Su propia URSS
Opinión
10 Jul 2016. Actualizado a las 11:14 h.
En su artículo «At day’s close. Un historia social de la noche*», Jorge San Miguel reseña el libro de A. Roger Ekirch en el que se describe cómo en buena medida la revolución industrial fue también una conquista del tiempo ganando horas de luz por medios artificiales a los ciclos nocturnos, cómo cambió en los últimos 200 años la manera de repartir el sueño entre los pueblos occidentales, hasta cómo las largas horas de oscuridad propiciaron el nacimiento de todo un género de equívocos e identidades confundidas en el amparo de la noche que se repite a lo largo de toda la tradición literaria y teatral de nuestra cultura.
Ocupado ya por el quehacer humano no sólo cada centímetro del orbe sino también cada segundo de tiempo en el devenir, la trama del ocultamiento de la identidad sigue siendo un recurso común en los guiones de nuestras novelas y películas favoritas pero ya no con argucias sencillas que confían en la ambigüedad de la penumbra; los hombres imaginan máquinas capaces de proyectar en sus mentes mundos completos que permiten mantenerlos presos en sus propios cuerpos, tecnologías que nos permiten adentrarnos en sueños ajenos con el peligro de ya no reconocer más la vigilia, las conjuras de complots malvados ya no se urden en apartados pasajes sino que se incuban dentro de la organización que se pretende destruir, la cotidianidad es el disfraz más certero.
Como la crisis económica no acaba sino que se enquista y después del trauma del «Brexit», empiezan a leerse opiniones sobre cómo los principales impulsores de la globalización se han olvidado de las penurias de los perdedores de este proceso que vuelvan ahora su rabia en partidos extremistas, con recetas xenófobas y de un patrioterismo ridículo. Durante la Guerra Fría, el temor al poderío soviético facilitó que las corporaciones occidentales accedieran al despliegue de un sistema de protección social que, derribado el telón de acero, se convirtió en un lastre del que quisieron deshacerse a toda prisa, demasiado rápido quizá. No hay ya un enemigo oculto en las sombras, la City londinense era la mayor interesada en la permanencia en la UE y, a la vez, trabajó con denuedo en fortalecer los temores del electorado que votó «leave» aniquilando los pilares del mundo que habían conocido.
No hay siluetas en la esquina, no quedan sombras para un escondite. El mayor enemigo del capitalismo global es ya él mismo, incapaz de controlar las consecuencias de una codicia desmedida que devora los andamios que sostienen el precario suelo por el que camina. Es ya su propia URSS, con sus deportaciones masivas en nombre de nada más que el hambre a través del Mediterráneo, con sus propios planes quinquenales que a mayor gloria de la austeridad fiscal se llevan por delante las vidas de millones de de damnificados por la destrucción de empleo. Algo no es lo que debiera y está a la vista de todos.