La Voz de Asturias

Manzana y medio gusano

Opinión

Luis Ordóñez Redacción

04 Sep 2016. Actualizado a las 20:51 h.

Más, mucho más que el fracasado debate de investidura de esta semana, más que las especulaciones sobre posibles pactos entre partidos, más que la posibilidad de que haya terceras elecciones, mucho mayor es la importancia de la noticia de que la Comisión Europea ha sancionado con una multa de 13.000 millones de euros a Apple por impuestos no pagados en Irlanda. Es noticioso e inédito que la comisión se haya atrevido al fin a adoptar una decisión de este tipo, lo es también que Irlanda vaya a luchar con uñas y dientes para no tener que cobrar esa cantidad tan astronómica y lo es, por supuesto, la reacción de la compañía que ha sido una nada velada amenaza a las instituciones europeas de que tendrá que elegir cobrar impuestos o tener puestos de trabajo. Esta es una de las batallas cruciales de nuestro tiempo.

La Comisión Europea acusa a Apple de beneficiarse de un acuerdo fiscal con Irlanda particular y ad hoc para la compañía. En ocasiones se señala que Irlanda tiene un impuesto de sociedades extraordinariamente bajo (del 12,5%) pero ni siquiera es el más pequeño de la UE (el de Bulgaría es aún menor, del 10%). De lo que se habla aquí es de un «trato selectivo» por el que el estado y la multinacional usaron artificios contables para reducirlo a la práctica nada, el 0,005 % en 2014. Irlanda no quiere cobrar el monto de la multa, afirma que en todo caso buena parte de ella tendría que destinarla a pagar el rescate del que fue objeto por la quiebra de sus sistema bancario (hay aquí una paradoja que da para otro artículo completo), y además la verde Erín, ha construido la bases de sus economía precisamente en su política de bordear el paraíso fiscal para empresas tecnológicas en el seno de la UE. La primera reacción del presidente de Apple, Tim Cook, fue una gloria del cuñadismo al calificar la multa de «political crap» (basura política) y también una auténtica amenaza «the most profound and harmful effect of this ruling will be on investment and job creation in Europe» (el efecto más profundo y dañino de esta decisión será en la inversión y creación de empleo en Europa).

En una muestra de cinismo sin precedentes, tanto la compañía como The Economist han cargado contra la decisión de la Comisión Europea en defensa de la «soberanía» de los estados, precisamente una multinacional y una prensa económica que han trabajado como pocos para mermar ese concepto cuando afecta a los derechos laborales. Apple vende, más que un producto, una sensación; las presentaciones de sus nuevos modelos son liturgias de un éxtasis pseudoreligioso. Como la mayor parte de las empresas del sector de los gigantes tecnológicos, promueve una utopía del «país de autónomos» en el que cada cual vive de su talento sin ataduras contractuales pero en la práctica produce sus objetos en enormes factorías en las que las condiciones de trabajo hacen que parezcan paradisíacas las que narraba Dickens en sus novelas, con suicidios de sus obreros aplastados por la presión de producir sin descanso.

Nadie como las multinacionales de este tipo hace más por aniquilar la «soberanía», no de los estados sino de sus ciudadanos, cuando buscan por todos los medios evadir todos los impuestos posibles y destruir de este modo el bienestar de nuestras sociedades. Para que Apple pueda vender sus aparatitos es preciso que haya un mercado de consumidores capaces de pagar por ellos, gente con una perspectiva de futuro medio normal, con unas mínimas expectativas de progreso. Es con su política de evasión fiscal, con sus deslocalizaciones salvajes, con lo que han llevado a que haya una generación entera en todos los países desarrollados que sabe a ciencia cierta que no podrá vivir mejor que sus padres, que el futuro no tiene nada de halagüeño.

Hace mal Irlanda en creer que podría mantener a largo plazo ese castillo de naipes sobre el que ha fiado su crecimiento. Apple es también un ejemplo de la obsolescencia programada, sus productos no se fabrican para durar sino para petar a los dos años sin remedio y que sea necesario comprar un nuevo objeto. Es un concepto grabado a fuego en lo que ha venido en llamarse «cultura empresarial» de estas corporaciones y así perciben no sólo a sus productos, sino también a las personas y a los mismos países. Otro día habrá un estado que se baje los pantalones aún más que Irlanda y allá se irán sin volver la vista atrás. 

Detrás de toda esta polémica está también la idea alocada de las megacorporaciones de que sólo su mérito les ha llevado a alcanzar increíbles fortunas, pero lo cierto es que ninguna hubiera podido nacer en ese modelo Mad Max que propugnan. Ninguna de esas grandes ideas hubiera podido desarrollarse en un páramo social como el que promueven a su paso. Las grandes ideas que maravillan a estos tecnocretinos sólo pueden darse en un lugar con agua corriente, luz eléctrica y un sistema educativo medio potable. Todas cosas fruto de un esfuerzo colectivo enorme al que les corresponde aportar a ellos también.

Hay algo peor que encontrarte un gusano en una manzana y es encontrarte medio gusano.


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