Dos son multitud
Opinión
03 Jul 2017. Actualizado a las 10:42 h.
¿Cómo no seguir con sumo interés la rabieta del rey emérito Juan Carlos porque no se le concediera espacio en la celebración de las primeras elecciones democráticas? Las protestas de nuestro «rogue one», aireadas convenientemente han sido tan reveladoras. Ocurre, y se dice desde la restauración tras la dictadura, que en España no había monárquicos --monarca viene del griego, «monos» (único) y «arkhos» (jefe)--sino juancarlistas, seducidos por su campechanía y todo eso. Bien cierto es, porque un monárquico como es debido, y así lo exige la tradición y la etimología, se debe a un único rey, el que está en ejercicio, y sólo uno puede tener la representación regia correspondiente. Sí, los espartanos tenían dos reyes, pero hace siglos que los monarcas se cuidan mucho de no pisar jamás la primera línea de las batallas que convocan y le tienen una aversión irreversible a la frugalidad propia de los lacónicos.
Vivimos en un tiempo singular, no sólo por tener dos reyes sino también dos papas. Y además (se entiende) que bien avenidos, porque cuando se han dado situaciones así ha sido por algún enfrentamiento que sólo podía resolver el hierro, el fuego y la sangre (de otros). Tener un rey, a estas alturas de la película, es de por sí un dispendio excesivo; tener dos ya es un exceso que no hubiera podido concebir el lujo de Sardanápalo. Hay una España, de una cierta generación especialmente, que se ha sentido dolida con el emérito porque no le fueran reconocidos los días que protagonizó en el homenaje de sus tiempos. No ha llegado a fraguar otra, porque no debe de sumar unas decenas de individuos, dispuesta a defender al rey presente porque a su generación le importa un bledo. Dos Españas, tendremos que volver a esto. Los logros de la Transición fueron muchos teniendo en cuenta los mimbres de los que se partía, negarlo es mezquino. Pero también cerrazón insistir en que dio a luz al mejor de los mundos posibles y que no hay nada que tocar ya por aquí. No existe ya, no hay que temer, una verdadera amenaza levantisca de espadones que existió entonces y fue temible. No hay excusa para barrer los últimos restos del nacionalcatolicismo que aún nos atenazan y si son pocos también son demasiado molestos. Fue maravilloso también contemplar, quizá honrando a esta dualidad que decimos y que marca el «zeitgeist», a Pablo Iglesias desdeñar el homenaje de Felipe y luego opinar que también Juan Carlos hubiera debido tener sitio. Es lo que tiene querer ser novia en la boda y niño en el bautismo, o ya sin sacramentos, ser una Gunilla (von Bismarck) que no se pierde una fiesta.
El rey (el de ahora, Felipe, que hay que aclararlo) citó el poema «Españolito» de Antonio Machado, el de «una de las dos Españas ha de helarte el corazón», y allá fue Pablo Iglesias a reinterpretarlo en twitter diciendo que los versos hablan de una sola en vez de la fatalidad de que nazca donde nazca uno ha de toparse con una facción que le hará espantarse; y eso que el poema se escribió más de 20 años antes de la Guerra Civil. Será que, como los reyes y los papas, verdad ya no hay una sino dos o las que convengan. O que en cada una de esas Españas haya que contar también las naciones plurales que las componen. O qué sé yo ya, si hasta ahora dos me parecen multitud.