde 1989 con la aprobación de la Convención sobre los Derechos del Niño, hemos avanzado en reconocer a la infancia como sujeto de derechos, con más atención a su bienestar emocional, su participación y su protección frente a la violencia y la desigualdad. Hoy sabemos más y miramos mejor. Sin embargo, ese progreso convive con nuevas presiones: pobreza persistente, desigualdad, impacto de las crisis provocadas por los conflictos y las emergencias climáticas, problemas de salud mental y un entorno digital que ofrece oportunidades, pero también riesgos. Además, creo que sigue existiendo una brecha entre el discurso y la realidad, y una tendencia a escuchar a la infancia sin darle siempre un peso real en las decisiones. La conciencia sobre la infancia ha crecido, pero el reto sigue siendo traducirla en prioridades y acciones sostenidas.


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