El octavo, no mentirás
Opinión
28 Dec 2024. Actualizado a las 05:00 h.
Según aquella Historia Sagrada, Dios creó a Adán de barro y de una de sus costillas creó a Eva. Eva mintió a Adán para que comiese de la manzana prohibida. Caín hijo de Adán y Eva mató a su hermano Abel e interrogado por Dios sobre el paradero de su hermano mintió al Señor. Así se decía. Desde entonces la mentira es algo consustancial al ser humano. Más o menos todos mentimos. Puede ser una mentira grave o una mentira piadosa, pero ahí está presente, siempre.
El niño pequeño miente a su madre para lograr un propósito o para evitar un reproche. La madre puede dejar que el pequeño se sienta ganador o puede corregir al pequeño, depende de la mentira. Mentimos a la pareja, mentimos en el trabajo, mentimos al médico y mentimos ante el juez tras un juramento. La mentira es falsedad, es traición, es fraude y es delito.
Y lo que parecía imposible, los medios de comunicación también mienten. La en otro tiempo tan venerada prensa también ha sucumbido a lo que se define con el anglicanismo «fake news».
Es fácil recordar la imagen que se podía ver a primeras horas de la mañana en cualquier pueblo o ciudad. Antes de cualquier tarea la gente se dirigía al quiosco en busca del periódico. En trenes, en autobuses, en los cafés, en los domicilios se devoraban noticias que más tarde serían objeto de conversación. No era novedades que llegasen de inmediato, pero eran fiables. Había diarios y semanarios de distinta tendencia, más proclives a una ideología o a otra, pero en todos reinaba el rigor periodístico.
Tal era la fiabilidad de los periódicos y de las personas que en ellos trabajaban que en el seno de cualquier discusión siempre se zanjaba cuando alguien era capaz de aseverar que: «lo pone el periódico». De igual manera que algo más tarde se oía: «lo dijo la tele». Hoy esas expresiones tan contundentes se han sustituido por las: «lo leí en el móvil», y las fuentes más frecuentes son Twitter, Facebook o Instagram. Que es lo mismo que decir que la posibilidad de que lo dicho o leído sea cierto se reduce a un mínimo porcentaje. Sin embargo la posibilidad de que esa noticia falsa se difunda aumenta en mucho su porcentaje.
Como es normal dentro de esta maraña de mentira, que todo lo contamina, la política tiene un papel más notorio, si cabe. El gobierno de turno sea del signo que sea, antes de asignar las carteras ministeriales ha de crear el departamento de la mentira, quien por medio de la difusión permanente de bulos, pretende convencer a los ciudadanos, y en no pocos casos lo consigue.
La oposición usa la mentira como arma para desprestigiar al gobierno y confía en esa estrategia para obtener rédito electoral, y en no pocos casos lo consigue.