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José López Antuña Oviedo
Donald Trump durante su 80 cumpleaños

Del Circo Romano al Octágono Presidencial Cuando la Violencia se Disfraza de Espectáculo

20 Jun 2026. Actualizado a las 05:00 h.

Trump, los toros y la nostalgia de un mundo que confunde fuerza con civilización

La imagen resulta tan impactante como simbólica: la Casa Blanca convertida en un gigantesco octágono de artes marciales mixtas para celebrar el cumpleaños del presidente Donald Trump. Lo que durante siglos fue el principal símbolo institucional de la democracia estadounidense se transformó durante unas horas en un escenario donde golpes, sangre y testosterona se presentaron como espectáculo de masas. Un acontecimiento sin precedentes que ha despertado admiración entre sus seguidores y preocupación entre quienes consideran que la política debería representar valores más elevados que la exaltación de la fuerza física. Diversos medios internacionales describieron el evento como una celebración marcada por el nacionalismo, la masculinidad agresiva y la espectacularización de la violencia.

La peligrosa fascinación por la violencia

Nadie cuestiona el esfuerzo, la disciplina o el sacrificio de los deportistas profesionales. Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre el deporte que fomenta la superación personal y el espectáculo cuyo principal atractivo consiste en contemplar cómo dos personas se golpean hasta la extenuación.

La civilización ha avanzado precisamente en la medida en que ha sustituido la fuerza por la razón, el diálogo y el Derecho. Cuando una sociedad convierte la agresividad en un valor admirado corre el riesgo de enviar un mensaje profundamente equivocado, especialmente a las nuevas generaciones. La verdadera fortaleza no consiste en derribar al adversario, sino en respetarlo; no en imponer, sino en convencer.

Resulta preocupante que líderes políticos conviertan este tipo de espectáculos en símbolos culturales. Porque la política democrática debería inspirar conocimiento, solidaridad, cooperación y progreso humano, no glorificar la confrontación permanente.

La otra violencia: cuando el sufrimiento animal se convierte en tradición

La misma reflexión puede aplicarse a la tauromaquia. Durante décadas se ha intentado justificar el sufrimiento animal en nombre de la tradición, la cultura o la identidad nacional. Sin embargo, una tradición no es moralmente aceptable por el simple hecho de ser antigua.

También fueron tradicionales la esclavitud, la discriminación de la mujer o el trabajo infantil. La historia demuestra que el progreso consiste precisamente en revisar costumbres heredadas a la luz de nuevos principios éticos.

Cada vez más ciudadanos consideran incompatible una sociedad avanzada con espectáculos basados en el sufrimiento deliberado de un animal. Defender los derechos de los animales no supone atacar la cultura española; significa ampliar nuestro concepto de compasión y de justicia.

Por ello resulta difícil comprender que, mientras se recortan recursos para necesidades sociales o culturales, algunos sectores políticos continúen impulsando subvenciones públicas destinadas a espectáculos taurinos. La cultura del siglo XXI debería mirar hacia el conocimiento, la creatividad y la convivencia, no hacia la sangre derramada en una plaza.

Trumpismo y reaccionarismo: la nostalgia de un pasado idealizado

Existe un hilo conductor entre el trumpismo más radical, la defensa acrítica de la tauromaquia y otras expresiones culturales basadas en la exaltación de la fuerza. Todas comparten una visión nostálgica del pasado, una idealización de épocas supuestamente gloriosas donde predominaban la autoridad, la virilidad entendida como dominación y la ausencia de cuestionamientos éticos.

Se trata de una concepción profundamente anacrónica. El siglo XXI enfrenta desafíos relacionados con la inteligencia artificial, el cambio climático, la desigualdad social o los derechos humanos globales. Sin embargo, algunos movimientos políticos parecen empeñados en mirar hacia atrás, reivindicando símbolos y valores más propios de otros siglos que de una sociedad moderna y plural.

La obsesión por las armas, por la confrontación permanente y por una masculinidad agresiva no fortalece a una democracia. La debilita. Porque sustituye el pensamiento crítico por la emoción primaria y la deliberación racional por el enfrentamiento tribal.

El espejo del Imperio Romano

La comparación histórica resulta inevitable. En la Roma imperial, los gobernantes organizaban luchas de gladiadores y espectáculos con animales para entretener a la población y reforzar su popularidad. El famoso «pan y circo» servía para distraer la atención de los problemas reales mientras el público aplaudía la violencia desde las gradas.

Dos mil años después, las formas han cambiado, pero ciertas dinámicas parecen sorprendentemente familiares. Grandes espectáculos mediáticos, nacionalismo emocional, culto a la fuerza y líderes convertidos en protagonistas permanentes del escenario público. La historia enseña que las sociedades más avanzadas no son aquellas que celebran la violencia, sino las que logran domesticarla mediante la educación, la cultura, la ciencia y el Estado de Derecho.

Una cuestión de civilización

La pregunta de fondo es sencilla: ¿qué valores queremos transmitir a nuestros hijos? ¿La admiración por quien golpea más fuerte o por quien piensa mejor? ¿La celebración del sufrimiento animal o el respeto a toda forma de vida? ¿La exaltación de la fuerza bruta o la defensa de la empatía y la inteligencia?

Quizá la verdadera grandeza de una sociedad no se mida por la espectacularidad de sus estadios, sus plazas o sus octógonos, sino por su capacidad para construir un mundo donde la dignidad humana y el respeto hacia los seres vivos prevalezcan sobre el espectáculo de la violencia. Porque la evolución de la civilización consiste precisamente en eso: abandonar definitivamente el circo romano, aunque a veces algunos pretendan reconstruirlo bajo formas más modernas y televisadas.


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