Los herederos de Donald
Opinión
02 Jul 2025. Actualizado a las 05:00 h.
Olvidémonos de los protagonistas, son personajes anónimos: «Un joven asturiano anheló desde siempre ser agricultor. Se había iniciado en el cultivo de la patata, con cierto éxito. El mayorista que le compra la producción le indica, con malos modos, que no le comprará más patatas y que se dedique al maíz, que él le suministrará la semilla y que cerque el terreno con alambre que también él vende».
Sin entrar en más detalles lo más seguro es que nos pongamos de parte del joven agricultor.
Olvidémonos de los protagonistas, son personajes supuestos. Al presidente de un país mediano se le exige, con no buenos modales, elevar el gasto militar al 5% del PIB, lo cual es una barbaridad. Dígase como se diga aumentar en presupuesto en armamento supone reducir otros gastos. El 2% actual supone unos 33.000 millones anuales, cantidad de por sí importante. Y téngase en cuenta que no es un gasto mas, no es un gasto como otros. Hacer una carretera o un hospital requiere de una inversión importante, pero una vez concluido, ya está, se pone en servicio. El gasto que se pretende incrementar no es para una vez, es para mantenerlo cada ejercicio, hasta que se decida volver a aumentarlo.
Hay quien puede pensar que disponiendo de más armamento se garantiza más seguridad. Existen frases célebres que lo propugnan: «Si quieres la paz, ármate para la guerra». Puede que así sea, pero también es cierto que los países que gastan cantidades enormes en armas son los que están envueltos en guerras, una y otra vez. Y también es cierto que las armas matan, y matan en demasiadas ocasiones a personas inocentes.
Si lo anterior no es razón suficiente, hay algo que colma el vaso, y es que la exigencia la plantea quien claramente lo hace para beneficio de su país y mas concretamente para beneficio de sus amigotes que tienen negocios en el sector.
El personaje en cuestión aparece en escena como un luchador al ring, pero no para una pelea cuerpo a cuerpo, será una pelea con los árbitros comprados, de ahí su gesto de superioridad, alarga la mano como perdonando la vida a quienes sumisamente inclinan la cabeza pues temen ser expulsados de su circo. Ridículo resulta con la gorra colorada que parece sacada de la caravana de una vuelta ciclista. Ridículo sí, pero da miedo, miedo da a los desheredados de la Tierra.
En todo el cónclave solo uno le levanta la voz al fanfarrón. Aunque no sea del todo cierto, aunque solo sea en apariencia, da gusto ver que alguien es capaz de exhibir ese orgullo patrio, que tanto proclama la derecha extrema como la derechita cobarde, todo el día jaleando la rojigualda, y que satisface históricamente a la izquierda, siempre contraria a los bloques.
Resta decir que el agricultor a quien no dejaron cultivar patatas se llamaba Pedro. El presidente del poco influyente país no tiene importancia.