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Cómo leer un ecosistema a través de su vegetación

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El Laboratorio de Vegetación y Biodiversidad de la Universidad de Oviedo, financiado por el Principado de Asturias en la convocatoria de ayudas a grupos de investigación 2024, estudia cómo cambian las comunidades vegetales y qué información aportan para conservar y restaurar el territorio

31 Mar 2026. Actualizado a las 11:01 h.

Observar qué plantas hay en un territorio, cómo se distribuyen o cómo cambian con el tiempo permite detectar transformaciones profundas en los ecosistemas. Ese es el punto de partida del Laboratorio de Vegetación y Biodiversidad de la Universidad de Oviedo, dirigido por Borja Jiménez-Alfaro y financiado por el Principado de Asturias dentro de la convocatoria de ayudas a grupos de investigación 2024 convocada por Sekuens y gestionada por la Fundación para el Fomento en Asturias de la Investigación Científica y la Tecnología (FICYT).

Como explica el investigador, «sin plantas no existirían la mayor parte de los ecosistemas del planeta, tal y como los reconocemos». Por eso, añade, «entender la variación espacial de la vegetación y su papel en la biodiversidad es un cimiento clave para conocer y preservar los ecosistemas».

El objetivo del laboratorio no es solo describir qué plantas hay en un lugar, sino también comprender cómo se organizan los ecosistemas, qué procesos regulan su diversidad y cómo responden a las perturbaciones.

Detectar cambios antes de que sean irreversibles

Uno de los principales retos del laboratorio es la caracterización y seguimiento de la biodiversidad en un contexto de cambio global, marcado por los impactos humanos y el calentamiento climático.

Según explica el investigador, existe hoy un consenso amplio en que las señales que permiten evaluar el estado de un ecosistema tienen que ver con su estructura, su composición y su funcionalidad. Y ahí, precisamente, la vegetación resulta especialmente útil como indicador.

«Las plantas suelen informar rápidamente de que algo está sucediendo, a través de cambios en la composición de especies o en sus respuestas funcionales al clima o a cualquier tipo de perturbación», explica Jiménez-Alfaro.

Esa capacidad de lectura se traduce en varias líneas de trabajo. Por un lado, el laboratorio investiga la biogeografía de las comunidades vegetales, es decir, cómo varía la diversidad en el espacio y en el tiempo y qué factores explican esa variación.

Por otro lado, desarrolla trabajos de cartografía y seguimiento de hábitats, orientados a predecir la extensión y la evolución de los ecosistemas terrestres a partir de datos de vegetación y teledetección.

«Cartografiar los hábitats naturales es la herramienta principal para conocer el territorio y aplicar medidas de gestión», señala Borja Jiménez-Alfaro y añade que disponer de una buena cartografía es esencial tanto para responder a las obligaciones europeas de la red Natura 2000 como para tomar decisiones de gestión forestal y del medio natural con base verificada.

El laboratorio trabaja también con el llamado nicho de regeneración, un concepto centrado en las condiciones que necesita una planta para reproducirse, especialmente a través de la semilla. Aunque pueda parecer una línea muy específica, resulta clave para la restauración ecológica y para la conservación de especies amenazadas.

Ese interés por los procesos ecológicos se proyecta también a escalas más amplias. De hecho, investigaciones recientes con participación del equipo han mostrado cómo la huella humana afecta a la diversidad vegetal a diferentes escalas, más allá de las zonas sometidas a perturbación.

Del conocimiento científico a la conservación del territorio

La investigación del laboratorio tiene una clara vocación aplicada, pues, como subraya Borja Jiménez-Alfaro, todas las líneas del grupo buscan una utilidad práctica en la conservación y gestión del territorio.

Para ello, se combina el trabajo de campo con la teledetección, es decir, el análisis del territorio a partir de imágenes de satélite, una herramienta todavía poco habitual en este campo. «La teledetección es una herramienta fundamental para el siglo XXI, pero aún se ha integrado poco en el estudio de la vegetación», señala Jiménez-Alfaro.

Buena parte de esa investigación se desarrolla en el entorno más próximo. «Asturias y el área cantábrica nos proporcionan el mejor laboratorio natural que podríamos imaginar», afirma el investigador.

La diversidad de hábitats y la accesibilidad del territorio han permitido desarrollar estudios en praderas alpinas, turberas, castañares tradicionales o especies invasoras como el plumero de la Pampa, una de las amenazas más visibles en la cornisa cantábrica.

Esa atención al territorio más cercano convive, sin embargo, con una clara proyección internacional. En junio de 2026 el laboratorio organizará en Gijón el 68.º Congreso de la Asociación Internacional de Ciencias de la Vegetación, una cita que reunirá a más de 400 especialistas de todo el mundo.

El lema elegido para ese encuentro —conocer los ecosistemas a través de la vegetación— resume bien la filosofía del grupo y la forma en que orienta su trabajo.

En un momento marcado por la crisis de biodiversidad, estudiar la vegetación ya no es solo una forma de describir el paisaje. Es una herramienta para detectar cambios, anticipar riesgos y orientar decisiones sobre conservación y restauración.

Ahí reside la aportación de este laboratorio: leer mejor los ecosistemas para poder actuar sobre ellos con más criterio.


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