Ni año cero
Opinión
01 Jan 2017. Actualizado a las 05:00 h.
Nos hemos hartado de considerar, en cada uno de los 365 días pasados, cada una como una jornada histórica, haciendo de cada anécdota cotidiana un hito capaz de partir en dos el recuento de la civilización y, claro, llegamos al año nuevo agotados, derrotados. Desbaratados, vencidos, fracasados, un completo destrozo, un desastre absoluto, todos los adjetivos son pocos para analizar con realismo lo que ha pasado en el último año para los que tienen una concepción ideológica progresista, aniquiladas todas las esperanzas después de dos procesos electorales de plantear una alternativa posible al gobierno conservador. Me parece una irresponsabilidad no asumirlo y resulta hasta indignante escuchar a los popes de la grandilocuencia vacía que todo lo resuelven con discursos rebuscados, palabrería con ínfulas.
No menos espantosos son también los firmes defensores de la teoría de «cuanto peor, mejor», adalides de que todo este desvarío general es prólogo de un renacimiento inminente, de una explosión espontánea de sentimientos populares de vanguardia, fruto de las contradicciones inherentes al sistema. Esta tesis, que no ha funcionado jamás y está la historia llena de ejemplos, tampoco va a resultar en esta ocasión. La realidad es que estamos apenas dando los primeros pasos de una gran década conservadora en España y para afrontarla no hay nada, grupos divididos y subdivididos entre sí, todos guardianes de las esencias puras, orgullosos de su intransigencia y envueltos en un puritanismo atroz que considera pecadores nauseabundos a los compañeros de al lado que no asientan a todos y cada uno de sus postulados. El sectarismo se lleva muy a gala y la menor discrepancia es una traición imperdonable.
Por supuesto, se trata de que la gente vota mal, son ancianos, o pueblerinos que no se enteran. No se concibe que el conservadurismo sea una ideología formada, estable y con estrategia; qué va, es que son malvados y nuestra natural bondad, ese irradiar de luz debería llevarnos por el camino de la victoria. La izquierda, o el progresismo, porque hay hay gente a la que le dan vergüenza (y así nos va) las declaraciones ideológicas, está en manos de cretinos y lo cierto es que el estatismo de Rajoy, esa pachorra de esperar a que todos los cadáveres de sus enemigos pasen ante la puerta de su casa, resulta eficaz y funciona precisamente porque el nivel de sus adversarios es nulo.
Los parados de larga duración que ya no tienen prestación por desempleo, los jóvenes que padecen un nivel de paro sin parangón en ningún país occidental, los que encadenan contratos temporales, de días o de semanas; los que ni siquiera tienen un contrato y se ven obligados a trabajar en la economía sumergida ¿deben ser pablistas o errejonistas? ¿no deberían pronunciarse ya sobre si prefieren el sanchismo o las tesis de la gestora, quizá una tercera vía? ¿o acaso son partidarios del carrillismo no rupturista que nos ata al continuismo del régimen del 78? A ver si se deciden pronto, todas estas pobres gentes, en estos sesudos debates y abandonan sus cuitas miserables sobre tener estabilidad laboral y salarios decentes, que son asuntos menores, que no importan lo suficiente, que no son el centro del debate.
¿Qué cómo puede volver a ganar Rajoy, el hombre del plasma, el de los vecinos que eligen al alcalde que quieren los vecinos? ¿cómo no lo va a hacer si la alternativa no es que sea una jaula de grillos, incapaces de ponerse de acuerdo ni sobre ellos mismos, sino que es un erial de ideas y de iniciativas? Ni a año cero llegamos, no estamos al principio de nada. Ojalá al final de esta tontería insoportable.