Lo que sé de los monstruos
Opinión
17 Jan 2019. Actualizado a las 11:14 h.
Hay un señor sueco que se hizo llamar durante unos años Thomas Quick, aunque su nombre real es Sture Bergwall. Durante unos quince años fue el asesino en serie más prolífico y famoso de su país. Sture estaba encerrado en una institución mental. Tenía antecedentes por abuso de menores y por el muy chapucero atraco a un banco con un amigo. Un día, al bueno de Sture le dio por confesar sus crímenes. Lo hizo poco a poco y de uno en uno. Hasta entonces, solo había sido un enfermo mental más encerrado en una clínica, alguien más bien gris. Pero un día, a través de una terapeuta y bajo los efectos de la benzodiacepina, Sture empezó a recordar. Recordó uno tras otro varios crímenes atroces que permanecían sin resolver en Suecia y Noruega. El asesinato de unos campistas, varios asesinatos de niños, violaciones, canibalismo, todo tipo de atrocidades vinieron a su memoria gracias a la terapia. La clínica se puso en contacto con las autoridades, y el fiscal Christer van der Kwast dirigió las investigaciones con el fin de llevar a Sture a juicio. En total, Sture confesó treinta y dos asesinatos y fue condenado por ocho.
En Youtube se pueden ver algunas de las reconstrucciones que hicieron de los asesinatos confesados por Quick (Sture aseguraba que dentro de sí tenía varias personalidades. Quick era una de ellas y quien cometía los crímenes). En ellas se ve a policías, al fiscal, al «interrogador en jefe», pomposo cargo que el fiscal adjudicó al policía encargado de interrogar a Sture, y a la terapeuta que le acompañaba en todo momento junto con un delirante «especialista en recuerdos reprimidos» que a raíz del caso Quick se hinchó a dar entrevistas y conferencias. Si ven alguno de los tediosos vídeos, probablemente lleguen a la conclusión de que Sture no sabía ni dónde estaba y de que, además, se le nota visiblemente drogado en algunas ocasiones.
Durante más de quince años, Sture Bergwall fue el monstruo favorito de los medios escandinavos. Se escribieron varios libros, ocupó docenas de portadas y reportajes en televisión, y propició el ascenso político del fiscal y de su propio abogado, que pasó por el juicio sin cuestionar nada y sin oposición alguna a los argumentos del fiscal.
Pero algo olía mal. Las teorías pseudocientíficas de los recuerdos reprimidos a las que son tan aficionados los guionistas de thrillers y documentales de Netflix, son tan serias como la astrología y el tarot. La terapeuta que asistía en todo momento a Sture Bergwall no podía sacarle recuerdos en terapia si no utilizaba fuertes dosis de medicación a la que el paciente se hizo adicto. Durante quince años, Sture Bergwall confesó docenas de crímenes severamente medicado. Cuando llevaba demasiado sin aparecer en prensa o con peligro de caer en el olvido y por tanto dejar de recibir medicación, Sture «recordaba» un nuevo crimen. En todo momento durante la investigación tuvo acceso a los diarios de donde sacaba la información de los asesinatos. Jamás confesó nada que no saliera en prensa, y nunca supo nada más de lo que sabían los periodistas de aquellos sucesos. En los vídeos se ve con toda claridad cómo quienes le acompañan en las reconstrucciones van induciendo el camino que debe seguir Bergwall para que todo coincida.
El periodista Hannes Råstam se entrevistó con Sture Bergwall en la clínica donde permanecía encerrado. Pronto se dio cuenta de que aquel hombre más bien gris que había confesado un sinfín de crímenes espantosos y había contado con pelos y señales una infancia propia de película de terror, había mentido en todo. Fruto de esta entrevista surgió una investigación que culminó con dos reportajes televisivos que supusieron un escándalo en Suecia. El periodista puso patas arriba no solo el sistema judicial de su país, también la forma de tratar a los enfermos mentales y la escasa profesionalidad de los medios. El escándalo alcanzó para varios debates en televisión y, lo más importante, la anulación de las ocho condenas por asesinato que pesaban sobre Sture Bergwall, quien a esas alturas solo quería recuperar su vida alejado de las drogas a las que se enganchó gracias al sistema sanitario de su país.
Todo este delirio sería difícil de explicar sin verlo como un conjunto donde se dieron cita la ambición desmesurada de funcionarios públicos, el morbo y el dinero que se deriva de él en los medios de comunicación y la psicología pop más idiotizante. Se malgastaron recursos públicos sin sentido, hasta se llegó a drenar un lago en busca de un cadáver que jamás apareció. Se buscaron forenses que dieran la razón al fiscal aunque las pruebas presentadas en el juicio con mucha teatralidad no eran más que engañabobos. Todo ello narrado minuto a minuto en varios periódicos escandinavos.
Hannes Råstam escribió un libro brillante sobre el caso, su propia investigación y las repercusiones que tuvo a todos los niveles. Thomas Quick, cómo se hace un asesino en serie es una reconstrucción fascinante de todo aquel despropósito y una lección de honestidad y profesionalidad periodística, publicada en España por Principal de los Libros. También existe una película documental, The Confessions of Thomas Quick. Solo por esto, cuando me encuentro un debate sobre el último crimen español de moda no dejo de pensar en cuántos Sture Bergwall habrá en España. Pero ante todo, esta historia terrible me ayuda a no pensar con las tripas. Tomen nota.