Linde improductivo
Opinión
11 Jun 2017. Actualizado a las 05:00 h.
Conocemos con sumo detalle (porque nos lo han descrito con extremada precisión cuando la ocasión lo permitía, se diera o no el caso) las opiniones del gobernador del Banco de España sobre el mercado laboral español, en concreto sobre su manifiesta tendencia a criticar los derechos de los trabajadores como si fueran un obstáculo para el desarrollo económico. Lo hizo de forma reiterada Miguel Ángel Fernández Ordóñez y lo hace en el presente Luis María Linde que todavía el pasado 30 de mayo, en la presentación de su Informe Anual de 2016 advertía contra la tentación pecaminosa de andar por ahí subiendo los sueldos del personal no fuera a ser que se «disipen las ventajas competitivas» de la empresa española, que no son ni la innovación ni el valor añadido sino que el que proteste a la calle que hay veinte esperando en la puerta.
El caso es que no es muy seguro que le paguemos el sustento (y con bastante generosidad) a Linde para que opine de estas cuestiones. Puede hacerlo, por supuesto, faltaría más; y seguro que el Gobernador del Banco de España tiene también firmes convicciones acerca de si la tortilla de patata debe ser con o sin cebolla, si le parece bien o no la adaptación al cine del genial cómic «Watchmen», o sobre la óptima alineación de su equipo de fútbol predilecto, si lo tiene. Lo que pasa es que lo que opine Linde sobre todos estos asuntos, incluido también el de la moderación salarial, nos importa a todos un bledo. Porque para lo que se le paga en concreto, entre varias funciones relativas a la política monetaria, es para «supervisar la solvencia y el cumplimiento de la normativa específica de las entidades de crédito, otras entidades y mercados financieros cuya supervisión le ha sido atribuida». Y nos parece que no lo está haciendo demasiado bien. Tampoco quizá demasiado mal, a lo mejor es que no lo hace en absoluto. Lo único que sabemos es que, 24 horas antes de que el Banco Popular se fuera al garete, dejando con una mano delante y otra detrás a sus accionistas, y teniendo que ser recuperado de madrugada por el Santander; a la pregunta concreta en el Senado (ante los representantes electos de la soberanía popular) de qué estaba pasando con la entidad, Linde se limitó a señalar que «no es el momento, ni vengo preparado para eso».
Le pasa a casi todos los hombres poderosos que llega un momento en la vida en que tiene que elegir si quedar como malvados o como cretinos, y la mayoría suele elegir la segunda opción. Pero si Linde no considera el «momento» la víspera del derrumbe de un banco para dar información, y si de verdad nos quiere hacer creer que no estaba «preparado» para ofrecer las explicaciones pertinentes, lo mejor es que se vaya para su casa. Es que no está cumpliendo con su cometido. A ver cómo se lo podemos explicar para que lo entienda en su lenguaje: no está siendo productivo, está disipando cualquier ventaja competitiva que nos pudiera dar su continuidad en el cargo.
Tendremos que hablar también de cómo es que el Popular desaparece dejando sin nada a sus accionistas mientras que los gestores que llevaron el banco a esta situación se han llevado a casa millones de emolumentos entre indemnizaciones y planes de pensiones. El que fuera presidente del Popular durante 13 años (los mismos, suponemos, en que se fraguó su desgracia), Ángel Ron, se fue con una pensión de 24 millones de euros. Su número dos, Francisco Gómez se tuvo que ir con una pensión menor (de sólo 20 millones) pero con una indemnización de 1,14 millones de euros. No sabemos lo que se llevará Emilio Saracho como premio por quebrarlo del todo, pero cuando llegó fue necesario pagarle una prima de contratación de 4 millones, un salario anual de 1,5 y una cantidad similar en ingresos variables. Los accionistas, que hoy han visto desaparecer su inversión, son también responsables porque esto es algo que ocurre en la generalidad de las grandes corporaciones. Se elige a un grupo de directivos a los que se les permite auto concederse salarios y beneficios estratosféricos porque nadie les tose ni les exige explicaciones en ninguna junta de accionistas. Nunca. Como además suponemos que si hubieran tenido beneficios no los iban a repartir entre todos, esperamos que a la hora de asumir las perdidas no nos pidan que el común de los contribuyentes apoquinemos una vez más la pasión ludópata que es en realidad la especulación financiera,
Constantemente, los apologistas de este capitalismo ficción de casino y ruleta nos aseguran que el sistema de la mano invisible del mercado premia a los que lo hacen bien y castiga a los que no son eficientes. También tienen miríadas de argumentos sobre lo malísimo es que cobrar en exceso y sobre el «moral hazard» (el riesgo moral) de que los que tiene deudas no las abonen con sangre, sudor y lágrimas si es preciso. Por favor, aplíquense el cuento.