Verano. Vacaciones. Fin
Opinión
11 Sep 2016. Actualizado a las 05:00 h.
La cabeza de la madre asomaba al exterior espasmódica. Los restos de voluntad que todavía no habían emprendido la huída le resultaban insuficientes para el enderezamiento, espetado como tenía el cuello en los cristales rotos que permanecían a modo de facas en la ventanilla. Aterrada, registró la sangre que manaba de las arterias rasgadas con torpeza, como ejecutaría un mal cirujano. El rojo globular y el azul de la puerta se excitaban por el influjo de la luz del sol mesetario de las primeras horas de ese día, que prometía la reaparición del bochorno. Gotas de lágrimas ensuciadas por el rímel participaban de la bacanal de color y danzaban, minutos antes de que ella, la madre, dejase de ser ella, la madre.
El padre, contrariamente, no padecía desasosiego. Sus intestinos alcanzaron pronto otra ubicación, acampando a sus anchas en el nuevo habitáculo que se le ofreció, más amplio que el anterior, que era angosto y engreído por creerse durante más de cuarenta y cuatro años el único carcelero de metros y metros de tripas sometidas. Un trocito de intestino delgado fue más allá en la rebeldía y se acomodó en la consola central, entre las bocas de refrigeración que enfriaban ya un tanto el interior, un poco por encima de la pantalla digital.
La mayor de las hijas, en una de esas edades en las que no se es niña pero eres menor de edad, mostrábase parcialmente empalada. El cráneo y la palanca que autoriza a las marchas la sucesión estaban ensamblados, y de tal forma que la empuñadura acariciaba la glotis. Jamás el cuero que revestía el metal pudo fantasear experiencia táctil equivalente, acostumbrado a palpaduras más ásperas.
A la izquierda de la parcialmente empalada, detrás del padre sin tripas, una pierna infantil reposaba a la sombra de la cortinilla de la luna trasera. El calcetín blanco y el zapato negro de hebilla permanecían en el piecezuelo. El muslo sin prolongación era un manojo de nervios. De la espalda semidesnuda por los jirones del vestido, se habían desprendido dos tiras de piel. El pecho de la niña sin pierna se hallaba sobre la cresta ilíaca de la hermana empalada.
Veía pero carecía de conciencia. Era la menor de las tres. En unas horas cumpliría 326 días. No sangraba. Estaba incólume. Tampoco lloraba. Sonreía a veces, mecánicamente, ajena a la composición del cuadro, de composición académica: dibujo, color, claroscuros, proporción, diagonal, profundidad, realismo, propios de un Rafael, de un Velázquez o de un Millet. Pero el autor era otro.
Minutos antes, un todoterreno que no pisa la tierra, que rueda solo por asfalto y que deja constancia de la inmunda procedencia de la pasta del propietario y de su familia, que se lo compró, salió de un área de servicio a todo gas y accedió a la autovía sin que el conductor siquiera mirase porque estaba pasando cocaína a su compañera, casi tan ebria como él. Minutos después, este llegó hasta el coche azul, miró por una de las ventanas laterales traseras y dijo: «¡Eh, tú, pequeñaja!..., ¿de dónde cojones sales?». Y entonces el bebé puso pucheros y empezó a gimotear: «¡Papi, papi!...»