El presidente que se mira en el agua
Opinión
07 Jan 2020. Actualizado a las 17:16 h.
El catedrático de Filología Griega de la Universidad Complutense de Madrid y el más reputado divulgador helenista en castellano Carlos García Gual, siguiendo el libro III de la Metamorfosis del poeta romano Oviedo, narra el mito de Narciso en su Diccionario de Mitos, Planeta, Barcelona, 1997, páginas 136 y 137:
«El caso es que un buen día, asomado a un estanque, descubrió Narciso su bella imagen que lo miraba desde la superficie del agua con grandes ojos. El joven se quedó prendado de esa figura seductora en el agua y comenzó a pasar tiempo observándose. Nada le interesaba más, nada le enamoraba más que su propio retrato (…). Como no se saciaba nunca de contemplarse, Narciso dejó de correr, de comer, de distraerse en otras cosas, y allí se quedó en el borde del agua mirándose en el claro espejo, cada vez más escuálido, hasta desfallecer y morir. De su sangre salió una flor, a la que se le dio su nombre: narciso».
Hemos recordado esta leyenda porque nos parece que hay similitudes entre Narciso y Sánchez. Desconocemos, y no queremos conocer, si Pedro Sánchez se contempla a menudo en los espejos que le salen al encuentro para saborear lo bello que es (o que pudiera serlo a su juicio y a juicio de otros), aunque sus aduladores sí que deben invitarlo a sentirse excepcionalmente hermoso y talentoso. Lo que aquí se analizará es el trueque del enamoramiento de su rostro en que cayó Narciso por el ego en que cayó Sánchez y que, como en el mito, supone el «desfallecimiento» de él en un futuro próximo (que poco importa) y de lo que él encarna, que es un país (que importa mucho).
En efecto, España ha entrado en un tiempo escuálido, abanderado por Cataluña y el País Vasco, cuyos portaestandartes son formaciones políticas xenófobas unidas por un odio obsesivo compulsivo hacia los españoles que se sitúa en el mismo plano que el que se perpetra contra los judíos, pero aderezado con el grotesco y hazmerreír hecho de que vascos y catalanes son ellos mismos españoles por la acumulativa evidencia biológica de la hibridación, lo que, a la par, pone la tilde sobre la extraordinaria vulgaridad y nesciencia de los fachas camuflados de progres, nada nuevo por lo demás.
Precisamente estos necios odiadores fueron el apoyo que buscó Pedro Sánchez para ser elegido ayer nuevo presidente del Gobierno, tras tiempo en funciones, que para él fue un tormento: dos elecciones, «no negociaré con Pablo Iglesias, que me quita el sueño», «no negociaré con los separatistas», etcétera, etcétera. Por eso, la sintonía entre Sánchez e Iglesias está en el cinismo. Por eso, la sintonía entre Sánchez y el PNV, ERC y Bildu reside también en el cinismo: poco antes de la votación, la diputada de ERC Montserrat Bassa, soltó: «Me importa un comino la gobernabilidad de España».
El resultado de este cinismo es que el presidente de España lo es gracias a quienes la repudian. No obstante, esto que parece una sinrazón, no lo es, porque un político que sea realmente «español» no aceptaría las contrapartidas de los obsesivos compulsivos. Más aún, no les ofrecería sillas y mesa para dialogar lo que no se puede dialogar. La traducción es que, además del narcisismo patológico de Sánchez, este porta en sus intestinos una colonia de xilófagos que carcomerán España.
Asimismo, otro resultado del cinismo aludido es que se formará un macro Gobierno con tantos ministerios que podría ser el Gobierno del Mundo, para dar cabida a Podemos y a IU, con un reparto de carteras que supondrá un Ejecutivo bicéfalo desconectado. Las batallas que librarán las dos facciones, la del PSOE de Sánchez y la de Iglesias-Garzón, impedirán la imprescindible estabilidad que precisa la nación para, primero, frenar las bochornosas desigualdades, con más de 13 millones de desamparados, y, después, ahormar una política socioeconómica que dé bienestar efectivo, real, a quienes están entre los desdichados y los oligarcas y las bandas que les han jurado lealtad (la Edad Media no está totalmente fenecida).
Sin embargo, y aun en el supuesto de que la bicefalia, por medio del cinismo que tiñe a una y otra cabeza, consiga un equilibrio, precario en todo caso, de gobernabilidad, esta quedaría frenada cuando se presente en el Congreso el proyecto de Presupuestos Generales. Oriol Junqueras, desde su celda, si todavía en ella sigue, exigirá que la mesa de negociación entre el Estado español y el Estado catalán (violación de la Ley de leyes por parte de Sánchez) haya aprobado el referéndum de autodeterminación de Cataluña (violación en manada). Nos extrañaría que Junqueras se conforme con una consulta que se refiera solo a los acuerdos que tome esa mesa sin rebasar la Constitución.
La extrañeza está más que ratificada. Los separatistas son conscientes de que tienen al alcance de la mano su objetivo, y lo son porque nadie les tajó esa mano y, en estos momentos, Pedro Sánchez, en su borrachera de sí de tanto mirarse en el agua del estanque monclovita, les está permitiendo acariciar con esa mano la independencia. Mientras repite que «España no se va a romper», todos los pasos que ha dado lo delatan. Este patrón de comportamiento recibió un espaldarazo en la sesión de investidura del domingo, cuando Sánchez no defendió al rey, injuriado por la portavoz de Bildu. Bildu, agradecido por esta y otras mercedes, y ERC, agasajada también con gozosos presentes, se abstuvieron ayer y, consecuentemente, Pedro Sánchez fue elegido presidente.
De un tiempo a esta parte, las balas de los que mantienen la llama del terror, Bildu, y de los neopopulistas de ERC, JxC y la CUP llevan la trayectoria del palacio de la Zarzuela. El plan es muy sencillo y harto repetido: si revientas la cabeza principal del enemigo, la victoria es (casi) segura. Entonces, lanzas al populacho, previamente alienado (en la acepción de Marx de la alienación al que el capitalismo somete a la clase trabajadora para que no se rebele) y lobotomizado (en la acepción de la psiquiatría de hacer una incisión quirúrgica en el lóbulo prefrontal de los pacientes para dejarlos idiotas), el mensaje de que la Carta Magna y el Jefe del Estado, como todos los partidos constitucionalistas, son unos fascistas que han de ser «eliminados» por los «auténticos» demócratas, y como los socialistas sanchistas, por fin, han visto «la luz», las Repúblicas Nacionalsocialistas tienen garantizados mil años de gloria.
No hemos de obviar que el poder Judicial ha sido incluido, en este siniestro maniqueísmo, en el lado de los «malos» (los fascistas, los llaman). Sin entrar en las maleficencias acumuladas desde 2017, la última es la del déspota Joaquín Torra: no solo no acata la sentencia del TSJC que lo inhabilita como presidente de la Generalidad ni la resolución de la JEC en este sentido, sino que da un salto más y avisa que tampoco obedecerá la que dicte el Tribunal Supremo, que previsiblemente ratificará la inhabilitación por desobediencia continuada. No sorprende nada de lo que diga este caudillo criminoso, pero sí sorprende, en un primer momento, lo que ha dicho Alberto Garzón, para quien la inhabilitación de Torra viene de una Justicia que está en la ultraderecha. No obstante, esa sorpresa inicial se evapora si nos acercamos al sujeto. Quebró IU, se alió por conveniencia personal con Podemos (dinero, que ya tiene mucho, aunque no tanto como el tándem Iglesias-Montero), añadió su voz a la de Sánchez e Iceta en el esperpéntico «Nación de naciones» y ahora es premiado con el «gordo»: ministro.
Pedro Sánchez es desde ayer el presidente que, mirándose en el agua, se llevó el gato al agua. Desde luego, su gloria será efímera (el «hasta desfallecer y morir», políticamente, del mito de Narciso) y el futuro lo glosará como el gobernante más indecente de la democracia y uno de los hombres públicos menos honorables, o mejor mirado, más sucios, más detestables. El problema que este narciso enfermo de gloria nos deja es una España inmerecidamente descuartizada, dado que es una Nación política incontestable, una democracia que ha sido situada en el lugar 13 entre las más avanzadas del mundo, y acaba de ser ocupada por falsos socialistas (PSOE-PS), falsos comunistas (Podemos-IU) y verdaderos compatriotas de terroristas (Bildu, CDR) y de neonazis (PNV, ERC, JxC, CUP, Más, Compromís, BNG).
La pérdida de las colonias de 1898, el golpe de Estado del 23-F de 1981, la profunda y larga crisis económica de 2008, quedan ensombrecidos por la crisis del Estado que estalló, tras decenios de inacción (de Felipe González a Mariano Rajoy), el 6 y 7 de septiembre y 1 de octubre de 2007. En dos años, el país está a punto de implosionar, pero no ya por inacción, sino por la acción de una facción cuatrera del PSOE.
Justamente, miramos al, más o menos, 70% de los votantes socialistas fieles a los ideales del primer Felipe González o de Pérez Rubalcaba, para que, junto con los ciudadanos decentes (por oposición al indecente Sánchez, o sea, demócratas, demócratas), salgan a las calles de Madrid, como en febrero del 81, tras los tiros de Tejero y los tanques de Milans del Bosch, y hagan saber al moderno narciso de La Moncloa que el país no es suyo y de sus flamantes “amanes”, tan convenientes para él como ácidos para el Estado de Derecho.
Consideramos que es crucial una movilización general que revierta la megalomanía del presidente y combata sin remilgos a los rufianes racistas. Porque, si no, ¿cuál es el mandato constitucional encomendado a las Fuerza Armadas? ¿Incumplirán también ellas la Constitución?