La Voz de Asturias

Carles Armengol: «Soy quien soy gracias al bar «Collado», mi familia y todos los que pasaron por allí»

Cultura

Álvaro Boro
Carles Armengol, autor de «COLLADO. La maldición de una casa de comidas»

El escritor catalán presenta su nuevo libro en Oviedo

27 Jan 2024. Actualizado a las 05:00 h.

Lo que empezó como un juego y devino en maldición, acabó convirtiéndose por el amor en un libro magnífico. Carles Armengol (Barcelona, 1981) debuta como escritor con COLLADO. La maldición de una casa de comidas (Ed. Colectivo Bruxista), donde cuenta la historia del Collado, el bar de sus padres, de un país y un tiempo, y la suya propia. Carles creció correteando entre las mesas, haciendo los deberes sobre la barra, comiendo con los parroquianos y echando una mano cuando era necesario.

Escribe: «Dicen que nuestra personalidad es como un cóctel de trago corto, 50 ml de carga genética y 50 ml de factores ambientales». Y no hay duda de que hay mucho de esta casa de comidas en él. Tanto, que este sábado 27, en sesión vermú (13:00), presenta su libro en la librería KAFKA & CO. No faltarán los brindis.

COLLADO. La maldición de una casa de comidas ya va por la quinta edición. ¿Esperaba tanto éxito?

— Para nada. Mi deseo era hacer un homenaje a mi familia, a un negocio que llevaba 80 años funcionando. La primera edición se acabó en un mes, aquí empecé a pensar que, quizá, había escrito algo que interesaba y merecía la pena.

— Si tuviese que ceñirlo a un género literario, ¿cuál sería el más acertado?

— No me siento cómodo con ninguno. Yo nunca me he visto como un escritor, aunque sí que tengo la necesidad, desde hace tiempo, de expresarme a través de la escritura.

— ¿Cómo ha escrito este libro? ¿Cuál ha sido el proceso de creación?

— La semilla surgió en 2012, en el momento del cierre del bar, y lo acabé en 2022. Pasaron diez años de trabajo hasta que se materializó todo lo que quería contar. La pandemia fue clave para trabajar la historia, me di cuenta de la importancia de la visión del niño y el relato de su desarrollo a través del bar y sus clientes.

— Sin usar una voz infantil, logra transmitir las sensaciones del Carles niño.

— Suelen decir que el libro respira cierta ternura, y es por esto.

— Estudió psicología, asesoró a empresas analizando hábitos de consumo, es escritor y, ahora también, hostelero en la librería +Bernat. ¿Es la vuelta al origen?

— Trabajaba como consultor para empresas, me vendí al demonio: yo decía a las marcas cómo conectar con la gente. Era autónomo, con todo lo que lleva, y acabé un poco desencantado. En 2017 me proponen montar un bar desde cero y que lo lleve, aquí me di cuenta de que se me daba muy bien, bailaba entre las mesas. Salió todo ese conocimiento que se fue acumulando en la cabeza durante años. No era la misma hostelería a la que estaba acostumbrado, aquí tenía mejor horario y no curraba los findes. Un cambio brutal, pero a mejor. Dar de comer y de beber a la gente del barrio es lo más antisistema que se puede hacer, fue una vuelta a los orígenes en el siglo XXI. Ahora llevo el bar de la +Bernat, y es una maravilla.

Empezó a trabajar en el Collado como un juego y acabó siendo una maldición.

— Fui creciendo, y de un día a otro tuve que empezar a trabajar. Lo que al principio me divertía y era como un juego, acabó chocando con mi yo adolescente y su forma de divertirse. Yo quería conocer Barcelona y estar con mis amigos, no estar con la bayeta en el bar. Ahí fue cuando la maldición cayó con todo su peso sobre mí.

— Pero ese odio se convirtió en amor. En su libro cuenta un mundo que ya no existe, sin embargo no quiso que toda esa historia familiar de tres generaciones se perdiese. Porque no es sólo la historia de un bar, es la historia de una ciudad, de un momento y de cientos de personas.

— No quería caer en la nostalgia, en lo de que tiempos pasados fueron mejores. Tampoco quería quedar como alguien resentido, porque no es así, no es verdad. Con el libro traté de mostrar un punto de amor, de ternura. Contar lo que yo viví ahí. Hay tantos Collados como miradas que han pasado por allí, tanto de los que estuvieron detrás de la barra como de los que estuvieron delante.

— Estaba harto. Pero ¿no sintió pena, como un fin de saga, cuando se desprendieron del bar?

Hubo momentos en los que me planteé seguir, pero nada se materializó. Pese a ser nuestra casa, la casa de mi familia, el local nunca fue nuestro, era de renta. Tampoco era la mejor época ni estaba tan de moda lo de los bares de siempre. Yo había estudiado, me dedicaba a otra cosa, y, con pena, decidimos que lo mejor era traspasarlo.

Carles Armengol, autor de «COLLADO. La maldición de una casa de comidas»

— Ahora, en + Bernat, está en un lugar tranquilo, pero ¿cuál era más divertido?

— Detrás de la barra me lo paso muy bien y tengo una seguridad que no tengo como cliente: marco los ritmos y tengo capacidad de control. En el Collado aprendí y me lo pasé mejor porque aquello era un circo y nunca me tocó pringar tanto como mis padres. Pero el mejor momento en el que estuve, a nivel de hostelería, es, sin duda, ahora.

— Hábleme sobre esa frase de «la belleza de dar de comer y beber».

— En este trabajo, en el de dar de comer y beber a los demás, el agradecimiento del cliente es inmediato. Cuando yo trabajaba para empresas haciendo consultoría no recibía esta gratitud, porque el trato nunca es directo. Yo disfruto mucho comiendo, compartiendo mesa con amigos y familia, me gusta cocinar; poder hacer esto en mi trabajo es algo tan maravilloso.

—Su padre no veía el Collado sólo como un negocio, fue su hogar durante años. Ni actuó como empresario, los camareros eran acogidos y pasaban a formar parte de la familia.

— Es cierto, mi padre nació y se crió en la casa que había encima del Collado, vivió ahí hasta que se fue con mi madre a una casa a 200 metros. Nunca cortó el cordón umbilical, era su casa. Y veía el bar como una especie de ermita que siempre tenía que estar abierto para recibir y cobijar a quien pasase por ahí. Mi padre lloró el día de la despedida, yo nunca le había visto llorar, y me di cuenta de todo lo que significaba y todo lo que allí había vivido.

— Con mucho trabajo su familia progresa, manda a sus hijos a buenos colegios y adquiere una segunda residencia en la playa. Y esto ahora es considerado como, mas o menos, una utopía.

— Eran unos momentos en los que si se trabajaba duro, se movía dinero. Había una España en la que esto era posible y se rompió. Mis padres curraron con la mentalidad de progresar, darnos estudios y asegurar una vida mejor a sus hijos. Y todo esto de carrera universitaria, trabajo fijo y la gran vida, lo que nos dijeron y prometieron, se fue a la mierda.

— Nació en Collblanc, zona limítrofe entre Barcelona y Hospitalet. Escribió Sergio del Molino que en las fronteras uno no sabe muy bien a dónde ni a qué pertenece. ¿Esto le pasó a usted?

— Total, total. De pequeño no tenía claro de dónde era. También, en esos años noventa, Barcelona era algo aspiracional, era el progreso, la apertura y el futuro; mientras que Collblanc significaba inmovilismo y lo antiguo.

— Sin embargo, reconoce en el libro que en su barrio todo el mundo se conocía, existía un tejido social y una fuerte vinculación emocional.

En los barrios existía un respeto a la miseria ajena y vecina. Tengo un recuerdo muy bonito de cómo desde el bar ejercíamos una función muy bonita de refugio, guarida y cuidado. Sin palabras pero con hechos, fui testigo de cómo la gente se ayudaba.

— ¿Cómo es criarse en un bar? No parece el mejor lugar para un niño.

— A toro pasado, es lo mejor que me ha podido pasar. Soy quien soy gracias al Collado, mi familia y todos los que pasaron por allí. Pero ahora, seguramente, llamarían a servicios sociales si ven a un niño sirviendo chupitos de güisqui. Esta fórmula de trabajo y ayuda familiar es algo que ha desaparecido.

— Tu primera amiga adulta fue una prostituta.

— Yo jugaba por el bar y me sentaba a comer con la gente, porque iban cada día y nos conocíamos. Empecé el libro con ella porque fue de las personas que más me marcó, yo era un adolescente y siempre me trató como un adulto.

— Muestra la imagen del bar como un mundo de hombres, donde el machismo está muy presente ¿Seguimos así?

— Sigue a la orden del día en la mayoría de bares de toda la vida. Es un mundo de hombres, donde está presente esa masculinidad rancia y que apesta a Varon Dandy. Se está intentando cambiar, sabemos a dónde hay que ir y qué patrones hay que corregir, pero es un ambiente muy tóxico y en el que queda mucho por mejorar.

— Es una novela de personajes, y creo que hay uno muy importante, que no sale tanto, pero que está presente en toda la narración: su  madre.

— Mi madre fue una gran luchadora, es la gran protagonista, en la sombra, del libro. Tiene un punto de superheroína, de ir contracorriente e intentar que fuésemos una familia de lo más normal posible.

— ¿Se conoce a las personas por cómo tratan a los camareros?

— Para mí dice mucho. Luego siempre lo contrasto con más acciones y actitudes, pero no suele fallar.


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