La Voz de Asturias

Qué hacer después del «brexit»

Opinión

Xosé Luís Barreiro Rivas

18 Jun 2016. Actualizado a las 11:47 h.

E l referendo del brexit, que es una gran trampa cuajada de errores, solo puede acabar mal. Porque, moviéndose la opinión británica al borde del 50 %, solo caben dos alternativas: que el no gane por poco, lo que sería una catástrofe; o que el sí gane por poco, lo que dejaría a la sociedad británica dividida, y daría alas a esta permanente inestabilidad que, a pesar de vivir en la era de la globalización y la tecnología, seguimos interpretando como un eterno retorno.

Si suena la flauta, que aún puede ser, ganaremos este brexit. Pero tendremos otro, y otro, y otro, hasta que, confundidos los electores a causa de una crisis o de una desafección coyuntural, echen por tierra la más grande construcción política que hemos intentado desde el Imperio romano. Y sucederá así, irremisiblemente, no porque los británicos quieran regresar hacia una soberanía utópica, sino porque las debilidades de la UE los ha convertido en los hijos consentidos del proyecto europeo, que siempre salen ganando con sus peculiaridades y sus amenazas, y porque están convencidos de que, si ganase el brexit, las débiles autoridades de Bruselas harán todo lo necesario para que este error lo pague el Continente.

Y esa es, precisamente la tarea que hay que hacer y que, con toda seguridad, no haremos. Porque tanto si el brexit es una catástrofe como si no lo es, la única actitud responsable de las autoridades de Bruselas sería iniciar una revisión de los tratados orientada a ganar eficacia en la gestión política y económica, a completar los procesos que, siendo necesarios, duermen el sueño de los justos (política exterior y de defensa común, unidad fiscal y cohesión social), y acabar con todas las excepciones singulares -incluidas las del euro- que convirtieron la ilusión de Maastricht y Ámsterdam (tratados de 1993 y 1997) en un galimatías impresentable, en el que siempre ganan los débiles y los desleales, mientras se perjudica gravemente a los que mejor cumplen.

El proyecto europeo es sumamente complejo, no solo porque tiene que homologar diferencias y restañar muchas heridas sangrantes, sino porque los viejos Estados, con sus caducas culturas, siguen sentándose en las mesas de Bruselas como tahúres del Misisipi. Y, en vez de concluir que esas dificultades exigen autoridad, cohesión y disciplina, han abrazado la convicción de que la unidad europea solo puede lograrse por medio del chalaneo y el farol. Por eso haríamos del referendo del brexit una excelente oportunidad si aprovechásemos este momento para dar un puñetazo en la mesa, pedirle a todos los fulleros, totalitarios y euroescépticos que se vayan de una vez y que nos dejen hacer una Europa unida, justa, pacífica y democrática. Pero es evidente que todo va a discurrir exactamente al revés, hacia una niebla de intrigas en la que vamos a perdernos.


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