Votar: ¿sentido o sensibilidad?
Opinión
19 Jun 2016. Actualizado a las 10:43 h.
¿ Se comportaron irresponsablemente los líderes del PP, PSOE, Podemos y C’s tras las elecciones de diciembre? Aunque la convicción de que fue así, apoyada en sólidas razones, es generalizada, sería injusto no subrayar, en todo caso, que los electores configuramos entonces un Congreso cuya composición solo ofrecía una alternativa de Gobierno -la gran coalición PP-PSOE-, alternativa que los socialistas habían proclamado que jamás apoyarían.
Cualquier otra coalición (PP-C’s, PSOE-Podemos o PSOE-C’s) hubiera sido de una fragilidad insoportable. En las elecciones del día 26 tan endemoniada situación podría repetirse si se confirma lo que adelantan las encuestas.
La de Sondaxe que hoy publica este periódico, coincidente en lo esencial con las ya conocidas, prevé un Congreso en el que será imposible configurar una mayoría de gobierno, salvo, de nuevo, la gran coalición PP-PSOE, que Rajoy vuelve a apoyar y Sánchez a negar. Fuera de ahí, resultaría imposible numéricamente un gobierno del PP y de C’s (155 diputados según Sondaxe: ocho menos que en diciembre) y políticamente inviable uno en el que un eventual pacto UP-PSOE exigiría a los de Sánchez (85 diputados) elegir a Iglesias presidente (90 diputados), lo que haría saltar por los aires al PSOE en mil pedazos.
Por eso, ante este panorama, ha llegado la hora de afirmar con valentía que somos los electores quienes tenemos la responsabilidad de encontrar la salida a tal atolladero.
Dicho de otro modo, los españoles podemos insistir en el resultado de diciembre o reorientar, a la vista de los datos que vamos conociendo, nuestros votos para hacer posible una mayoría estable de gobierno.
Tenemos, por supuesto, un derecho que nadie puede discutirnos: el de votar lo que nos plazca. Pero, visto lo visto, debemos ejercerlo con plena conciencia de que si insistimos en lo mismo estaremos abriendo el camino a unas terceras elecciones o a que los partidos, para evitar la gravísima crisis que de esa segunda repetición podría derivarse, opten in extremis por configurar un Gobierno que no tuviera otro objetivo que salir del paso y que no podría, por ello, enfrentarse a los decisivos desafíos que tenemos por delante para consolidar la salida de una crisis que nos ha exigido ya durísimos sacrificios a lo largo de los ocho últimos años. Votar, permítanme decirlo, no constituye un acto de fe.
Muy por contrario, debería suponer una decisión racional en la que los electores actuemos con esa inteligencia que permite hacer compatible nuestras convicciones e intereses con la necesidad de configurar una mayoría posible de gobierno.
Cabe, claro, ir a las urnas sin tener en cuenta para nada tal necesidad. Pero es poco coherente quejarse luego del resultado del que uno es, en su cuota parte, responsable.