La Voz de Asturias

Orgullos y superioridades morales, la necesaria recuperación anímica de las izquierdas

Opinión

Francisco Carantoña
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, bebe un refresco durante su intervención en el foto empresarial organizado con motivo de la clausura de la IV Conferencia Internacional de la ONU para la Financiación al Desarrollo de Naciones Unidas.

09 Jul 2025. Actualizado a las 05:00 h.

Si la década de los ochenta del siglo XX supuso la derrota del comunismo postestalinista, en los años veinte del siglo XXI los ricos y las derechas paladean ya su victoria definitiva sobre todas las izquierdas. Por fin, los molestos sindicatos podrán ser reducidos a organizaciones testimoniales y los partidos que dan la lata con la defensa de los derechos humanos, la libertad de expresión o los servicios públicos, condenados a una semiclandestinidad y un descrédito que les impedirá ganar cualquier elección. Bajarán los impuestos, especialmente para los ricos, para eso son los que crean riqueza, todo será privatizado, se acabarán esos servicios sociales que solo fomentan la vagancia. Triunfará la democracia «iliberal», la que debe ser, en la que solo gobernarán los destinados a hacerlo.

No son solo Trump, Banon, Milei, Orbán, Putin, Netanyahu o Abascal los que claman por la extinción de la plaga igualitaria. «No pasa nada si desaparece el PSOE, el socialismo ya no es necesario», decía el sábado, en El Mundo, un señor al que el periodista que lo entrevistaba definía como «uno de los referentes del centroderecha constitucionalista en Cataluña». Pongo solo un ejemplo de nuestro «centroderecha» por no aburrir, menos mal que el tal Porta Perales es un «constitucionalista» y no un extremista.

El avance electoral y «cultural» de las derechas radicales parece imparable. Magnates y conservadores exultantes y las gentes de izquierdas, también los verdaderos demócratas y liberales, sumidos en la melancolía o en el desconcierto. Es necesario reaccionar, pero para ello es imprescindible recobrar el ánimo. En España, el señor Maíllo, desde Sumar, ha llamado a mantener el orgullo de ser de izquierdas; en el PSOE, Pedro Sánchez, el de ser socialista. Orgullo provocó la gran manifestación del sábado en Madrid, prueba de que la realidad es compleja y las ideas reconquistadoras de Vox están lejos de ser hegemónicas, pero ¿Hay motivos para estar orgulloso de ser de izquierdas?

Mi profesión me ha permitido vivir de forma bastante intensa unos 250 años. Desde que comencé a estudiar la historia contemporánea, hace ya más de medio siglo, me sentí cercano y orgulloso de aquellos que en 1776, en un mundo en el que dominaba la idea de que los seres humanos eran desiguales por nacimiento, regido por monarquías absolutas y frente a un Reino Unido gobernado por un parlamento más aristocrático y oligárquico que representativo, proclamaron que «todos los hombres son creados iguales; que su creador les ha otorgado derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres gobiernos cuyos poderes legítimos emanan del consentimiento de los gobernados». Entonces, Jefferson y Paine eran la izquierda. También me sucedía con los que en 1789 aprobaron la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, redactaron una Constitución para Francia, crearon la enseñanza pública, acabaron con el feudalismo y permitieron el acceso de muchos campesinos a la propiedad de la tierra. Cercano y orgulloso, asimismo, de Olympe de Gouges y de las mujeres de Seneca Falls, que lucharon por la igualdad de derechos que se les había «olvidado» a los anteriores.

Me sentí próximo a Álvaro Flórez Estrada y a Rafael del Riego; a los antiesclavistas; a los cartistas británicos y a todos y todas las que lucharon por el sufragio universal; a los que defendían el derecho de asociación, incluido el de crear sindicatos; a tantos hombres y mujeres que, muchas veces entregando su sangre y su vida, consiguieron el descanso semanal y la jornada de ocho horas; a los que combatieron el trabajo infantil. ¡Qué habitual fue a lo largo de estos dos siglos que se disparase sobre los obreros y campesinos que solo pedían mejores condiciones de vida! Orgulloso de Clara Campoamor y de los socialistas que con su voto lograron que en 1931 se incluyese en la Constitución el sufragio femenino. De quienes defendieron la república frente a generales, terratenientes, obispos y falangistas. De quienes lucharon contra la dictadura del general Franco. Me identifiqué con los que, siendo realistas, pidieron lo imposible y, al menos, lograron herir de muerte a la cínica moral burguesa. Apoyé a los que, recuperada la democracia, lograron que se aprobasen el divorcio (aquí, además de a Fernández Ordóñez, a las izquierdas y a los nacionalistas, debo incluir a Adolfo Suárez y a la minoría progresista de UCD), el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo o el derecho a una muerte digna; a quienes modernizaron el sistema de enseñanza, dignificaron los salarios de maestros y profesores y renovaron la universidad; a los que contribuyeron a hacer ejemplar nuestro sistema sanitario.

Las izquierdas han ido cambiando con la historia, pero siempre han tenido en común la lucha contra los poderosos y la defensa de la libertad, la igualdad y el derecho a una vida digna. Liberales progresistas y algunos demócratas, primero; demócratas y republicanos, después; pronto también los socialistas y los auténticos libertarios; más tarde, los comunistas. Sin ellos, el mundo sería hoy muchísimo peor.

Sí, hay motivos para estar orgulloso de ser de izquierdas y para sostener que la izquierda es imprescindible. Eso no supone identificarse con todas las izquierdas que han existido o con sus dirigentes o militantes, tampoco compartir todas sus acciones. El terror de la Convención jacobina fue injustificable, pero ni pertenecía al ideario de los demócratas amigos de la Constitución ni fue el peor que sufrió Francia en la época contemporánea. En solo unos días, los defensores del orden y de la propiedad asesinaron en 1871 a cinco veces más personas que el terror jacobino en un año (excluyo a las víctimas de la guerra civil), pero eran obreros, desheredados, condenados desde su nacimiento, su muerte nunca tendría la misma repercusión que la de un aristócrata.

El estalinismo fue una degeneración criminal de las ideas socialistas por la que las izquierdas siguen pagando un alto precio. Poco importa que Hitler y sus secuaces europeos lo superasen ampliamente en el número de víctimas, asesinó a millones y destrozó las vidas, la moral y las convicciones de muchas más. Destruyó también un ideal, porque las decenas de miles de comunistas que combatieron injusticias, imperialismos y dictaduras en todo el mundo no lo hicieron para llenarlo de campos de concentración, que muchos no creían que existiesen, y acabar con la libertad y la dignidad de las personas, sino por una sociedad igualitaria y democrática. Su sueño se desvaneció. Hoy son una minoría, pero es cierto que poco contribuye al orgullo de izquierdas que todavía quede alguien que no reniegue de quien, entre sus múltiples crímenes, derogó las reformas sociales de la época de Lenin, prohibió el aborto, volvió a penalizar la homosexualidad y restringió el divorcio. Ningún dictador, ni Hitler ni Franco, asesinó a tantos comunistas como Stalin. El «socialismo real», que nunca dejó de ser estalinista aunque suavizase la represión, fue la plasmación de una distopía de la que las izquierdas deberían renegar como las derechas democráticas del fascismo.

Algo que ha vuelto poner de actualidad el grave caso de corrupción que afecta al PSOE es el debate sobre la supuesta superioridad moral de las izquierdas. Si pintamos con trazo grueso, quienes defienden la libertad, los derechos humanos, la igualdad de todos ante la ley y, en lo posible, en los recursos económicos, pueden sentirse moralmente superiores a quienes consideran sagrada la propiedad privada, preconizan un mundo competitivo, asocian la pobreza con la incapacidad o la vagancia, anteponen el orden a la libertad, rechazan o se consideran superiores a quienes tiene otro color de piel y se creen con derecho a imponer sus criterios morales al conjunto de la sociedad.

Es fácil sentirse moralmente superior a Trump, Milei, Netanyahu o a ese Abascal que se muestra dispuesto a traer a España la criminal política migratoria del presidente norteamericano; también éticamente por encima de sus votantes y jaleadores mediáticos, pero es necesario dibujar con un trazo más fino. Siempre existieron personas y tendencias en las derechas de convicciones democráticas, defensoras de las libertades y de una política social que ayudase a los más desfavorecidos. Me permito recordar solo a dos grandes figuras históricas españolas del siglo XX, el republicano liberal y defensor del laicismo del Estado Gumersindo de Azcárate, tan vinculado a Gijón, que todavía le debe una calle, y el católico demócrata y reformista Manuel Giménez Fernández. Es cierto que el centroderecha actual no los toma como referencia, o no lo que debiera, pero, evidentemente, no son los únicos, ni todas las derechas de este siglo XXI son ultraliberales en lo económico y autoritarias en lo político.

Planteado de forma general, el de la superioridad moral es un debate poco útil, sin recorrido, salvo con respecto a los manifiestamente inmorales, pero, cuando lo que se intenta es convertir en deshonestas a las izquierdas por determinados casos de corrupción o de machismo, se reduce a una más de las pedestres formas de enfrentamiento político que padecemos. Resultó a la vez ridículo e irritante ver al señor Aznar condenando a la cárcel a Pedro Sánchez, él que nunca pidió disculpas por haber sumido a España en el peor periodo de corrupción de su historia. Ni por eso ni por nada, tampoco por haber apoyado la invasión norteamericana de Irak o por haber mentido sobre los atentados del 11-M. El PP tiene la obligación de censurar la corrupción que pueda afectar al actual gobierno y al PSOE, pero debería ser consciente de que la exageración suele debilitar los argumentos, la vanidosa falta de autocrítica también.

No hay mayor contradicción que la existente entre la doctrina moral que sostiene la Iglesia Católica y la corrupción histórica de su clero, incluidos papas, los abusos sexuales y la pederastia. No sé si han pensado en ello quienes desde las derechas pretenden una condena absoluta y definitiva del PSOE, o del conjunto de las izquierdas, por algún caso de corrupción o de machismo.

Las izquierdas, en plural, han sido y son imprescindibles para que exista la democracia y para para limitar abusos y desigualdades. Sus militantes y simpatizantes pueden sentirse orgullosos de serlo. Hubo y habrá dirigentes corruptos, estúpidos y hasta criminales, así es el ser humano, lo importante es que sepan librarse de ellos. Tendrán, como ahora y como tantas veces en el pasado, baches y momentos de desconcierto, pero saldrán adelante porque la sociedad las necesita, por algo sobrevivieron a las peores tiranías. Este es un momento especialmente difícil porque deben adaptarse a los cambios sociales del siglo XXI y se echa de menos la reflexión, el debate político serio, y se ve agravado en el caso del PSOE por el escándalo de corrupción. Para salir de la crisis, este partido necesitará pensar más allá de lo inmediato, abandonar el tacticismo.


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