La mujer que vive feliz y sola en un pueblo asturiano: «Esto no hay dinero que lo pague»
Asturias
Cultiva su propia huerta, hace conservas para todo el año y cocina en una cocina de leña con las recetas y las formas que aprendió de su abuela
15 Jul 2026. Actualizado a las 05:00 h.
Muchos pueblos asturianos han ido perdiendo población en las últimas décadas, viendo como se iban yendo uno a uno sus vecinos, por distintas causas, hasta finalmente quedar abandonados. Sin embargo, hay todavía personas que se resisten a dejar sin vida sus lugares de origen, y que se encuentran muy a gusto incluso viviendo en soledad. Una de ellas es Tere, una mujer que se ha convertido en la última persona que habita la aldea en la que vivía su familia. Su casa es la única que sigue en pie entre los restos de otras viviendas que sí han quedado abandonadas.
La mujer vive rodeada de bosque, de un río que atraviesa el pueblo y de un puñado de animales rescatados, entre ellos varios perros que la acompañan a todas horas. Cultiva su propia huerta, hace conservas para todo el año y elabora en una cocina de leña recetas tradicionales que aprendió de su abuela. Su historia, contada en el canal de YouTube «hilux_aventura», se ha convertido en un fenómeno viral por la sinceridad y naturalidad con la que Tere explica por qué sigue allí cuando ya no queda nadie más.
«Mucha gente me dice que si estoy loca por estar viviendo aquí en este pueblo abandonado, que no quedan más casas que la mía», relata Tere en el vídeo, que tiene claro que es más lo que gana por estar allí de lo que pierde por estar sola. «A mí me da una satisfacción tan sumamente grande estar aquí, en la casa que trabajaron, que hicieron mis abuelos, en la tierra, en el prao que aquí tuvieron los mis abuelos, los mis bisabuelos, esto no hay dinero que lo pague».
Tere no nació en esta aldea. Llegó con tres años, tras la muerte de su abuelo, para hacer compañía a su abuela. Vivió allí hasta los 19, cuando sus tíos —los últimos vecinos, además de ella—se marcharon definitivamente en 1991. Desde entonces, ella ha sido la única que ha decidido quedarse y mantener en pie la vivienda familiar, pintada de un lustroso azul y con muy buen aspecto mientras el resto de las casas del pueblo, que llegó a tener siete vecinos, se han ido deteriorando poco a poco entre la maleza.
El pueblo estuvo aislado durante décadas: la carretera no llegó hasta 1978, aunque la luz eléctrica sí llegó antes, gracias a una central cercana. Antes de la carretera, ni siquiera el panadero se acercaba hasta allí, así que en cada casa se horneaba el propio pan, una tradición que Tere sigue recuperando hoy en la cocina de leña de su abuela. La casa está a menos de media hora de la ciudad más cercana, aunque el aislamiento real durante años fue mucho mayor de lo que la distancia sugiere.
Confiesa que, aunque por una parte está satisfecha de mantener con vida el pueblo de sus ancestros, también le da pena. «Sobre todo pensar que el día que yo no esté no sé qué va a ser de esto». Pero no es la soledad el problema, porque «tendría la opción de estar en otro sitio y estar aquí para mí es tranquilidad, sosiego». Por otra parte, la vida solitaria le da mucho trabajo, y eso es bueno para ella. «Necesito trabajar para cuando me voy a acostar ir rendida y no tener que pensar. No me gusta pensar, porque siempre pienso en que, de cuando yo era pequeña y no tan pequeña, ya no queda casi gente», confiesa.
El huerto es el corazón de su vida diaria. Allí cultiva fabes, guisantes, berzas, repollos, patatas, cebollas o pimientos, y hace conservas caseras para todo el año, que mantiene almacenadas en el hórreo. «Aprendí a hacerlas con una vecina de mi madre; yo cuando era más chavalina la veía y decía: yo de mayor quiero ser como ella», recuerda. Lo que más la apena es el hecho de que no haya gente como ella dispuesta a trabajar la tierra y a echar para arriba los pueblos. «A mí me da mucha pena ver tantas fincas y tantos praos abandonados, porque da vergüenza; hay gente que hoy en día dice que no paga la pena sembrar patatas». También denuncia la desidia municipal ante el deterioro de elementos históricos del pueblo, como un puente centenario de piedra: «Es una causa perdida, porque ya fui varias veces al ayuntamiento», explica.
Pese a todo, Tere no vive completamente aislada del mundo. Sale a trabajar y a comprar lo que no produce, y recibe visitas ocasionales, entre ellas la de Álvaro, creador de «hilux_aventura» y muy amigo de su hijo, Pablo, un explorador de aldeas abandonadas asturianas al que Tere conoce como «una de sus mejores amistades». Es precisamente esa amistad la que dio origen a los vídeos, en los que Tere ha compartido con generosidad recetas tradicionales como la fabada asturiana con fabes de la tierra, el arroz con leche quemado con el gancho de atizar la cocina, o el «boyu preñáu» que siempre triunfa entre las visitas.
Sobre el futuro de la casa, Tere espera que su hijo la siga cuidando. «Yo tengo la esperanza de que mi hijo no la deje caer», afirma, convencida de que basta con no dejar que una simple gotera se convierta en la ruina definitiva de la vivienda. Mientras tanto, sigue plantando, conservando y cocinando exactamente como aprendió de su abuela, convencida de que su forma de vida, aunque solitaria, es también una manera de mantener viva la memoria de quienes llegaron antes que ella.